INICIAR SESIÓNEl trayecto de regreso a la residencia transcurrió en un silencio asfixiante. El volante quemaba bajo la presión de los dedos de Clarissa, mientras las palabras de Alejandro resonaban en su mente como el eco interminable de una condena. La imagen de las fechas encajando con precisión matemática destruía la frágil certeza que había comenzado a edificar.“¿Fue todo un cálculo frío? ¿Cada mirada, cada caricia y cada escudo que levantó a mi alrededor no eran más que la protección de un activo valioso para coronarse en el consejo?”La duda escocía en el pecho como una herida abierta. No le dolía la posibilidad de la guerra corporativa; le desgarraba la idea de haber entregado su vulnerabilidad a un hombre que solo la veía como una pieza de ajedrez.Al ingresar al vestíbulo de la mansión, el ambiente se sentía cargado de una electricidad densa. Bastian aguardaba en la biblioteca, de pie junto al ventanal con una copa de cristal entre los dedos. Se había quitado la chaqueta y la camisa de ve
El ambiente señorial de la cafetería privada del centro financiero emanaba una sobriedad opulenta. Clarissa permanecía sentada junto a la mesa de rincón, con la taza de té intacta frente a ella. A su lado, la silueta erguida de Alejandro —el hermano mayor de Bastian— dominaba la escena con una elegancia rígida y calculadora. Sus facciones guardaban un parecido innegable con las de Bastian, pero sus ojos grises carecían de la intensidad ardiente del magnate; en su lugar, mostraban la distancia helada de un estratega implacable.—Agradezco que hayas aceptado mi invitación sin informarle a mi hermano —comenzó Alejandro, ajustándose los gemelos de oro mientras deslizaba un portafolios de cuero negro sobre el mantel de lino.—Fui muy clara por teléfono —respondió Clarissa con voz firme, sosteniéndole la mirada—. Acepté este encuentro porque afirmaste tener asuntos institucionales vinculados a la junta directiva de la fundación. No me interesan los juegos de poder entre ustedes.Una sonrisa
Clarissa sujetaba la mano de la pequeña con una ternura infinita mientras caminaban despacio hacia la zona de espera del vestíbulo. Al mirar el cabello platino de Mila y la fragilidad con la que la niña se aferraba a sus dedos, un choque de nostalgia le oprimió el pecho. Era como contemplar un espejo de su propia infancia: la misma soledad amarga, el mismo sentimiento de no pertenecer a ninguna parte y la mirada asustada de quien ha aprendido a esperar solo dolor del mundo exterior.—¿Te apreté mucho la mano, mi amor? —preguntó Clarissa en un susurro tenue, agachándose apenas para acomodarle el ala del sombrero.Mila la miró desde sus profundos ojos grisáceos y negó lentamente con la cabeza, esbozando una sonrisa diminuta que le devolvió la calidez al alma de la joven.—No… me gusta agarrarme de ti —murmuró la niña con una vocecita que apenas superaba el rumor del aire acondicionado.“No voy a dejar que nadie te haga sentir vulnerable jamás. Yo seré tu refugio”.Sin embargo, al pasar
El aroma penetrante a antiséptico y el murmullo ahogado del área ambulatoria envolvían el pabellón de especialidades pediátricas. Clarissa avanzó por el pasillo de linóleo brillante sosteniendo con suavidad la mano de Mila. La pequeña llevaba un amplio sombrero de ala ancha y unas gafas oscuras especiales para resguardar sus ojos sensibles de las lámparas del recinto, dando pasos cortos y cautelosos junto a la joven.—El doctor es muy amable, Mila —le susurró Clarissa, inclinándose ligeramente hacia ella mientras esperaban el turno de la revisión dermatológica—. Solo va a revisar tus ojitos y la piel para asegurarnos de que la crema nueva esté funcionando bien.La niña asintió en silencio, apretando los dedos diminutos alrededor de la mano de Clarissa con una confianza que a la joven le llenó el pecho de calidez.Al doblar en la crujía del área de espera, una figura estilizada ataviada con un impecable vestido de diseñador se interpuso en su camino. Sofía, con una sonrisa amplia y pul
Bastian se detuvo a pocos pasos. Sus ojos oscuros descendieron hacia la figura diminuta de la niña de cabello platino, contemplando la fragilidad de su piel y la desolación silenciosa que la rodeaba. Por un instante, la máscara de acero del hombre pareció resquebrajarse, pero en su lugar emergió una sombra profunda y sombría que ensombreció por completo sus facciones.Clarissa dio un paso al frente, interponiéndose ligeramente entre Bastian y la pequeña.—Firmé la custodia temporal esta tarde —declaró la joven con voz firme, sosteniéndole la mirada—. No podía permitir que la enviaran a un albergue estatal en esas condiciones. Si mi presencia con ella en esta casa interfiere con tus normas corporativas, puedo trasladarme con Mila a un apartamento.Bastian mantuvo los ojos fijos en la niña durante un segundo eterno antes de trasladar su atención hacia Clarissa. Su mirada no albergaba ira, sino un pozo de amargura antigua y penetrante que le oprimía el pecho a la joven.—No me opondré a
El silencio de Bastian pesaba más que el retumbar de los truenos al otro lado del cristal. Clarissa no apartó la vista de sus ojos oscuros, sintiendo la firmeza del pecho de él bajo la palma de su mano. La respuesta que tanto anhelaba parecía suspendida en el aire, a punto de romperse.—Dímelo —insistió ella en un susurro ardiente, apretando la tela de su camisa—. ¿Eras tú?Bastian exhaló despacio. La calidez de su aliento le rozó los labios antes de que él diera un paso atrás, rompiendo la cercanía que los quemaba a ambos. La mirada del magnate se volvió distante, esculpida de nuevo en esa piedra impenetrable que solía resguardarlo.—Estás buscando fantasías en el lugar equivocado, Clarissa —respondió él con voz grave y fría—. No fui yo. Ese niño no existe más que en tu memoria.—Mientes —susurró ella, aunque la voz le tembló por la punzada de incertidumbre—. Tu mirada anoche, la forma en que me proteges… todo encaja.—Protejo mis activos y a las personas que aportan valor a mis firm







