登入La Novia No Deseada del CEO La vida de Elisabetta Anderson se hace pedazos en el momento en que la obligan a un matrimonio que nunca eligió. Traicionada por el hombre que amaba y despreciada por la única familia que le queda, es empujada a convertirse en la esposa de Norman Macalister, un poderoso CEO del que todos dicen que no es más que un hombre roto, confinado a una silla de ruedas. Pero nada en el imperio Macalister es lo que parece. El día de su boda, Elisabetta dice sí por desesperación, sin saber que está entrando en un mundo de riqueza, secretos y peligro. Un mundo donde el amor es un lujo que no puede permitirse… y confiar podría costarle todo. Entonces, Norman se pone de pie. Frío. Implacable. Y completamente vivo. Furioso por un matrimonio que nunca aceptó, Norman deja algo claro: Elisabetta no significa nada para él. Es una obligación, un error, una extraña que no tiene lugar en su vida. Pero a medida que los enemigos se acercan y las verdades oscuras comienzan a salir a la luz, la línea entre el odio y algo mucho más peligroso empieza a desdibujarse. Porque alguien intentó matarlo. Y el traidor está más cerca de lo que imaginan. Ahora, atrapada en un matrimonio construido sobre mentiras, rodeada de enemigos que se esconden tras rostros familiares, Elisabetta debe luchar por sobrevivir en una casa donde la traición respira en cada rincón… mientras protege un corazón que, poco a poco y en contra de su voluntad, comienza a enamorarse del único hombre que juró que nunca la amaría. En un mundo de poder, engaño y deseo ardiente… ¿seguirá siendo la novia no deseada… o se convertirá en la única mujer sin la que el CEO no puede vivir?
查看更多“Nunca. No voy a dejarte hacer siempre lo que quieres”, gritó Elisabetta con todas sus fuerzas, sin importarle que los empleados pudieran oírla.
Desde la muerte de su padre, su vida había sido una sucesión de humillaciones, todas provenientes de su madrastra y su hermanastra.
No, esto no podía estar pasando. ¿Por qué su vida tenía que ser un desastre constante? Sus pensamientos se amontonaban sin orden.
“Ah, ya veo. ¿Ahora tienes el valor de contestarme, Elisabetta? Harás lo que te dije o solo tendrás a tu miserable persona a quien culpar”, gritó su madrastra.
Elisabetta estaba devastada. Tenía el rostro rojo de tanto llorar. “Pero… pero la señora Anita Macalister quiere que Nina se case con su hijo, no yo.”
“Te casarás con Norman Macalister, y punto final”, dijo la señora Anderson, su madrastra, con la voz cargada de ira. “Él es el Alfa de la manada Riverside, y disfrutarás tu matrimonio.”
“¿Por qué quieres que me case con un inválido, con un vegetal, alguien completamente ajeno a su entorno? Por favor, no me envíes con él. No puedo casarme”, suplicó, conteniendo las lágrimas que amenazaban con caer.
Como un rayo, su madrastra se acercó y le agarró el cabello con fuerza.
“Niña inútil. Mi hija merece algo mejor. Tú reemplazarás a Nina. Si no lo haces, te echaré a la calle, donde vagarás sin hogar y sin dinero. Recuerda, soy la única que tiene acceso a la fortuna de tu difunto padre, y me necesitas para sobrevivir”, escupió la señora Anderson, apenas conteniendo su rabia.
Un dolor agudo recorrió su cuero cabelludo. El agarre era firme. Intentó soltarse, pero fue imposible. Las lágrimas corrían por sus mejillas.
“Pero estoy comprometida con Mark”, dijo con la voz temblorosa, sintiendo una profunda impotencia.
La señora Anderson soltó una risa despectiva, divertida por su estado. Sintiéndose superior, le susurró al oído: “Eres estúpida si crees que te dejaré hacer lo que quieras.”
De pronto, la empujó al suelo. Casi se torció el tobillo al caer. Gimió de dolor mientras intentaba sostenerse.
