MasukÉl se dirigió al médico con una mirada seria y, durante un breve momento, sus miradas se cruzaron. —Buenas noches, doctor. ¿Cómo se encuentra mi esposa? —preguntó Gael, sin prestar atención al asombro de Elisa. El médico lo observó antes de centrar su atención en la herida. —Su esposa estará bien. Tiene una herida profunda en el dedo y necesitaremos realizarle algunos puntos para cerrarla adecuadamente —comentó el médico. Gael no dijo nada al respecto pero echó una mirada momentánea a Elisa. —Entonces esperaré afuera mientras usted hace su trabajo. Por favor, asegúrese de que esté bien —expresó Gael antes de salir del área de enfermería sin esperar respuesta alguna. Al salir a la sala de espera, Gael vio a Roger sentado cerca de la entrada. Se acercó a él directamente y arrugó el rostro, aún tratando de entender cómo había terminado Elisa en el hospital con un corte en el dedo. —¿Cómo pudo suceder eso? ¿Qué estaba haciendo Elisa para resultar con una herida así? —
Gael la miró fijamente a los ojos, pensaba dentro de sí que vería algo distinto en Elisa.—Creí que te sorprendería saber que prefiero a otras mujeres antes que a ti —comentó, brotando una sonrisa desafiante. Aquellas palabras le causaron a Elisa un dolor mucho más profundo de lo que estaba preparada para reconocer. El hecho de que Gael no la deseara verdaderamente como mujer tocaba una herida que ni siquiera se había dado cuenta de que existía. —Por favor, Gael, eres un tonto —respondió ella, intentando ocultar su sufrimiento tras una fachada de desinterés. Gael se acercó hasta quedar frente a ella y, tomándola suavemente del brazo, la atrajo hacia sí. Elisa quedó muy cerca de él y pudo percibir nuevamente el aroma de su fragancia. Gael bajó un poco la mirada hacia ella y mostró una sonrisa llena de arrogancia y desafío, provocando que se sintiera aún más incómoda. —Seguramente jamás has tenido una buena experiencia en la cama. Se nota hasta a través de la ropa —dijo Gael sin e
Elisa no pudo evitar que una profunda irritación la inundara y, tras unos instantes, se levantó de su puesto y se encaminó hacia el baño. Al ingresar, se plantó ante el espejo, apretó los dientes y analizó su reflejo con evidente descontento. —Estoy celosa. Muy celosa —admitió en voz baja, apoyando las manos sobre el lavabo. —¿Cómo puede actuar así con otra mujer en la oficina? Y frente a mí, como si no le importara en absoluto lo que opino? Cerró los ojos por un momento y respiró profundamente. Sabía que su reacción era exagerada y que Gael no debería ocupar tantos de sus pensamientos. Después de todo, él era libre de actuar como quisiera, y su matrimonio solo existía a un nivel superficial. —Debo calmarme. No merece la pena estar tan molesta por algo que involucra a otra mujer —se dijo así misma, tratando de convencerse que no valía la pena. Se acomodó el cabello y regresó a su escritorio con la intención de dejar aquel tema atrás. Durante el día, Elisa se concentró en su
Elisa no contestó. Simplemente se dirigió al escritorio de Gael, abrió el documento y lo colocó frente a él. —El documento ha sido corregido. Revisé cada punto y también implementé las modificaciones que solicitó en la última página —informó Elisa, haciendo caso omiso de la presencia de Alma Rosa. Gael hojeó el documento rápidamente antes de asentir. —Te agradezco mucho. Puedes irte —dijo Gael con total calma. Elisa se dio la vuelta, pero Alma Rosa continuó mirándolo, aparentemente disgustada por la falta de respaldo que esperaba de él. —¿Cuándo planeas despedirla? —preguntó Alma Rosa, señalando a Elisa. Alma Rosa miró a Elisa con una expresión de evidente desagrado. Gael levantó la vista del documento y respondió con una sonrisa que hizo que Elisa se detuviera. La expresión de él parecía indicar que disfrutaba de la situación más de lo que estaba dispuesto a admitir. —No tengo la intención de despedirla. Es una asistente excelente y, por otra parte, es bastante complacien
La mañana seguía su curso habitual cuando una dama vestida con sofisticación se acercó al escritorio de Elisa. Llevaba un bolso de alta gama en una mano y caminaba con la confianza de alguien acostumbrada a acceder a cualquier lugar. Sin siquiera saludar, fijó la mirada en Elisa y habló de manera autoritaria. —Hazle saber a Gael que estoy presente —ordenó la mujer, como si Elisa fuera simplemente alguien destinado a seguir sus órdenes. Elisa levantó la vista y la observó durante unos momentos antes de responder con tranquilidad. No le agradó la forma en que aquella desconocida había llegado sin siquiera preocuparse por saludar. Sin embargo, mantuvo la profesionalidad y se limitó a seguir el procedimiento habitual de la empresa. —Si no tiene una cita, deberá esperar a que el señor Beaumont tenga tiempo disponible. Puedo registrarla en su agenda y notificarle cuando pueda atenderla. Luego tomó una libreta y esperó a que la mujer le proporcionara su nombre. La desconocida se rio c
Aquello le generaba la sensación de que nunca podría desprenderse del todo de su pasado mientras él estuviera a su lado. Cada vez que pensaba que las cosas podían mejorar entre ambos, Gael encontraba la manera de recordarle que conocía sus secretos y que no estaba dispuesto a olvidarlos.—Parece que jamás olvidarás lo que hice. Han transcurrido tantas cosas y, sin embargo, cada vez que hablamos terminas recordando mis errores. ¿De verdad pretendes usar esto en mi contra durante estos tres años?Gael mantuvo la mirada firme, sin mostrar ninguna intención de ceder. Para él, olvidar no era una opción mientras continuara sintiendo que había sido traicionado por la persona que tenía delante.Su expresión permaneció fría mientras respondía con absoluta seguridad.—Yo no olvido, Elisa. Así que más te vale actuar correctamente y cumplir cada aspecto de nuestro pacto. Si decides desafiarme o mentirme de nuevo, tendrás que enfrentar las consecuencias.Elisa guardó silencio en respuesta. Era co







