LOGIN—Ayúdeme, señor...— Al huir del hombre que la había comprado, Rada acabó cayendo en los brazos de Nicolás Villarreal, un despiadado director general que se encontraba bajo los efectos de un estimulante sexual. Una noche llena de pasión y malentendidos cambió la vida de Rada de un momento a otro. Vendida por su propia familia, confundida con una mujer trampa por Nicolás, hasta que finalmente tuvo que aceptar la amarga realidad de que aquel hombre ya estaba casado. Rada decidió marcharse y esconderse. Sin embargo, justo cuando Rada desapareció, Nicolás se dio cuenta de una cosa: la desdichada mujer a la que había herido era el amor de su infancia, a quien siempre había creído muerta. ¿Conseguirá Nicolás encontrarla, o Rada ya le odiará para siempre?
View More—Señor Nicolás, déme tiempo. ¡Le devolveré todo su dinero lo antes posible! —La voz de aquel hombre de mediana edad temblaba intensamente. Juntó ambas manos y se postró resignado a los pies del hombre llamado Nicolás.
Nicolás: un hombre famoso por ser frío, cruel e inalcanzable.
Una sonrisa cínica se dibujó en los labios de Nicolás. Se metió la mano en el bolsillo, sacó un cigarrillo y se lo colocó entre los dedos. Sin necesidad de que se lo ordenaran, el hombre que permanecía fiel a su lado encendió inmediatamente un mechero para encender el cigarrillo de su jefe.
—¿La hora? —preguntó Nicolás con una voz tan fría que bastaba para hacer que una angustiosa sensación de soledad se apoderara del pecho de cualquiera que la oyera. Su mirada era penetrante, sin dejar el más mínimo resquicio para la compasión.
—Así es, señor —respondió él, con el cuerpo temblando cada vez con más fuerza.
—¿Cuánto tiempo más tengo que darte? Ya te lo he dejado claro: un mes. Pero ya se ha sobrepasado el límite. Si no puedes…
—¡Una semana más! Déme una semana más, señor. Si fracaso, ¡puede cortarme la cabeza! —interrumpió rápidamente el hombre.
Enseguida tragó saliva con dificultad al darse cuenta de lo temerario de sus palabras. Sabía muy bien lo cruel e implacable que era el hombre que tenía delante.
Nicolas soltó una risa cínica. Exhaló el humo del cigarrillo al aire, dejando que el humo gris se elevara, lo que le daba un aspecto aún más aterrador.
—¿Cómo vas a conseguir tanto dinero en una semana, eh? Ya nadie confía en ti. ¿Qué vas a vender? ¿Tu casa? ¡No te bastará para pagar todas tus deudas! ¿Y tu empresa? Ya no existe. Además, no necesito tu cabeza —interrumpió Nicolás en voz baja, pero cada una de sus palabras se clavaba como una daga.
—¡Puedo hacer lo que sea, señor! Venderé un riñón o lo que sea. ¡Deme una oportunidad, señor! Todavía tengo una hija y una esposa. Por favor, señor...
Nicolás volvió a exhalar humo por la boca y luego apagó bruscamente la colilla en el cenicero. —¿No tienes una hija? ¿Por qué no la vendes para saldar tus deudas?
El hombre llamado Darion levantó la vista de inmediato. Su mente asimilaba las palabras de Nicolás con un miedo cada vez más intenso.
—Solo te estoy dando un consejo. Si no traes ese dinero en una semana, ¡no solo te cortaré la cabeza, Darion! ¡Tu hija y tu mujer también correrán la misma suerte!
Darion se quedó atónito. Se le cortó la respiración mientras tragaba saliva. Su hija y su mujer. Darion negó enérgicamente con la cabeza; amaba profundamente a su familia. No tendría fuerzas de verlos pasar por algo así.
—¡Lo llevaré, señor! ¡Seguro que lo llevaré! —exclamó con tono desesperado.
—Te espero. ¡Ahora, vete! —ordenó Nicolás con firmeza.
Darion se levantó de inmediato y se alejó a toda prisa. Tenía que conseguir ese dinero como fuera. No permitiría que su hijo y su mujer murieran de forma tan espantosa.
