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cap 53

Autor: L. Alejandra
last update Data de publicação: 2026-07-16 04:02:35

El ala norte del palacio Al-Fayed apestaba a alcohol quirúrgico, a tintura de yodo y al olor rancio de la sangre que aún manchaba de manera indeleble las losas de piedra cerca del umbral de entrada. Las lámparas de aceite de las paredes habían sido encendidas en su totalidad por orden mía, proyectando una claridad cruda, amarillenta e implacable sobre el lecho rústico donde Amira yacía completamente inmóvil. La farsa de la alta política del desierto, los fusiles de las tribus fronterizas y las
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  • La Segunda Esposa del Sultán: Pecado de Sangre   Capítulo Extra: El Juramento del Lobo y las Travesuras del Destino

    POV: CemHe enfrentado a ejércitos rebeldes en las fronteras de Al-Fayed sin que me parpadeara un solo músculo. He resistido interrogatorios bajo la humedad asfixiante de las mazmorras de la Ciudadela, manteniendo la mandíbula apretada mientras el acero enemigo buscaba quebrantar mi voluntad. He desafiado a un consejo de visires centenarios, desmantelado un imperio absoluto y abdicado a una corona de siglos por puro amor.Sin embargo, jamás, en mis treinta y ocho años de existencia, había experimentado un pánico tan paralizante como el que sentía en este preciso instante, de pie frente al espejo de cuerpo entero en los vestidores del jardín botánico de Brooklyn.—Mi Sultán… con todo el respeto, si continúa tirando de ese trozo de seda, terminará por decapitarse antes de llegar al altar —la voz monótona, rígida y severa de Malik resonó desde la esquina de la habitación.Giré la cabeza con una mirada asesina que habría hecho suplicar clemencia a cualquiera de mis antiguos soldados. Mali

  • La Segunda Esposa del Sultán: Pecado de Sangre   extra 3

    POV: CemDurante cuatro años de cautiverio, creí que las pruebas más difíciles a las que podía someterse un hombre eran la tortura, el hambre, el látigo o el aislamiento en una celda helada. Me equivocaba. Ningún interrogatorio de la inteligencia militar ni ningún combate en el desierto me había preparado para el enemigo más despiadado, impredecible y perfectamente coordinado del planeta: tres niños pequeños viviendo bajo el mismo techo.Había pasado exactamente una semana desde la famosa «noche de las espadas». Una semana entera desde que el baile sensual de Amira, la luz de las velas y la promesa de una entrega salvaje habían sido sepultados bruscamente por tres pares de ojos adormilados pidiendo un cuento sobre monstruos y estrellas.Esa noche, tras leerles durante casi una hora con la voz ronca y la frustración ardiéndome en la garganta, regresé a la habitación principal dispuesto a reclamar lo que era mío. Sin embargo, cuando crucé el umbral, me encontré a mi esposa profundamente

  • La Segunda Esposa del Sultán: Pecado de Sangre   extra 2

    POV: CemLa noche sobre Manhattan no traía el silencio estrellado e infinito del desierto de Al-Fayed, sino un murmullo lejano de sirenas, cláxones y el zumbido constante de una metrópoli que nunca dormía. Sin embargo, dentro del apartamento, el ambiente era cálido, denso y cargado de un tipo de paz al que mi cuerpo, acostumbrado a los sobresaltos de la guerra y a la humedad fría de las mazmorras, aún intentaba adaptarse.Habíamos cenado en una mesa pequeña que me quedaba demasiado baja. Mis tres hijos habían devorado sus platos mientras me contaban historias atropelladas sobre la escuela, los parques de nieve y los dibujos animados que veían por las mañanas. Ver a Mateo intentar imitar la forma en que yo tomaba el cubierto o a Camila sonreír con la misma timidez que yo mostraba cuando era niño había sido una tortura de pura felicidad. A las ocho en punto, Amira los había conducido al baño para lavarse los dientes y, tras una ronda interminable de besos, abrazos y promesas de ir al pa

  • La Segunda Esposa del Sultán: Pecado de Sangre   extra

    POV: CemEl crujido del parquet bajo el peso de mis botas sonaba como una anomalía en aquel santuario de madera clara, cortinas blancas y luz tibia. Durante cuatro años, los únicos sonidos que acompañaron mis noches fueron el goteo constante del agua sobre las piedras de la mazmorra de la Ciudadela, el susurro del viento de la noche en el desierto y el crujido de las cadenas que arrastré mientras pagaba con mi propia carne el precio de haber desafiado a las leyes ancestrales del sultanato.Ahora, al cruzar el umbral del apartamento de Amira en el corazón de Manhattan, el silencio no era de piedra ni de celda; era un silencio cargado de vida. Olía a lavanda, a lápices de colores, a pan recién horneado y a la esencia inconfundible de la única mujer que logró quebrantar la voluntad del hombre más temido de Oriente Medio.Me detuve en el recibidor, sosteniendo con firmeza la empuñadura de plata de mi bastón. Apoyé el peso de mi cuerpo en la pierna derecha para evitar que el fallo de mi ro

  • La Segunda Esposa del Sultán: Pecado de Sangre   Epilogo

    El otoño en Nueva York tenía una forma muy particular de teñir el mundo de dorado y nostalgia. Las hojas secas de los robles y los arces caían en una marea pausada sobre los caminamientos de piedra de Central Park, un contraste absoluto con el polvo abrasador, el olor a mirra y la aridez sin fin de las dunas que alguna vez definieron mi cautiverio. Habían pasado cuatro años largos desde la noche en que el rugido de los motores de un avión privado me arrancó de las garras del sultanato Al-Fayed; cuatro años desde que vi por última vez la figura desnuda, ensangrentada y soberbia de Cem erguirse en mitad del ala norte para marchar hacia su propia sentencia en el Patio de las Palmas.Cuatro años de un silencio sepulcral, espeso e impenetrable.Desde el segundo en que las ruedas del avión tocaron la pista en suelo estadounidense, corté cualquier lazo con el pasado por órdenes estrictas de Malik y por la propia promesa que le hice al hombre que me devolvió la libertad. No volví a mirar las

  • La Segunda Esposa del Sultán: Pecado de Sangre   Fin

    El frío del amanecer no lograba apagar el calor asfixiante que emanaba de las losas del Patio de las Palmas. Cientos de hombres se agolpaban en el perímetro circular: visires, jefes de clanes vestidos con sus mejores túnicas de seda, y los soldados de la guardia real sosteniendo sus estandartes en un silencio espectral. Las antorchas de la noche aún chisporroteaban en las paredes de piedra, mezclando el olor a queroseno con la bruma roja que el sol naciente proyectaba sobre las dunas del este.En el centro del patio, despojado de cualquier insignia monárquica y con el torso desnudo donde relucían las cicatrices de mil batallas —y los surcos frescos que las uñas de Amira habían grabado horas antes—, esperaba el momento. Ajusté el agarre de mi cimitarra familiar. El acero damasceno, pesado y equilibrado, era un apéndice más de mi brazo curtido.Las puertas de bronce del ala oriental se abrieron con un chirrido pesado y Zaid avanzó hacia el círculo. Mi medio hermano vestía una armadura l

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