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Capítulo 2

Author: Ana
Lucía se puso una mano en el vientre.

—¿Cómo salieron los resultados?, ¿está bien mi bebé? —preguntó preocupada. Luego miró a su alrededor—. En el hospital me dijeron que una de las mejores especialistas se encargaría de mi parto. ¿Dónde está?

—Es ella. La doctora Acca... —comenzó a decir la enfermera.

—Los formularios de revisión necesitan la firma de un familiar —la interrumpí.

—Mi esposo está en una junta —contestó Lucía mientras revisaba su celular—. Me llamará pronto. Si tiene algo que decirle, puede...

En ese momento, el celular sonó. Puso el altavoz con un movimiento lento y calculado.

La voz profunda de Matteo se escuchó en la habitación.

—¿Cómo te fue en la revisión?

Me clavé las uñas en la palma de la mano. Era la misma voz que alguna vez me había cuidado cuando tenía fiebre. Ahora le pertenecía a ella.

—Todo está bien —dijo Lucía—, pero la doctora dice que tengo que estar tranquila y feliz. Por el bebé.

Matteo rio entre dientes.

—Está bien, mi princesa. Ya compré esa propiedad de las rosas que tanto te gusta. ¿Ya estás contenta?

—Mucho. Gracias, mi amor. —Le lanzó un beso al aire.

Tropecé con el carrito de equipo médico y las bandejas de metal hicieron un escándalo.

Lucía arqueó una ceja.

—¿Se siente bien?

—Estoy bien —mentí. Agarré el expediente y salí corriendo de ahí.

A mis espaldas, Lucía habló con tono cortante:

—¿Cómo dijo que se llamaba esa doctora? Se ve muy insegura para ser una “gran especialista”. ¿Será real su título?

Para cuando sentí la lluvia en la cara, ya estaba afuera de la Corporación Lamberti, lista para exigirle una explicación por su traición.

El vidrio del edificio reflejaba mi cara, que parecía la de un fantasma, superpuesta al recuerdo de Matteo de rodillas hace cinco años, poniéndome un anillo en el dedo.

—La señorita Accardi... —Escuché una voz familiar.

Me quedé helada y me escondí tras una maceta grande.

Russo estaba frente a él, con la cabeza inclinada en ese gesto de respeto de siempre; era el consejero de Matteo hasta la médula.

—Si la señora Lamberti se entera de lo de ella y quiere el divorcio...

—No lo hará. —Matteo se acercó a él. Me ama. No puede dejarme. E incluso si lo intentara, yo no la dejaría. —Hizo una pausa—. No se va a enterar. Yo me encargué de todo. En unos días, Lucía se va de Carmoria.

Russo se limpió el sudor de la frente.

—¿Y si...?

—No hay ningún “y si”. —Matteo sonaba indiferente—. Cuida lo que dices. Lucía conoce las reglas y se quedará callada.

Le dio una calada a su puro y luego le hizo un gesto para que se fuera.

—Entendido, Don. —Russo retrocedió.

Me mordí la muñeca con fuerza; el sabor metálico de la sangre inundó mi boca.

Mi celular vibró. Era Ian, mi excompañero de la facultad que trabajaba en el Hospital Calidora.

“¿Estás segura de que vendrás con nosotros?”

La lluvia golpeaba las ventanas y ahogaba el sonido de mi corazón. Me quedé mirando el ascensor por donde Matteo había desaparecido.

“En tres días estaré en un vuelo a Canterny. Necesito que borren mis registros en Carmoria. Que quede limpio. Sin dejar rastro”.

“No hay problema”.

Matteo, sé que nunca me dejarías ir. Así que voy a desaparecer. Arianna Accardi va a dejar de existir en este mundo.

***

Tardé cuatro horas en llegar a casa en lugar de una. Lloré todo el camino.

Dejar ir a alguien a quien amaste tanto es devastador.

En cuanto entré, Matteo me recibió y me apretó entre sus brazos.

—¿Dónde estabas? Me estaba volviendo loco.

Tenía el traje arrugado, el cabello despeinado y los ojos rojos, como si no hubiera dormido.

De pronto, percibí un olor que conocía de sobra.

Era el perfume de Lucía. Empalagoso.

—Se descompuso el auto. Me quedé sin carga y vine caminando. —Me solté de su abrazo. Estoy agotada.

—Mi princesa, amore mio, debes estar molida. Luego te doy un masaje. No lo olvides, hoy es nuestro aniversario. —Me tomó la cara entre las manos—. Mira lo que te compré.

Abrió una caja de terciopelo. Eran unos aretes de rubí.

Reconocí el diseño. Eran de la misma colección que el anillo de Lucía, el del rubí “sangre de paloma”.

—Como necesitas las manos libres, pensé que unos aretes tenían más sentido —dijo mientras me rozaba el lóbulo de la oreja—. Mandé a hacerlos especialmente para ti. Son piezas únicas.

Lo miré fijamente.

Lucía se quedó con la piedra principal. A mí me tocaron las sobras.

Pero por la forma en que me miraba... cualquiera pensaría que me estaba dando el mundo entero.

—Ese rubí se veía enorme antes. ¿Cómo es que se redujo a esto? —pregunté como si no fuera nada.

Se quedó pasmado un segundo, pero se recuperó rápido.

—¿Chico? Para nada. A lo mejor el diseñador se quedó con una parte. Voy a llamarle para armarle un escándalo.

Sacó su celular, fingiendo estar indignado. Apenas podía escucharlo por el nudo que sentía en el estómago. Pasé a su lado y corrí al baño.

Tocó la puerta.

—¿Comiste algo que te cayera mal?

Me desplomé en el suelo, con arcadas sobre el inodoro. Su celular vibró en la otra habitación.

A través de la puerta entreabierta, vi que miró la pantalla. Se detuvo un momento y luego contestó.

“Princesa Lucía”.

El nombre brilló en la pantalla como una cachetada.

—Surgió algo —dijo él, ya caminando hacia la salida—. Regreso pronto. Celebramos cuando vuelva.

Cerró la puerta de un golpe.

Solo entonces estiré la mano para alcanzar la prueba de embarazo que había dejado en el lavabo.

Dos rayas rosas.

Ese era mi regalo para él.

Mi bebé apareció cuando él ya lo había arruinado todo, cuando había decidido marcharme.
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