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Capítulo 5

Autor: Jojo
POV: Elara

—¿Estás segura de querer irte a Frostfang? —La voz de Ronan sonó rasposa, como si pronunciar la pregunta le desgarrara la garganta.

Me senté frente a su escritorio y asentí en silencio.

Tras huir de la cabaña de Dana aquella noche, me atrincheré en mi habitación durante dos días enteros. No asomé la cabeza al exterior. Apenas pude comer.

Ronan se frotó la cara con las manos y se hundió en el respaldo de su silla.

—Frostfang está demasiado lejos, atrapada en las montañas nevadas —murmuró, arrastrando el peso de la derrota—. Si en serio vas a hacer esta locura, tienes que irte esta noche. Empaca solo lo necesario.

Forcé una sonrisa rota.

—En este lugar ya no queda nada de valor que pudiera llevarme —dije.

Era la víspera del Rito de Selección. Ninguna loba soltera de Mooncrest dormiría durante el evento. El miedo a ser arrastrada por los lobos del norte las mantenía en vela. Para el atardecer, el chisme de mi reunión secreta con el Alfa ya corría por todo el territorio.

Así que, como era de esperarse, mis viejos fantasmas vinieron a buscarme.

Orion fue el primero en patear la puerta de mi cuarto. Traía la rabia inyectada en los ojos.

—¡Elara! ¡¿Qué estupidez le fuiste a exigir al Alfa esta vez?! —gritó.

Nikolai entró pisándole los talones. Su mirada recorrió el caos de la habitación: mi bolso a medio cerrar sobre la cama, el desorden en el piso de madera y las cenizas frías de la chimenea. Cassian entró al final. No dijo una sola palabra. Se quedó recargado contra el marco de la puerta, evaluándome con esa expresión indescifrable.

Unos meses atrás, un asedio como este me habría provocado un ataque de pánico. Habría soltado un mar de lágrimas para invocar la protección de Ronan. Habría gritado hasta exigirles una disculpa.

Pero ese día... estaba harta de ellos.

Los ignoré y pateé una caja de madera hacia el fondo de la cama. Adentro estaban guardados todos los regalos y baratijas que me habían dado a lo largo de nuestra historia. No pensaba meter ni uno solo en mi equipaje.

—¡Abre la boca! —exigió Orion, acercándose—. Sin tu hermano para cubrirte la espalda, no eres nada. Si hiciste alguna de tus jugadas sucias para obligar al Consejo a mandar a Dana a Frostfang, te juro por la Diosa que voy a...

—¿Vas a hacer qué, cobarde? —lo interrumpí, clavando mis ojos en los suyos por primera vez—. ¿Vas a matarme?

La temperatura del cuarto cayó en picada. Orion se quedó con la boca abierta.

Nikolai frunció el ceño. Dio un paso al frente y bajó la voz, usando su típico tono conciliador que ya no me convencía.

—Elara, no compliques las cosas. Solo dinos de qué hablaste con Ronan —me sugirió.

Me quedé mirando su cara. Si gastaba saliva explicándoles la verdad, ¿acaso me iban a creer? Si les confesaba mi sacrificio, ¿alguno de los tres me suplicaría que me quedara?

La respuesta me golpeó como un puñetazo: «No. Jamás».

La última chispa de esperanza dentro de mi pecho se apagó para siempre. Y entonces, les dediqué una sonrisa desquiciada.

—Sí, tienen toda la razón. Fui a exigir que mandaran a Dana a la mierda, ¿felices? —dije con indiferencia.

Los tres lobos se tensaron al mismo tiempo. Apreté la tela de mi abrigo hasta sentir calambres en los dedos.

—Me muero de celos. La odio con toda mi alma porque me los robó a los tres —dije entre dientes. Mi voz era aterradora y sádica—. Así que le supliqué a mi hermano para forzar su envío directo a Frostfang.

—Elara... —intentó razonar Nikolai.

Lo interrumpí sin piedad.

—Le juré al Alfa que, mientras Dana pisara nuestro territorio, yo me iba a encargar de arruinarle la vida y robarle la paz a esta manada.

El rostro de Orion se deformó por la rabia.

—Ni en tus sueños serías capaz de hacer eso —me dijo con los ojos abiertos de par en par.

—Pruébame —lo reté, con la garganta en llamas—. Ronan siempre cumple mis deseos, ¿o ya lo olvidaron? —Solté una risa para que les quedara claro que había perdido la cabeza—. Así funciona nuestro mundo. Lo único que necesité fue soltar un par de lágrimas falsas y armar el típico berrinche de la hermana malcriada.

Cassian rompió su silencio de piedra.

—El Alfa jamás mandaría a una loba con un cachorro a morir en las montañas nevadas por culpa de tus berrinches —sentenció con firmeza.

Le sostuve la mirada durante un silencio que pareció eterno. Sin romper el contacto visual, me agaché, arrastré la caja de madera desde el fondo de la cama y la levanté para estrellarla con todas mis fuerzas contra el suelo.

El golpe resonó como un trueno. Sus collares, baratijas y promesas vacías estallaron en mil pedazos, esparciéndose por toda la alfombra. Al igual que esos objetos, el vínculo que me unía a esos tres lobos acababa de hacerse polvo. Los tres dieron un respingo hacia atrás por instinto.

El corazón me latía tan fuerte que amenazaba con partirme las costillas en dos.

—Digan lo que quieran. Mañana a primera hora van a descubrir la verdad —les dije con rabia.

Sin nada más por debatir, los tres lobos me dieron la espalda. Salieron con las caras ensombrecidas por el odio y azotaron la puerta al irse.

No moví ni un músculo hasta asegurarme de que el ruido de sus botas desapareciera por el pasillo. Cuando el silencio reinó otra vez, agarré la correa de mi bolso.

Ronan ya me esperaba afuera, apoyado contra la puerta de la todoterreno bajo el frío de la noche. En el segundo en que me vio acercarme, sus ojos se enrojecieron por las ganas de llorar. Pero no dijo ni una sola palabra. Me envolvió los hombros con una capa de piel gruesa y pesada, y me apretó un morral lleno contra el pecho.

—Medicinas. Comida. Ropa térmica —enlistó con voz ronca—. Las montañas nevadas de Frostfang no tienen piedad, Elara... Solo... Sobrevive, hermanita.

Asentí con fuerza para no llorar y subí al asiento del copiloto.

Miré por la ventana una última vez para no olvidar jamás mi hogar. El territorio de Mooncrest dormía bajo un manto de nubes grises... los campos de entrenamiento de tierra batida, el sendero oscuro del bosque y la corriente del río que tal vez no volvería a pisar.

La puerta del todoterreno se cerró con un golpe sordo. Le dediqué una última sonrisa a mi hermano.

—Lo haré —dije, conteniendo el llanto.

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