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Capítulo 2

Author: lvy
Se fue al parque de diversiones. Pero no con nuestro hijo.

Leo notó mi cara de decepción. Se bajó de la ventana y caminó hacia el pastel.

—Creo que ya voy a apagar las velas —dijo, tratando de que no se le cortara la voz—. De todas formas, ni quería salir.

Mi niño de cinco años sopló las velas en medio del silencio de la habitación. Luego se volteó hacia mí.

—No estés triste, mami. Mi papá debe tener mucho trabajo. Ya soy un niño grande, no lo necesito para mi cumpleaños. ¿Te comes el pastel conmigo?

Lo abracé fuerte y las lágrimas se me escaparon.

—Sí, mi amor. Tu mamá se lo va a comer contigo.

Aunque Leo decía que no necesitaba a su padre, guardó una rebanada grande para Alexander.

Pero él no regresó antes de que el betún se derritiera.

Muy entrada la noche, la esperanza en los ojos de Leo se apagó y terminó quedándose dormido en el sillón.

Lo llevé con cuidado a su cuarto. Después fui a la caja fuerte y saqué los papeles de divorcio que había preparado hace mucho tiempo.

El último poco de duda que sentía se esfumó.

A las dos de la mañana, Alexander por fin llegó a la casa.

Olía a palomitas de feria y al perfume de Bella.

Cuando vio los adornos de cumpleaños todavía colgados en la sala y el pastel derretido sobre la mesa, un destello de culpa se asomó en sus ojos.

—Surgió algo con la familia. Lo arreglamos, pero se nos fue toda la noche. Mañana... mañana te prometo que le voy a organizar a Leo la fiesta más grande que nadie haya visto jamás.

No le pedí explicaciones. Solo asentí con calma.

—Está bien.

Alexander se sorprendió por mi falta de reacción. Luego se fijó en que no traía mi anillo en el dedo y arrugó la frente.

—¿Dónde está tu anillo?

—Se cayó ayer en la balacera —respondí con indiferencia.

Alexander se relajó, sin sospechar nada.

—No pasa nada. Te voy a comprar un diamante mejor en la siguiente subasta de Sotheby’s.

Se sentó y me tomó la mano con ese tono de resignación y arrogancia que suelen usar los hombres en nuestro mundo.

—Sabes cómo estuvo lo de ayer. Tú eres letal, sabes protegerte sola. Pero Bella es débil. Tiene un hijo de cinco años. No podía permitir que un niño se quedara sin su madre.

Asentí.

—Entiendo.

Alexander pareció aliviado. Estiró la mano y me acarició la mejilla.

—Te portas más como una verdadera Donna cada día. Qué suerte tengo de que mi esposa sea tan comprensiva.

Me dio risa por dentro. Así que ese era el deber de la esposa de un Don: sangrar, sacrificarse y luego ver cómo su marido protegía a otra mujer.

Pero no discutí. Mantuve la cara inexpresiva y le entregué el documento.

—Necesito que me firmes esto.

Alexander confiaba plenamente en mí. Yo era su Consigliere y mis decisiones nunca fallaban.

Ni siquiera revisó el contenido. Solo tomó la pluma y firmó al calce.

—¿Cuál es la prisa? —preguntó con naturalidad mientras firmaba.

—Solo es una reestructuración financiera —mentí con tranquilidad mientras recuperaba los papeles.

Tras firmar, Alexander se inclinó para darme un beso, probablemente intentando quedar bien conmigo.

Cuando estaba por esquivarlo, su celular sonó.

La voz desesperada de Bella se escuchó a través de la línea.

—¡Lucas está ardiendo! ¡Tiene una fiebre de 40 grados! No sé qué hacer, ¿puedes venir?

Alexander se puso tenso.

—Ya voy para allá.

Colgó, agarró su saco y caminó hacia la puerta. Se detuvo un segundo y me miró con ojos arrepentidos.

—Una fiebre así es peligrosa para un niño. Bella no puede manejar esto sola. Tengo que irme.

Asentí con amabilidad.

—Vete. El niño es lo importante.

Alexander me besó la frente.

—Eres una santa, Sophia. Mañana te lo compenso a ti y a Leo.

Lo vi irse en silencio.

No hace falta que me compenses nada, Alexander. Ya es muy tarde.
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