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Capítulo 5: Las olas de la prueba

Autor: qia
last update Fecha de publicación: 2026-08-14 19:23:18

Victoria abonó íntegramente aquella multa de miles de millones en un solo pago, sin fraccionar ni un céntimo.

Julian contempló sobre su escritorio de caoba la demanda de divorcio que aún no había firmado. Victoria había comprado su libertad al precio más alto posible, cortando cada vínculo sin dejar resquicio legal alguno.

—Llama a Chloe a mi despacho —ordenó Julian a su secretaria.

Cinco minutos después, Chloe entró radiante de sonrisas. —Julian, ¿seré yo la portavoz en la rueda de prensa de respuesta?

—No habrá tal rueda de prensa —la cortó él con frialdad—. Y a partir de mañana, se retiran todos tus privilegios VIP.

El rostro de Chloe palideció al instante. —¿Me quitas mis privilegios justo cuando todos los medios me observan?

—No has demostrado nada más que crear conflictos en el plató —le espetó Julian—. Si en tres días tu actuación no mejora, cambiaré a la protagonista.

—¡Todo es culpa de esa mujer, verdad! —gritó ella fuera de sí.

Julian se puso de pie y se inclinó hacia ella con una presencia helada. —El nombre de mi esposa es Victoria Roy. Y tú jamás estarás a su altura. Sal de aquí.

En la costa de Bali, Victoria permanecía en el set de rodaje de La Última Emperatriz.

—¡Cámara... acción! —indicó el director Jean-Luc.

Al instante, la expresión de Victoria se transformó. Una lágrima resbaló lentamente por su mejilla: un llanto silencioso que destilaba el dolor y la entereza de una emperatriz. Cientos de personas en el plató permanecieron inmóviles, cautivados.

—¡Corte! ¡Perfecto! —Jean-Luc aplaudió con entusiasmo—. ¡Es la interpretación más sincera que he visto en mi vida!

Victoria se secó la lágrima y sonrió con genuina calidez. Gibran le tendió una botella de agua. —Los documentos de divorcio han llegado a las oficinas de Vance Pictures. Sin embargo, Julian se niega a firmarlos.

—Solo está retrasando lo inevitable —respondió Victoria con calma—. Nadie puede detener mi vida para que avance.

En ese momento, un automóvil oscuro se detuvo junto al set. La puerta se abrió y un hombre alto, abrigado, descendió bajo la luz del atardecer.

Allí estaba Julian Vance, con la mirada fija en ella.

Un silencio repentino se apoderó de la playa de Pandawa. El viento marino, que soplaba con fuerza, parecía traer consigo la frialdad que emanaba aquel hombre al poner un pie en la arena.

El equipo, tanto extranjero como local, se susurraba reconociendo su rostro: aquel que durante años había dominado la industria del cine. Pero aquella tarde, ya no irradiaba la arrogancia del director general. Su traje estaba arrugado, tenía los ojos inyectados en sangre tras tres noches sin dormir, y su mandíbula se tensaba conteniendo una desesperación profunda.

Su mente no dejaba de ver el derrumbe de Vance Pictures. En apenas unas horas tras la aparición de Victoria, las acciones de su empresa se desplomaban. Los inversores exigían explicaciones, el consejo amenazaba con destituirlo, y Chloe, a quien creía capaz de sustituirla, no hacía más que mostrarse caprichosa e incompetente, dañando aún más la imagen del estudio.

Todo aquel caos lo había empujado hasta aquella isla, persiguiendo a Victoria. Ya no solo por el imperio que se desmoronaba, sino por la cordura que perdía desde el día en que ella se marchó.

Sus miradas se cruzaron. Por primera vez en cinco años, Julian no halló en los ojos de ella ni rastro de nostalgia ni calidez. Solo halló vacío absoluto, como si él fuera un extraño que por azar hubiera aparecido en su plató.

Gibran Dirgantara dio dos pasos al frente, interponiéndose entre ellos con una postura protectora junto a Victoria. Su semblante era sereno, pero su mirada era firme e innegociable.

—No deberías estar aquí, Julian —dijo Gibran con voz profunda y autoritaria, que se alzó por encima del viento—. Esta es zona de trabajo privada de Dirgantara Pictures.

Julian lo ignoró por completo. No apartaba la vista de Victoria, como si ella fuera el único ancla capaz de impedir que se hundiera.

—Vic —la llamó con voz ronca. Sentía la garganta ardiendo, abrasada por un orgullo y un remordimiento que llegaban demasiado tarde—. Necesitamos hablar. Ahora.

Victoria cruzó los brazos y permaneció impasible. —Todo lo que debíamos tratar ya lo han gestionado mis abogados, Julian. Solo tienes que firmar el documento.

—¡No he venido hasta aquí para hablar de ese maldito papel! —exclamó Julian alzando la voz, lo que hizo que los guardias de Gibran se adelantaran en guardia.

Victoria levantó una mano, indicando con un gesto sutil que se detuvieran. En sus labios apareció una leve sonrisa cargada de ironía aquella sonrisa que él tanto admiraba en el pasado, y que ahora le helaba la sangre.

—¿Entonces para qué has venido? —le preguntó ella con frialdad, sosteniéndole la mirada—. ¿Para ordenarme una vez más a que me quede en segundo plano por el bien de tu estudio?

Aquellas palabras cayeron sobre Julian como un golpe demoledor. Se quedó allí, inmóvil bajo los focos y bajo decenas de miradas, comprendiendo que aquel silencio en la playa era solo el preludio de la tormenta que acabaría de reducir a escombros su orgullo.

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