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Capítulo 3

Autor: Ana
Me quedé inmóvil en el sofá, con el corazón destrozado y la mirada fija en nuestra foto de bodas hasta que amaneció.

Me la pasé llorando toda la maldita noche.

Matteo nunca regresó.

Lo único que llegó a mi celular era la última publicación de Lucía:

“El bebé dice que extraña a su papi”.

En la foto, Matteo le estaba besando la panza.

Después de una noche sin pegar el ojo, tomé una decisión. Me quedaría con mi bebé y desaparecería.

Fui al hospital y entregué mi renuncia.

—¿Te vas hoy? —El jefe de Ginecología se detuvo un momento con los papeles en la mano—. Quédate un día más —pidió con un suspiro—. Todos quieren despedirse de ti.

Apreté la pluma con tanta fuerza que sentí la tensión en toda la mano.

—Está bien.

El área de cuidados especiales apestaba a desinfectante. Lucía estaba dando vueltas frente al espejo con una bolsa de piel de cocodrilo de edición limitada.

En cuanto me vio, subió el tono de voz.

—Miren quién es. La gran especialista en persona... mi querida hermana Arianna. ¿Pensaste que no te iba a reconocer solo por traer el cubrebocas?

—Vengo por el ultrasonido. —Agarré el transductor—. Acuéstate.

—Hay mujeres —dijo ella, acariciándose la panza como si fuera un trofeo— que no pueden quedar embarazadas en cinco años. El esposo las engaña y ellas se lo tragan todo... fingen que no pasa nada...

—El cordón tiene una vuelta —la interrumpí—. El líquido amniótico se ve normal...

—Estoy esperando un hijo de tu esposo. ¿Cómo puedes estar tan tranquila mientras me revisas? —Su voz rebosaba burla—. Das lástima. Ni siquiera puedes llorar o armar un escándalo. Tienes miedo de divorciarte, igual que tu mamá. Ella perdió a mi papá por culpa de la mía... y ahora yo te estoy quitando a tu hombre.

Me mantuve entera. Anoté los datos sin que me temblara la mano.

Cuando me di la vuelta para irme, Lucía me agarró de la muñeca.

—Me enteré de que ya vas a renunciar. ¿En serio crees que te voy a dejar irte así como si nada?

—¿De qué estás hablan...?

Entonces lo entendí.

—¡Me estás aplastando la panza, me duele! —gritó ella, haciéndose bolita como si estuviera sufriendo un dolor terrible—. ¡Mi bebé! ¡Mi bebé!

Las enfermeras entraron corriendo cuando ella tiró un vaso de la mesa.

—¡Esta doctora le quiere hacer daño a mi hijo!

Empezó a sollozar mientras sacaba su celular.

—¡Quiere matar a mi bebé!

El grito de furia de él se escuchó a través del celular.

—No la dejen ir. Voy para allá. Que nadie toque a mi gente en mi territorio; denle una lección.

Dos de sus hombres entraron y me sometieron. Sentí que todo me daba vueltas, como si el piso hubiera desaparecido.

—Maldita. —Uno me jaló del cuello de la bata y me arrastró hacia la puerta.

El otro me dio una patada con su bota en el vientre.

El dolor me atravesó. Le agarré la muñeca al hombre, enterrándole las uñas con fuerza.

Sentí un líquido caliente escurriendo por mis muslos. Un charco de color rojo oscuro comenzó a extenderse por el piso.

—Sangre... Está sangrando —murmuró uno, retrocediendo.

Miré hacia abajo; mi bata blanca estaba empapada.

“¿Así termina todo? ¿Esta es la despedida de mi bebé antes de que alguien supiera que existía?”

—No... no dejes que se muera... —el tipo que me sujetaba hablaba torpemente por el celular—. La doctora está sangrando mucho.

—Es solo una doctora —dijo Matteo, con una voz tan dura como una piedra—. Si se muere, que se muera. Limpien todo. Que mi princesa no vea ese desastre.

—Mat... —intenté decir, pero una mano me tapó la boca y la nariz.

Del otro lado de la línea, después de colgar, Matteo sintió algo. Pánico repentino que no supo explicar.

Mientras tanto, los guardias me tiraron en un bote de basura de las escaleras de emergencia y se largaron.

En medio de mi aturdimiento, las palabras de Matteo seguían resonando: “Que mi princesa no vea ese desastre”.

Claro. Ya tenía una nueva princesa.

A la que solía proteger la había reemplazado.

“Matteo Lamberti... estás muerto para mí”.
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