“Quiero que salgas de mi oficina ahora mismo”, gritó su madrastra.
Con las pocas fuerzas que le quedaban, Elisabetta salió corriendo de la oficina, completamente destrozada. Caminó por el largo pasillo sin prestar atención a los susurros de los empleados a su espalda.
Sentada en su viejo coche, las lágrimas no dejaban de caer. Su madrastra nunca la había tratado bien. Todo lo bueno era para Nina, su hermanastra. Su madre había muerto al darle a luz.
Deseó que su amiga Dana estuviera con ella. Sacó su teléfono y marcó el número de Mark. No estaba disponible. Encendió el coche y se fue.
“¡Dios mío! Estás hecha un desastre. ¿Te peleaste con alguien o qué?”, preguntó Dana, sorprendida al verla así.
Elisabetta rompió a llorar otra vez.
“Entra rápido y cuéntame qué pasó”, dijo Dana, abriendo la puerta.
Elisabetta le contó todo. Estaba agotada por los últimos acontecimientos.
“Imposible. ¿Quién se levanta un día y obliga a alguien a hacer lo que quiere? Escucha, Elisabetta, sé que esto es demasiado, pero tienes que calmarte y analizar la situación”, dijo Dana.
“No lo entiendes. No hay nada que analizar. No puedo casarme con Norman Macalister. Estoy enamorada de Mark.”
Dana resopló, con el rostro torcido de disgusto al oír su nombre. Nunca le había gustado.
“¿Sabes que Norman Macalister tuvo un terrible accidente que lo dejó inválido, prácticamente un vegetal? No puedo tener un matrimonio sin amor”, respondió Elisabetta.
“Entiendo tu punto. ¿Qué dice Mark sobre todo esto?”, preguntó Dana.
Elisabetta suspiró. “No puedo comunicarme con él. Lo he llamado. Hace una semana que no hablamos. Fui a su casa el otro día y encontré su apartamento cerrado.”
“Vaya, eso es muy raro. ¿Cómo puede tu prometido desaparecer así?”
“Tal vez tiene algo importante entre manos.”
Dana puso los ojos en blanco. “Siempre lo justificas. Lo mínimo que podría hacer es llamarte y decirte dónde está.”
Dana no podía creer que Elisabetta no viera la realidad.
De pronto, los ojos de Elisabetta se iluminaron, como si hubiera encontrado la solución a todo.
“¡Ya sé! Mark y yo nos casaremos lo antes posible, así mi matrimonio con Norman no tendrá efecto.”
“¿En serio? ¿Y crees que tu madrastra te dejará ir tan fácil? Esa mujer hará todo lo posible para obligarte”, dijo Dana.
Elisabetta bajó la mirada, triste.
Dana, conmovida, le acomodó el cabello. “Sé fuerte, Elisabetta”, dijo con suavidad.
Cuando llegó a casa, ya era de noche. El silencio fue interrumpido por un gemido que venía de una de las habitaciones.
Movida por la curiosidad, subió las escaleras. El sonido venía del cuarto de Nina.
La puerta estaba entreabierta, y lo que vio la dejó paralizada.
Se llevó la mano al pecho, sin poder respirar. Era Mark, su novio, completamente desnudo con su hermanastra Nina. Estaban tan absortos besándose que no la habían visto.
La traición le provocó una oleada de pánico.
Luego sintió una furia intensa. Caminó hacia la sala, con los hombros caídos.
Sin pensar con claridad, revisó su lista de contactos y, con manos temblorosas, marcó el número de la señora Anita Macalister.
Al otro lado, Anita respondió: “Hola.”
“Estoy de acuerdo”, dijo Elisabetta lentamente, con lágrimas corriendo por su rostro.
“¿De acuerdo con qué, querida?”, preguntó Anita.
Respirando hondo, Elisabetta respondió:
“He aceptado casarme con su hijo, Norman Macalister.”
