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La Princesa que los Abandonó
La Princesa que los Abandonó
Author: Jojo

Capítulo 1

Author: Jojo
POV: Elara

—¿Te estás ofreciendo como voluntaria para irte a Frostfang? —Ronan me arrastró a su oficina y cerró de un portazo—. Elara, ¿perdiste la cabeza?

Dio un paso hacia mí con la mandíbula tensa.

—Esos lobos del norte se llevan a las lobas a las montañas nevadas y, una vez forjado el vínculo, no las dejan ir. Jamás. Cada loba soltera en Mooncrest reza todas las noches para que su nombre no salga en ese sorteo —me dijo con la preocupación en la mirada—. ¿Y tú te estás entregando en bandeja de plata?

Bajé la cabeza y retorcí la tela de mi falda hasta que mis nudillos se pusieron blancos.

La manada de Frostfang no tenía lobas. Durante generaciones, sobrevivieron a base de pactos matrimoniales con los clanes del sur. Pero los lobos del norte estaban en otra liga: eran más grandes, más salvajes y cien veces más dominantes. Al reclamar a una compañera, su instinto posesivo parecía volverlos locos. Apenas las marcaban, les pertenecían de por vida. Por eso ninguna loba en su sano juicio quería pasar la eternidad atrapada en una fortaleza de hielo bajo cero en las montañas.

El rostro de Ronan se oscureció por la ira.

—¿Te lastimaron otra vez? —preguntó con voz grave y amenazante—. ¿Fue Orion? ¿Cassian? ¿Acaso fue Nikolai?

Su aura de Alfa inundó la habitación, tan pesada y afilada que casi cortaba la piel. Sin esperar respuesta, dio media vuelta y caminó hacia la salida.

Me abalancé sobre él y me aferré a su brazo con todas mis fuerzas.

—No. Por favor... déjalo así —dije.

Mi voz se quebró al final.

Todo este drama era inútil. Semanas atrás, cuando Orion y Cassian empezaron a tratarme como basura, corrí a buscar el consuelo de Ronan. Dana ni siquiera llevaba un mes viviendo en Mooncrest, y los dos lobos que antes respiraban solo para complacerme ahora babeaban detrás de ella.

Aún me perseguía el rostro de Orion de aquella noche. Esa mirada, esa repulsión en su cara... Ya no había lugar para mí en sus corazones.

—Elara, hazme el favor de dejar de actuar como si todo se tratara de ti —me había dicho.

Cassian estaba parado a su lado, con los brazos cruzados sobre el pecho, apoyándolo en todo.

—Dana no es la loba del problema. Tú eres un fastidio para nosotros, no puedes soportar la idea de perder nuestra atención, y por envidia casi logras que la expulsaran. Sin la protección de tu hermano Alfa, no eres nada —remató Cassian con una mueca de asco—. Me da de todo al pensar que alguna vez te deseé.

Sus palabras quemaron mis venas como si me hubieran apuñalado con una daga de plata. Esa misma noche, corrí a refugiarme en los únicos brazos disponibles para mí: los de Nikolai. Lloré contra su pecho hasta perder el conocimiento.

Pero ahora... ni siquiera él me soportaba.

El silencio volvió entre Ronan y yo. Tras un largo suspiro, la tensión abandonó sus hombros.

—Eres mi única hermana —murmuró. Su voz se volvió tierna—. Mandarte tan lejos va a destrozar a mi lobo por completo. —Tomó mi rostro entre sus manos con delicadeza—. Pero prefiero mil veces eso a seguir viendo cómo estos idiotas te maltratan.

El Rito de Selección era en tres días. Si firmaba los papeles, la delegación de Frostfang me llevaría al norte antes de la primera tormenta de invierno.

—Piénsalo bien —me pidió él en un susurro—. Cuando tomes una decisión, búscame.

Asentí en silencio y me tragué el nudo en la garganta.

En el segundo en que puse un pie fuera de la oficina, mi corazón se paralizó. Nikolai estaba ahí. El pecho se me cerró con tal fuerza que me robó el aire.

Estaba recargado contra un pilar de piedra, bañado por la luz dorada del atardecer. Entre los dedos sostenía una pequeña flor silvestre amarilla. La reconocí al instante. Semanas atrás, durante el Festival de Caza, la estúpida de Dana le acomodó esa misma flor detrás de la oreja. Y Nikolai le dedicó una mirada de amor que me dolió hasta el alma, como si esa intrusa fuera el centro de su universo.

Al notar mi presencia, esbozó esa vieja y tierna sonrisa de siempre.

—¿Elara? —me llamó con suavidad.

Me sequé los ojos a toda prisa y pasé por su lado sin mirarlo.

—No te vayas todavía —pidió, siguiéndome el paso—. Elara, ¿a dónde vas?

Lo ignoré. Tenía la garganta en llamas y me negaba a soltar un sollozo frente a él. Después, escuché cómo detenía sus pasos. Disminuí mi ritmo y lo miré por encima del hombro.

Nikolai se quedó parado en medio del sendero. El viento de la tarde le alborotaba el cabello. Usaba una mano como escudo para proteger la pequeña flor amarilla, como si le aterrara la idea de que la brisa pudiera marchitarla.

Ver eso terminó de destruirme.

—¡Nikolai! —Mi grito tembló en el aire, rompiendo el silencio del pasillo—. ¿De verdad viniste a buscarme para esto?

Unos lobos curiosos que merodeaban cerca voltearon a vernos. Él ni siquiera se inmutó. El pánico me recorrió la espalda.

Perfecto. Si él no se acercaba, yo misma iba a enfrentarlo. Me mordí el labio inferior hasta sentir el sabor a sangre y di un paso en su dirección.

Pero su voz me detuvo en el acto. Sonaba grave y peligrosa.

—Te equivocas, Elara. Solo vine a avisarte que... a partir de hoy, me retiro de tus escuadrones de caza y de tus misiones.

Sin darme la oportunidad de pronunciar una sola palabra, me dio la espalda y caminó hacia la cabaña de Dana.

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