¿Huir a otra ciudad o a otro país? Era imposible. Nicolás Villarreal seguro que lo localizaría en un santiamén. Aquel hombre solo tenía 31 años, pero ya era el director ejecutivo más influyente y poderoso del país. Su enorme poder hacía que nadie pudiera esconderse de él.
Darion llegó a casa con el rostro abatido y pálido como la cera. La lujosa casa que había construido tras el nacimiento de su hijo, así como la empresa que había fundado con tanto orgullo, ahora corrían el riesgo de desmoronarse por culpa de su propia estupidez. De hecho, su empresa ya era propiedad de otra persona. Todo porque se había dejado cegar y seducir por la promesa de una inversión fraudulenta.
—Darion, ¿qué pasa? ¿Tenemos que abandonar esta casa? —La voz de Mariana lo recibió nada más cruzar la puerta.
Darion no respondió de inmediato. Se dejó caer en una silla, apoyando la espalda, que le dolía de cansancio. Sus ojos recorrieron el interior de la casa antes de posarse finalmente en el rostro de su esposa.
—¿Vamos a perderlo todo? ¿Todo lo que tenemos? ¿Volvemos a ser pobres? —le espetó Mariana de nuevo con expresión angustiada.
Darion seguía en silencio. Suspiró profundamente, negó con la cabeza lentamente y, al final, asintió con resignación.
—Incluso podríamos morir, Mariana —respondió en voz baja.
—¿Morir? ¡¿Por qué tenemos que morir?! ¡¿Qué has hecho realmente?!
Darion miró fijamente el rostro de su mujer. —El señor Nicolás es muy cruel. He aceptado una promesa imposible. Si en una semana no consigo devolverle el dinero, me cortarán la cabeza, Mariana. Y vosotros…
—¡Darion! —gritó Mariana en voz baja, y rápidamente abrazó a su marido, que temblaba—. ¿No hay otra forma? ¿Cómo vamos a conseguir tanto dinero en una semana? ¡Ni siquiera vendiendo esta casa sería suficiente! Ya no nos queda nada, Darion. Yo tampoco quiero volver a vivir en la miseria como antes.
Darion abrazó a su mujer. Su mente daba vueltas a toda velocidad, sopesando la idea descabellada que Nicolás había planteado antes.
—¿En qué estás pensando? ¿Se te ocurre alguna idea? ¿Deberíamos vendernos un riñón? —preguntó Mariana sin dar tregua.
Darion negó con la cabeza lentamente. —No. Pero tenemos otra forma.
—¿Cuál? ¿De qué manera vamos a conseguir tanto dinero tan rápido, Darion?
Darion tragó saliva con dificultad antes de susurrar: —¿Y si vendemos a nuestra hija? La convertimos en una mujer de la noche para que atienda a hombres ricos a cambio de dinero, Mariana.
—¡¿Qué?! ¡¿Estás loco?! —espetó Mariana, horrorizada—. ¡No quiero hacer eso, Darion! ¡Es nuestra hija, nuestro orgullo! ¡Ella es la que nos hizo ricos, y nos hemos empobrecido por tu estupidez!
—Entonces, ¿y si vendemos solo a ella? —dijo Darion al final, planteando otra perspectiva.
Mariana se quedó en silencio un instante; el brillo de sus ojos cambió de repente. —Pero, ¿habrá alguien que la quiera? ¡Está discapacitada, Darion! ¿Quién la querría?
—¿Por qué no? Es guapa. Seguro que habrá alguien que la quiera, sobre todo porque aún es virgen, ¿no?
Una sonrisa sutil y astuta se dibujó en los labios de Mariana. —¡Estoy de acuerdo! Que sea ella. Que nos dé dinero, porque la hemos criado durante todo este tiempo, Darion.