Nina no le preguntó el nombre. No lo quería.En el segundo en que la puerta del hotel se cerró de golpe, él la tenía contra ella, la boca estrellándose contra la suya, una mano ya subiéndole la falda. Dos dedos gruesos entraron de lleno en su coño empapado sin aviso. Estaba chorreando. Él le folló con esos dedos con fuerza y rapidez mientras su lengua se apoderaba de su boca, mordiéndole el labio hasta que ella probó el cobre.—¿Ya estás tan mojada? —gruñó contra sus labios—. Viniste buscando una follada bruta, ¿verdad?—Sí —jadeó ella—. Deja de hablar y dámelo.La giró, le subió la falda por encima de las caderas y le bajó las bragas justo lo necesario. El sonido del cinturón y la cremallera cortó el silencio de la habitación. Entonces la pesada cabeza de su polla presionó contra su entrada. No entró despacio. La embistió de un solo empujón brutal que le sacó el aire de los pulmones y le arrancó un grito contra la puerta.—Joder… sí…Le agarró las caderas con la fuerza suficiente par
Las pesadas puertas de cristal de la boutique se cerraron con un clic detrás de Tessa, y el aire acondicionado fue tragado al instante por el calor húmedo de la tarde. Iba cargada. Bolsas de papel brillantes con asas de cuerda tejida le cortaban los dedos, apiladas de tres en tres en cada brazo. El conductor, un hombre tranquilo llamado Marcus que normalmente sabía que era mejor no insistir con ella, dio un paso al frente en cuanto salió del toldo.—Déjeme llevarlas por usted, señora —dijo, extendiendo una mano.—No —espetó Tessa, aunque la brusquedad quedó arruinada por la amplia y triunfante sonrisa que se extendía por su rostro—. Puedo con ellas. Con todas y cada una.No quería que él las tocara. No quería que nadie las tocara. Había una emoción primitiva y profundamente satisfactoria en cargar con el peso de sus propias ganancias. Cada pesado balanceo de una bolsa contra sus espinillas era un recordatorio de lo que acababa de hacer o, mejor dicho, de lo que habían hecho en su nomb
El despacho estaba en silencio. Norman estaba sentado detrás de su escritorio, con el documento extendido frente a él. Era antiguo, amarillento en los bordes, con el papel quebradizo y delicado. Había estado escondido en la caja fuerte privada de su abuela, oculto detrás de un panel falso que nadie conocía excepto ella. Y ahora él. Lo había encontrado la noche en que ella murió. Había estado revisando sus pertenencias, buscando respuestas, intentando comprender la red de mentiras que se había tejido alrededor de su familia durante décadas. Había encontrado la caja fuerte por accidente, escondida detrás de un retrato de su abuelo. La había abierto utilizando el código que ella le había dado cuando era niño, un código que le había dicho que recordara «para emergencias». Aquello era una emergencia. El documento era un mapa. No un mapa de tierras o carreteras, sino un mapa de secretos. Dibujado a mano y lleno de detalles, con anotaciones escritas con la temblorosa letra de su abu
En cuanto la puerta del dormitorio se cerró, Dominic se abalanzó sobre ella.No preguntó. No usó palabras suaves. La empujó contra la pared con tanta fuerza que sus hombros desnudos golpearon la superficie fría con un ruido sordo. Una de sus grandes manos le sujetó ambas muñecas por encima de la cabeza. La otra tiró del cierre de su corto vestido negro de un solo tirón brutal. La tela cayó al suelo. Ella salió de él completamente desnuda, excepto por los tacones.Los ojos de Dominic recorrieron su cuerpo como si ya estuviera decidiendo cómo quería destrozarla.—Joder —murmuró. Luego su boca se estrelló contra la de ella: áspera, posesiva, toda lengua y dientes. Le mordió el labio inferior con la fuerza suficiente para que ardera. Cuando ella jadeó, él empujó más profundo, besándola como si intentara apropiarse del aire de sus pulmones.Su mano libre fue directamente entre sus piernas. Dos dedos gruesos entraron en ella sin previo aviso. Ya estaba empapada; se deslizaron con facilidad.












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