LOGINAdan
Me serví un vaso de whisky y me aflojé la corbata. Había sido un día pesado en la empresa, lleno de juntas insoportables, y este club no solo era mi negocio más lucrativo, sino mi santuario de desahogo.
Caminé hacia el ventanal de cristal ahumado de mi oficina y la vi.
Una rubia se subía al escenario central. Me acerqué al cristal y el shock me duró apenas un segundo: era Victoria. La reconocí al instante por los retratos que el estúpido de Julian Sinclair tenía en su escritorio, ese idiota que se ahogaba en deudas conmigo mientras fingía un matrimonio perfecto. Pero la mujer en mi pista no era una esposa trofeo. Estaba rota, borracha y desinhibida.
Su baile era torpe, salvaje, impulsado por pura rabia. Se desabrochó los primeros botones del vestido de seda, exponiendo la pálida curva de sus pechos mientras se contoneaba. Dios, era hipnótica. Ver a esa aristócrata tan vulnerable, descarada y fuera de control me provocó un encanto inmediato, mezclado con una erección dura y pesada.
La vi bajar tropezando hacia los reservados. Salí a paso firme y corté a Mateo en el pasillo antes de que fuera a buscar a un bailarín.
—No vas a buscar a ninguna m****a —le ordené—. Envía la botella y vuelve a tu trabajo. Yo me encargo.
Ajusté los gemelos de mi traje y caminé al reservado. Al entrar, pasé el seguro. El clac de la cerradura resonó seco.
Ahí estaba la rubia de la cuna de oro. Tenía los hombros rígidos, el pecho agitado y los nudillos blancos. Estaba fascinado con ella, de verdad. Había pagado por meterse a la jaula sin darse cuenta de que la puerta acababa de quedarse cerrada por dentro.
—Así que tú eres la aristócrata que tiene tanto dinero para gastar esta noche —solté con una sonrisa entretenida.
Ella me miró de arriba abajo con la vista borrosa, deteniéndose en las solapas de mi saco de diseñador, la corbata impecable y mi reloj.
—Con ese traje no pareces un stripper —soltó arrastrando las palabras, alzando la barbilla con un descaro absurdo.
—No lo soy —respondí con voz grave, dando un paso lento hacia ella—. Soy el dueño de este lugar... y de hecho, soy el jefe de tu esposo.
Victoria me miró fijamente un segundo y soltó una carcajada sonora, una risa torpe y desbordada por el alcohol, negando con la cabeza como si acabara de oír la ocurrencia más graciosa del mundo.
—¡Ay, por favor! —se burló, dando un paso inestable hacia mí y tocándome el pecho con la punta del dedo—. Qué juego de rol tan elaborado... "el jefe de mi esposo". Me encanta, qué gran actuación.
Se mordió el labio con una coquetería torpe y soltó con total impunidad:
—Entonces, "jefe de mi esposo"... desnúdate de una vez. Te estoy pagando para eso.
Me quedé mirándola, absolutamente encantado con su audacia ebria y la ironía de la situación. Esta mujer no tenía la menor idea del juego peligroso en el que se estaba metiendo.
—Princesa, no es ningún juego —murmuré, inclinándome hasta que mi aliento le rozó la oreja—. A mí no me pagas para quitarme la ropa. Viniste porque quieres destruir algo.
—Vine porque quiero tener sexo —espetó con urgencia, perdiendo la paciencia—. Eso es todo. Así que quítate la ropa.
—Mi club no es un burdel y yo no me vendo por un par de billetes —dije con calma implacable, disfrutando de cada uno de sus gestos.
Un rubor de humillación le cubrió el cuello al procesar mis palabras. La realidad del rechazo le pegó de golpe.
—Disculpa... qué mal juego —murmuró entre dientes, intentando huir hacia la puerta.
Antes de que la tocara, la tomé del brazo y la stamped contra la pared de madera. Su espalda chocó con un golpe seco y quedé a milímetros de su rostro, atrapándola entre el muro y mi cuerpo.
—Pagaste por un servicio, mi amor... y lo vas a recibir bajo mis términos.