No sé por qué mi cuerpo me traiciona. Lo que hace este desconocido hace que mi cuerpo se retuerza rendido sobre la cama. Unos gemidos indecentes no dejan de escaparse entre mis labios mientras sus labios calientes recorren y chupan la punta de mis pezones.Mis ojos se abrieron de par en par y levanté la cabeza para soportar una oleada de sensaciones que nunca antes había experimentado. El cosquilleo, el calor y el placer se fundieron en una intensa sacudida que abrasaba mi conciencia. Sin embargo, lo que me quedaba de cordura aún intentaba resistirse. Entre los gemidos que se escapaban, seguía suplicando clemencia.—Ah… uh… Señor… por favor, no… —susurré con voz ronca.El hombre no se inmutó. Seguía absorto en apretarme los pechos con fuerza dominante, mientras su boca continuaba chupando la punta de mi pecho, exactamente como un bebé que mama de su madre. Una vez satisfecho con mi pecho derecho, pasó a apoderarse del izquierdo. Como si no bastara con que chupara hasta enrojecer solo
—¿S-Señor... qué pasa? —pregunté con inocencia y con la voz temblorosa.El hombre no respondió. En su lugar, acercó aún más su rostro. Podía escuchar los latidos de su corazón acelerándose rápidamente detrás de su ancho pecho. El jadeo de su respiración caliente me golpeaba el rostro, provocando una ola de miedo extraordinario.Las imágenes de cosas terribles comenzaron a pasar por mi cabeza. Acababa de librarme del hombre gordo que me había comprado de Darion, pero ahora me enfrentaba a un desconocido que parecía envuelto en una pasión salvaje no menos peligrosa.—Señor, por favor, suélteme... —susurré mientras intentaba aflojar el agarre de sus manos.Sin embargo, la sujeción de su cuerpo era muy fuerte. Con mis limitaciones físicas, no podía moverme en absoluto.Me miró fijamente con los ojos enrojecidos. Al segundo siguiente, bajó la cabeza bruscamente y de inmediato se abalanzó para besar mis labios.Al recibir ese ataque repentino, quedé profundamente sorprendida, sobre todo por
No hubo respuesta de aquel hombre, pero mis dedos aún aferraban con fuerza su lujoso traje. En medio del pánico que me quemaba el pecho, todavía esperaba que tuviera un poco de compasión y me ayudara.—Por favor, señor... ayúdeme... —volví a suplicar con voz temblorosa.Me giré hacia atrás al escuchar los gritos y los insultos del hombre gordo de antes, que sonaban cada vez más cerca por el pasillo del hotel.El hombre que tenía delante seguía inmóvil. Clavé la mirada en sus ojos, buscando en ellos algún atisbo de humanidad. Hasta que, finalmente, sin pronunciar una sola palabra, de repente tiró de mi cuerpo y me acercó a su lado.—¿No puedes caminar con normalidad? —su voz grave y fría resonó, rompiendo el silencio.—Yo... no puedo. Mi pierna derecha está discapacitada, señor —respondí en voz baja mientras bajaba la cabeza.Sin decir mucho más, el hombre levantó mi cuerpo y me tomó en brazos sin más. Me quedé sobresaltada y, por reflejo, rodeé su cuello con los brazos. Sin embargo, n
—¿Queréis venderme? —pregunté sin rodeos en cuanto logré ponerme en pie con gran dificultad en el salón.Ninguno de ellos respondió. Solo se intercambiaron sonrisas cínicas y elocuentes.—¿Por qué hacéis esto?! Yo… ¡estoy dispuesta a ser vuestra sirvienta! Pero, por favor, ¡no hagáis esto! —supliqué con la respiración entrecortada.Una carcajada brotó de la boca de Mariana. Dio un paso adelante, me acarició suavemente la mejilla, pero al instante siguiente me retorció y tiró de mi pelo con mucha brusquedad.Mi cabeza se echó hacia atrás. Grité de dolor al sentir un fuerte tirón en el cuero cabelludo.—¡¿Tienes derecho a hablar, Rada?! Recuerda que nos debes un favor. Así que tienes que ganar mucho dinero para que no nos decapiten por no poder pagar la deuda! —gruñó Mariana en mi cara.—¡Pero ¿por qué tengo que ser yo?! —pregunté entre balbuceos. Mis ojos se enrojecieron al soportar el dolor de cabeza, ya que Mariana aún no había soltado su agarre—. ¡Ni siquiera he disfrutado ni una so






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