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Libro 2. Capítulo 77. Nada es lo que parece.

Auteur: N.Mordon
last update Date de publication: 2026-10-08 01:45:26

Sebastián Lafallete.

El nombre me quedaba bien. Sebastián. Lafallete. Dos sílabas que no pesaban, que no recordaban a nadie, que se deslizaban por la boca de los demás sin dejar marca. Lo elegí hace tanto que a veces, en las horas más quietas, tenía que repetírmelo para no responder al otro. Al verdadero. El que no podía pronunciarse en una sala llena de alfas que creían que el mundo empezó cuando ellos nacieron.

Me quedé un segundo más de lo necesario junto a la puerta de la sala del trono, co
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    Sebastián Lafallete.La pregunta quedó entre nosotros como un cuchillo puesto del lado equivocado. ¿Quién eres en verdad? Podía responderla. Podía decir el nombre que las diosas ya no escriben, el que yo mismo borré de los templos, el que Vladimir llevaría en la lengua si alguna vez recordara la mano que lo convirtió. Podía decirlo y ver cómo Alonso cruzaba el arco, cómo Santino aparecía antes del amanecer y cómo ella tenía que elegir delante de todos.Pero no lo dije. Miré el arco. Alonso no se había movido, pero estaba demasiado cerca. El enlace de la heredera todavía me zumbaba en la sien, fino, muy de ella. Si hablaba con él escuchando, no iba a ser una conversación. Iba a ser un juicio.—Si vamos a tener esta conversación —dije, bajo—, tiene que ser a solas.Maddison no apartó los ojos de los míos. Kallie, dentro de ella, seguía quieta. Eso era peor que un gruñido. Un gruñido se podía calcular. El silencio de una loba que reconocía algo y no sabía nombrarlo, no.—Alonso se queda.

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    Maddison Spencer – Bennett.El silencio después del veredicto pesó más que las doce horas. Penélope no discutió. Se quitó el distintivo del torneo, lo dejó sobre la mesa de los jueces y salió con sus diez cojeando detrás. Nadie la detuvo y nadie aplaudió.En la sala solo quedó el problema que papá había nombrado en voz baja y que ahora todo el mundo podía oler: cuatro en pie, donde debían quedar tres. Mamá no levantó la voz. Eso bastó para que la corte entendiera que la discusión no era pública.—Sala del consejo. Ahora. Finalistas, heredera, reyes. Nadie más.El traslado fue corto y tenso. Santino entró con el hombro todavía vendado y la magia plateada mal contenida. Sokaris traía el corte del costado cerrado a medias y la misma calma de quien ya había hecho las cuentas. Vladimir no se sentó. Sebastián sí, al fondo, con las manos limpias y la sonrisa guardada. Alonso se quedó a mi lado. Papá cerró la puerta.—La norma decía dos afuera —empezó mi padre, sin preámbulo—. Tenemos uno. Si

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    Tercera Persona.Las doce horas no empezaron con una alarma. Empezaron con el cierre de cinco portones y el silencio de cinco cristales que, de pronto, mostraron barro, bosque, ruina y costa al mismo tiempo.En el territorio del norte, Santino Alexios repartió a sus diez antes de que el primer ataque cayera. No gritó. Solo señaló.—Dos en la loma —dijo, sin levantar la voz—. Tres en el cauce. El resto, conmigo.La sanadora Katherina, la cual era su madre, quedó en el centro con los heridos que todavía no existían.—Hijo, si esto se complica, no esperes a que te lo pida. Retírame cuando haga falta —le advirtió ella, revisando sus vendas por última vez.—No va a complicarse —respondió Santino, sin mirarla, los ojos fijos en la loma.Cuando la unidad de élite de la Guardia Real rompió la línea este disfrazada de rogues, Santino no persiguió la gloria. Cerró el círculo alrededor del más joven de sus hombres, un rastreador de diecisiete años que había tropezado, y aguantó el golpe en el ho

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    Maddison Spencer – Bennett.La frase de Vladimir se quedó colgada en el aire de la sala del trono mucho después de que Sebastián hubiera desaparecido por el corredor.—Preguntó… “¿Quién te marcó, vampiro?”Las luces temblaron sobre las paredes. Mamá no se movió. Alonso sí. Su mano encontró la mía antes de que yo pudiera dar un paso, mientras Kallie gruñía dentro de mi pecho.No era un gruñido de miedo. Era de reconocimiento tardío.Había algo en aquel hombre joven de cabello rojizo que no encajaba. Lo había sentido durante las pruebas anteriores y lo había archivado como nervios de torneo, cansancio o simple desconfianza. Ahora el archivo se abría solo y todas las pequeñas señales que había ignorado empezaban a ordenarse frente a mí.La forma en que Sebastián observaba las salidas, la manera en que sonreía antes de responder, la pausa exacta que hacía cada vez que alguien mencionaba una marca.—Voy a hablar con él —dije.—No —respondió mamá, baja y firme—. No aquí y claramente no ahor

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    Sebastián Lafallete.El nombre me quedaba bien. Sebastián. Lafallete. Dos sílabas que no pesaban, que no recordaban a nadie, que se deslizaban por la boca de los demás sin dejar marca. Lo elegí hace tanto que a veces, en las horas más quietas, tenía que repetírmelo para no responder al otro. Al verdadero. El que no podía pronunciarse en una sala llena de alfas que creían que el mundo empezó cuando ellos nacieron.Me quedé un segundo más de lo necesario junto a la puerta de la sala del trono, con la sonrisa todavía puesta. La sonrisa era lo más fácil. La gente confiaba en un hombre joven que sonreía como si el torneo fuera un juego y no un cuchillo. Penélope pasó por mi lado sin mirarme. Sokaris no miró atrás. Santino tampoco. Ellos cargaban su furia a la vista. Yo cargaba la mía donde nadie podía olerla.Vladimir sí me miró.Cuando le susurré la pregunta, su cuerpo hizo exactamente lo que esperaba: Un tirón mínimo en los hombros, un descenso de temperatura que solo alguien acostumbrad

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    Emma Spencer.La sala del trono nunca se sentía tan pequeña como cuando reunía a hombres que creían merecer una corona.Los cinco finalistas estaban formados en semicírculo frente a los escalones. Santino Alexios, con la postura rígida de quien carga demasiados secretos. Sokaris, imperturbable, con esa sonrisa apenas insinuada que siempre parecía ocultar una amenaza. Vladimir de Lion, quieto como una estatua de sombra, los ojos dorados fijos en mí. Y los otros dos: Penélope Webber la única chica del grupo, la alfa de fuerza interior que había sobrevivido más por instinto que por estrategia, y Sebastián Lafallete, el más joven de los cinco, de cabello rojizo, barba incipiente y mirada demasiado inteligente para su propio bien.Detrás de ellos, en las gradas, el resto de la corte observaba en silencio. Mis cuatro reyes ocupaban sus lugares a ambos lados del trono. Alonso permanecía un paso atrás de Maddison, quien se encontraba a mi derecha, con el rostro sereno, aunque yo podía sentir

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