Enganché la cremallera de su vestido y la fui bajando despacio, exponiendo su piel al aire frío. Ella ahogó un jadeo y me atrapó las muñecas con manos temblorosas.
—No... detente... —alcanzó a murmurar con la voz rota.
Le sujeté las manos con firmeza por encima de su cabeza. Me incliné sobre su cuello, atrapando el lóbulo de su oreja entre mis dientes.
—No te voy a coger, princesa —le susurré al oído, con la voz tan grave que la hizo temblar de pies a cabeza—. Solo déjate llevar.
Y bajé mis labios a su garganta, marcando cada centímetro de su piel mientras su aliento agitado chocaba contra mí.
Y bajé mis labios a su garganta, marcando cada centímetro de su piel mientras su aliento agitado chocaba contra mí. Sentir su cuerpo menudito y aristocrático rindiéndose al tacto de mis manos me sacó un pensamiento amargo y placentero a la vez.
Me preguntaba qué cara pondría el imbécil e inútil de Julian si supiera esto.
Ese bastardo de m****a se pasaba las semanas sudando frío en mi oficina, suplicándome tiempo y arrastrándose como una rata para que no le ejecutara las garantías de su deuda millonaria. Y ahora, sin sospecharlo en lo absoluto, su adorada y pulcra esposa de alcurnia estaba en un privado de mi club, ebria, con la piel expuesta y empezando a pagar los intereses de su m****a de marido sin siquiera darse cuenta.
Una sonrisa helada y satisfecha se me dibujó contra el cuello de Victoria. Esta noche solo era el abrebocas. La dibuje como quise entre mis brazos mientras ella gemía en voz baja, sabiendo que, a partir de hoy, los Sinclair me pertenecían completos.
VictoriaTres meses después, la única ley en la cama era la de Adán.Estaba completamente desnuda bajo él, con el cuerpo arqueándose y temblando mientras sus labios y su lengua devoraban mi centro sin piedad. Sus manos grandes me sujetaban las caderas con una fuerza brutal, inmovilizándome contra el colchón para que no pudiera huir de la ola febril que me calcinaba por dentro.—Adán... —jadeé, ahogando un grito contra la almohada mientras me arrastraba directo hacia el borde del abismo, poseída por el fuego de saber que ya no quedaba rastro de ninguna sombra.Adán subió por mi cuerpo con una lentitud desesperada, con los ojos oscuros y febriles, hasta quedar suspendido sobre mí. Me agarró del mentón con fuerza y, rozando sus labios contra los míos con un hambre voraz, siseó contra mi boca:—Nunca me cansaré de tu sabor, maldita sea...Antes de que pudiera responder, se alzó y entró en mí de un solo golpe, con una fuerza salvaje y posesiva que me arrancó un grito ahogado.Su cuerpo se
AdanSalí de la habitación de Victoria con los puños cerrados con tanta fuerza que las uñas se me clavaban en las palmas, sintiendo que la piel me quemaba.Cada paso por el pasillo del hospital era una estocada de pura rabia contenida. Rashell había estado ahí, riéndose en la cara de Victoria, vendiéndola como si fuera basura, mientras fingía demencia en las altas esferas corporales.Llegué al vehículo, saqué el teléfono y marqué directamente al jefe de seguridad de la compañía con los dedos temblando de furia. Contestaron al primer tono.—Habla Adán.—Señor, estamos revisando los reportes perimetrales y los accesos a... —comenzó a decir al otro lado de la línea.—Cierra la boca y escúchame —lo interrumpió con un tono de voz gélido, letal, que hizo que el silencio se apoderara de la llamada—. Quiero que vayas a la oficina de Rashell ahora mismo. Averigua todo sobre sus movimientos de los últimos días.—Señor, de hecho... justo íbamos a reportar eso —respondió el jefe de seguridad con
