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CAPÍTULO 4: ¡GANA MUCHO DINERO PARA MÍ, RADA!

Author: Iin Dwi Z
last update publish date: 2026-09-16 14:27:30

Me quedé mirando los restos de comida que había sobre la mesa. Sentía una profunda curiosidad. Y es que, normalmente, solo me dejaban un poco; de hecho, a menudo ni siquiera me dejaban nada. Sin embargo, fíjate ahora: Darion incluso me ha dejado un muslo de pollo entero.

¿Es que se han vuelto buenos?

Me parece imposible, teniendo en cuenta lo a menudo que me han tratado injustamente hasta ahora. Además, el muslo de pollo es la parte favorita de Inés. Si se enterara de que me han dado el muslo, seguro que montaría un escándalo y me lo quitaría al instante.

Pero, ¿por qué han cambiado ahora? Sobre todo Darion. Ese hombre solía defender siempre a Inés y nunca dudaba en pegarme si su niña mimada se quejaba de tonterías.

En fin, no debo darle demasiadas vueltas. Ahora tengo que comer para reponer fuerzas. Puede que esta noche vuelvan a comportarse mal, como de costumbre.

Me terminé esa comida, que era bastante abundante. Mis labios esbozaron una leve sonrisa. Después de fregar los platos y limpiar la cocina, incluso tuve tiempo de coger una manzana que ya había lavado y guardarla en mi habitación.

La habitación que está más al fondo, abarrotada de montones de trastos.

En realidad, esto no es una habitación, sino un trastero que desde hace tiempo utilizan como mi dormitorio. Aunque en esta casa hay otras habitaciones en condiciones, me obligan a dormir entre montones de trastos. Solo me queda un pequeño espacio para tumbarme. Inés siempre viene con montones de sus cosas viejas y las deja a propósito encima de mi colchón gastado. Saben perfectamente que apenas tengo espacio, pero siguen dejándolas ahí, hasta que la habitación se vuelve cada vez más estrecha y agobiante.

¿Se acabó así mi trabajo?

Por supuesto que no. Aunque todos se hayan ido, no puedo relajarme. La ropa sucia se amontona, por no hablar de que tengo que barrer y fregar. Tengo que hacer todas estas tareas domésticas yo sola. Nunca han contratado a una empleada doméstica y solo me utilizan como una esclava sin sueldo en esta casa.

Con pasos lentos y arrastrados, recorrí habitación tras habitación llevando los utensilios de limpieza. Pensaba que estaba sola en esta casa, pero resulta que me equivocaba. Al entrar en el salón, vi a Darion sentado tranquilamente leyendo el periódico.

Dejó el periódico en cuanto se dio cuenta de mi presencia. Una vez más, el miedo se apoderó de mí al sentir cómo su mirada recorría todo mi cuerpo.

—Rada —me llamó.

—S-sí, ¿qué pasa? —respondí nerviosa. La verdad es que tenía mucho miedo, sobre todo ahora que solo estábamos los dos en esta casa.

—¿No tienes ropa bonita?

Tragué saliva, sintiéndome extraña ante esa pregunta. ¿Desde cuándo se fija en mi ropa? ¿Acaso no me han comprado nunca nada? La ropa que he llevado hasta ahora no son más que prendas de segunda mano de Mariana o de Inés.

Negué con la cabeza lentamente a modo de respuesta.

Darion asintió con la cabeza. Se levantó de inmediato y se marchó sin más, dejándome sumida en una confusión cada vez mayor.

Intenté no darle importancia, aunque la curiosidad seguía carcomiéndome la mente. Seguí con mi trabajo, porque si Mariana volvía a casa y la casa seguía sucia, montaría un escándalo tremendo.

Mientras barría el suelo con esmero, de repente sentí que alguien me observaba desde atrás.

Me giré y era Darion. Me detuve en seco al ver que se acercaba.

—Usa esto esta noche —dijo mientras me entregaba un vestido.

Con las manos temblorosas, cogí la prenda. Era uno de los vestidos de Inés.

—Esto… es de Inés. Se enfadará —dije en voz baja.

—No se enfadará si te lo doy yo. Tienes que arreglarte, Rada. Tienes que estar guapa esta noche.

De repente, la ansiedad se apoderó de mi pecho. ¿Qué estaban planeando realmente para mí?

—¡¿Por qué te quedas callada?! Recuerda que me debes un favor. ¡Yo te ayudé, Rada! Si no te hubiera ayudado yo entonces, ¡ya estarías muerta en el fondo del precipicio! —gritó de repente.

—Pero... llevo años trabajando como empleada doméstica en tu casa. ¿Acaso todo eso no es suficiente? —respondí armándome de valor.

Darion esbozó una sonrisa cínica. Se acercó aún más y, de repente, extendió la mano y me agarró del cuello con mucha fuerza.

Me sobresalté. Se me humedecieron los ojos y sentí que, de repente, me faltaba el aire. Me costaba respirar debido a su bruto agarre.

—¡¿Te atreves a responderme, eh?! ¡Todo eso no es suficiente para devolverme el favor, porque no eres más que una criada en esta casa, Rada! —gruñó con brusquedad, y luego me soltó sin más cuando ya estaba tosiendo y sin aliento.

Inspiré todo el aire que pude en cuanto soltó mi cuello. Mis manos temblaban al tocar mi cuello, que me dolía mucho y estaba ardiendo.

—¡Recuerda, esta noche tienes que ponerte ese vestido! Tienes que estar guapa, Rada. ¡Tienes que saldar tu deuda conmigo! —afirmó con dureza antes de darse la vuelta y marcharse, dejándome sola.

Contemplé su espalda, que se alejaba cada vez más. Las lágrimas me caían a raudales, sentía el pecho oprimido y me invadía un miedo tremendo.

¿Adónde me llevará esta noche?

Mis ojos se posaron en el vestido que yacía en el suelo. El corte del vestido parecía un poco escotado en el pecho y los hombros. ¿De verdad tenía Darion la intención de venderme?

Esa noche, seguía encerrada en mi habitación. Ya me había puesto el vestido que me había dado Darion. Me miré en el espejo viejo; era el vestido más caro que jamás había llevado puesto. ¿Se enfadaría Inés si se enterara de que lo estaba usando?

Mi corazón latía cada vez más fuerte al oír pasos que se acercaban. Poco después, la puerta se abrió de un tirón. Era Mariana; ni siquiera sabía cuándo había vuelto esa mujer.

Sonrió satisfecha al ver mi aspecto. A continuación, entró mientras sacaba los utensilios de maquillaje.

—Esto… ¿para qué? —pregunté nerviosa.

—¡No hagas tantas preguntas, Rada! Recuerda que tienes que ser una chica obediente. Mi marido y yo te hemos ayudado, así que pase lo que pase, ¡tienes que seguir siendo obediente! —me gritó mientras me agarraba la barbilla y empezaba a untarme polvos en la cara con brusquedad.

Solo pude quedarme paralizada. Apreté con fuerza la tela del vestido que llevaba puesto, pues un mal presentimiento me oprimía cada vez más el pecho. Sobre todo cuando Inés entró también en la habitación. En lugar de enfadarse al verme con su lujoso vestido, esbozó una sonrisa astuta y satisfecha.

Cuando Mariana terminó de maquillarme y salió de la habitación, Inés se acercó a mí. Se inclinó y me susurró algo al oído con un tono frío que me hizo estremecer de miedo por todo el cuerpo.

—¡Gana mucho dinero para mí, Rada!

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