INICIAR SESIÓNVladimir de Lion—Dime qué escondes, bambina.La pregunta quedó suspendida entre nosotros, más afilada que cualquier arma. Maddison no apartó la mirada, aunque podía percibir el temblor que intentaba contener en sus manos. Su miedo no era hacia mí. Era hacia lo que estaba a punto de decir.Eso no hizo que doliera menos.—No te estamos ocultando algo sobre ti —respondió finalmente.Dejé escapar una risa baja.—Acabas de decir que no soy quien todos creían.—Artemisa dijo que no llevas la sangre de las tres diosas —intervino Alonso, con esa irritante necesidad de colocarse entre Maddison y cualquier peligro que pudiera imaginar—. No afirmó que fueras culpable de algo.—Qué alivio. Entonces solo descubrieron que la historia de mi vida es una mentira y decidieron celebrarlo sin mí.—Vladimir —advirtió la reina.—No uses ese tono conmigo, majestad. No soy uno de tus guardias ni un cachorro al que puedas enviar a dormir cuando la conversación se vuelve incómoda.Peter se puso de pie con una
Vladimir de LionNo me habían invitado. La comprensión llegó antes que la rabia, aunque ambas se mezclaron con rapidez hasta convertirse en una presión insoportable detrás de mis ojos. La familia real se había reunido en la biblioteca privada y, por alguna razón, mi nombre no figuraba entre los convocados.Otra vez me habían dejado fuera. No era la primera vez que ocurría. Durante siglos, los reyes y las reinas habían preferido llamarme cuando necesitaban un ejército, una ejecución o una criatura capaz de caminar entre la oscuridad sin temerle. Para conversar, en cambio, siempre encontraban una puerta cerrada.Esta vez, sin embargo, no pensaba aceptar el insulto con una sonrisa.Me detuve al final del corredor, donde dos guardias hablaban en voz baja creyendo que las gruesas paredes del palacio podían protegerlos de mis oídos. No necesitaba acercarme para escuchar cada palabra.—La reina entró con los cuatro reyes —dijo uno—. También están la princesa, Alonso, Santino y Sokaris.—¿Tod
Maddison Spencer – Bennett.Durante unos segundos nadie dijo nada. Mi madre seguía abrazándome con tanta fuerza que apenas podía respirar, mientras Peter, Parker, William y Warren nos observaban como si esperaran que alguno de nosotros comenzara a desvanecerse delante de sus ojos.Santino estaba sentado en el suelo, con la espalda apoyada contra la cama, y Alonso permanecía a mi lado, todavía pálido por el regreso. Yo también quería abrazar a alguien, llorar o fingir que nada había ocurrido, pero acababa de descubrir que tres diosas estaban muriendo y que, tarde o temprano, yo tendría que ocupar el lugar de una de ellas.No parecía un buen momento para fingir.Todavía llevaba arena oscura pegada a las palmas, aunque sabía que no pertenecía a ningún lugar del mundo mortal. También podía sentir una presión tibia detrás de los ojos, como si las voces de las tres diosas hubieran dejado una marca que no se borraría al dormir.La habitación era la misma de siempre, con los retratos familiar
Maddison Spencer – Bennett.Me acerqué al árbol antiguo con pasos que no terminaban de sentirse míos, como si una parte de mi cuerpo recordara aquel camino mejor que mi propia mente consciente.La figura que emergió lentamente de entre las raíces retorcidas apenas conservaba la forma que mi memoria de niña guardaba de ella: una mujer alta, de cabello dorado trenzado con hojas y plumas, con una presencia tan salvaje que ni siquiera el bosque más denso lograba contenerla del todo. Ahora, Artemisa se sostenía apoyada contra el tronco del árbol, con la piel casi tan translúcida como las almas fragmentadas que habíamos guiado en el camino, y su cabello, antes trenzado con orgullo, caía suelto y opaco sobre hombros que temblaban con cada respiración.—Artemisa —susurré, arrodillándome frente a ella sin pensarlo, sintiendo cómo las lágrimas se me acumulaban sin permiso—. Estás...—Deteriorada —completó ella, con una sonrisa débil que apenas logró curvar sus labios—. Lo sé, mi niña. Puedo ver
Alonso CorleoneEl sendero que Hécate abrió entre las olas no se parecía a nada que hubiera atravesado antes, ni en esta vida ni en ninguna de las batallas que había librado defendiendo mi propio territorio del norte.No caminábamos exactamente sobre agua, ni tampoco sobre tierra. Cada paso se hundía ligeramente en una superficie que cedía como bruma espesa antes de volver a solidificarse bajo mis pies, como si el propio camino decidiera, instante a instante, si merecíamos sostenernos o no.—¿Sientes eso? —le pregunté a Santino, que caminaba a mi derecha con Maddison entre los dos, su mano firmemente entrelazada con la mía.—Lo siento —respondió, sin necesidad de que especificara a qué me refería—. Es como caminar a través de la piel de algo vivo.Ankor se agitó bajo mi propia piel, inquieto, gruñendo con una desconfianza que compartía cada fibra de mi cuerpo mortal. —Este lugar no nos quiere aquí, —susurró, con esa claridad instintiva que solo un lobo podía ofrecer en medio de tanta
Maddison Spencer – Bennett.El grito de Santino todavía resonaba en mis oídos cuando el suelo desapareció bajo mis pies.No fue como caer. Fue como si el mundo entero decidiera, de un momento a otro, que ya no tenía derecho a sostenerme, arrastrándome hacia algo que, extrañamente, no se sentía del todo desconocido.Porque en el instante exacto en que el aire cambió, cuando el frío de la noche del castillo dio paso a una brisa salada que reconocí antes incluso de abrir los ojos, algo muy antiguo dentro de mí despertó con la certeza tranquila de quien regresa, después de mucho tiempo, a un lugar que alguna vez llamó propio.—Esto ya lo conocías, —susurró Kallie, con un asombro que igualaba al mío. —¿Por qué se siente tan familiar?Abrí los ojos sobre una playa de arena oscura, bañada por un cielo sin sol que sin embargo irradiaba una claridad grisácea, y el recuerdo me golpeó con la fuerza de algo enterrado durante demasiados años.Había estado aquí antes.No en este cuerpo adulto, con