(POV Adán)El piso de baldosas blancas del hospital me quemaba los pies, aunque apenas lo sentía.Estaba recostado contra la pared del pasillo frente a la Unidad de Cuidados Intensivos, con las manos apoyadas en las rodillas y la mirada perdida en la puerta doble de cristal tras la cual Victoria peleaba por mantenerse entera.Mi propia sangre manchaba la camisa, y tenía los nudillos destrozados, la mandíbula hinchada y el costado ardiendo con cada respiración profunda, pero nada de eso importaba.Una enfermera de urgencias se acercó con una bandeja llena de gasas, yodo y un analgésico, deteniéndose a mi lado con cautela.—Señor, por favor, déjeme limpiar esas heridas y revisar si tiene costillas fisuradas. Usted también está perdiendo sangre —dijo, intentando acercar el algodón a mi frente.La aparté de un manotazo seco, con un gruñido sordo que la hizo retroceder un paso.—No me toque. Estoy bien —escupí con la voz áspera, volviendo a clavar los ojos en el ventanal de la UCI.La enfe
AdanEl eco de mis pasos resonó como un trueno dentro de la bodega abandonada.Apenas crucé el umbral de la nave principal, dos de los hombres de Julián emergieron de las sombras y se me fueron encima antes de que pudiera parpadear. Me derribaron contra el suelo de concreto con un golpe seco que me sacó el aire de los pulmones, pero no me detuve.—¡Sujétenlo, imbéciles! —la voz de Julián retumbó desde el fondo, cargada de una victoria enfermiza.Me agarraron a patadas y puñetazos, intentando inmovilizarme mientras la rabia me quemaba las entrañas.Con un rugido sordo, me sacudí con fuerza, me aferré de la chaqueta del tipo que intentaba retorcerme el brazo y le metí un cabezazo brutal en el tabique que lo hizo desplomarse. Me puse de pie de un salto, con los nudillos ensangrentados y la respiración hirviendo, listo para destrozar al segundo, pero la voz de Julián me congeló en seco.—Ya bájale a la fiereza, CEO —escupió Julián, saliendo de la penumbra con una sonrisa cínica, oliendo a
POV VictoriaEl frío del suelo de concreto se me metía hasta los huesos, calándome la piel de gallina.Tenía las manos atadas a la espalda con bridas de plástico que ya me habían abierto la carne en las muñecas, y el cuerpo entero temblaba, no solo por la baja temperatura de esa bodega maldita, sino por el shock de la violencia.Me habían arrancado el vestido de novia a tirones, dejándome apenas en ropa interior, expuesta y vulnerable.La seda blanca y los encajes que horas antes representaban la cúspide de mi vida ahora yacían hechos jirones en algun lugar, pisoteados y manchados de barro y sangre.Sangre que, en su mayor parte, era el saldo de haberme negado a obedecer en silencio, de haberles mordido la mano a los hombres de Julián cuando intentaron tocarme por primera vez.Unas botas pesadas resonaron en el pasillo exterior. El cerrojo metálico crujió y la puerta se abrió de golpe.La luz tenue del exterior se filtró, revelando la figura de Julián. Entró despacio, con las manos en
POV AdánEmma se había quedado dormida en mi pecho, con sus manecitas aferradas a la solapa de mi camisa, mientras la abuela de Victoria leía en el sillón contiguo. Todo en el hogar respiraba esa calma artificial que precede a la tormenta..El teléfono sobre la mesita auxiliar vibró con tanta fuerza que casi tiró la taza de café.Lo tomé de inmediato, esperando la voz de Victoria avisando que el vestido ya estaba listo o que se demoraría diez minutos más en el tráfico.—Habla Adán —solté con tono seco.—Señor, tenemos un problema grave en el atelier —la voz del jefe de seguridad sonaba áspera, teñida de una urgencia que me hizo ponerme de pie de inmediato, acomodando con cuidado a Emma en los brazos de la abuela, que levantó la vista alarmada—. La señora Victoria entró al probador privado hace más de cuarenta minutos. Carmen nos llamó desde la recepción porque la puerta seguía cerrada y nadie respondía.El aire se congeló en mis pulmones.—¿Qué demonios quieres decir con que no respond







