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—Luces espectacular, Kateryn. Como siempre.
El susurro del señor Nelson, cargado de un aliento rancio a whisky, le provocó a Kateryn una náusea instantánea que luchó por ocultar tras una máscara de cortesía profesional. Sintió las manos del hombre sobre sus hombros, una presión posesiva que la hizo tensarse, recordándole que cada segundo en esa cena era una transacción. La mirada del inversor se posó en su escote y bajó hacia sus caderas, tasándola con una depravación que la hacía sentir como una mercancía en exhibición. Pero no podía huir; el peso de la empresa en ruinas y las palabras del hombre que la había enviado al matadero para limpiar sus propios fracasos la mantenían anclada a la silla. Para Nelson, ella no era una mujer de negocios intentando salvar el legado de su madre; era un trofeo con una etiqueta de precio. Sin embargo, lo que Kateryn no sabía mientras luchaba por no desmoronarse, era que a pocos metros se encontraba el dueño de todas sus cicatrices. Sebastián Blackwood estaba allí, impecable y letal. Irradiaba una autoridad que hacía que el resto de los hombres parecieran sombras. El tiempo lo había esculpido con crueldad: su mandíbula era más severa y sus ojos negros ahora cortaban el aire con una madurez peligrosa. Pero lo que realmente la golpeó al encontrarlo con la mirada fue ver a la mujer a su lado, una figura de belleza etérea que se aferraba a su brazo con una confianza insultante. Sebastián no la apartó. Al contrario, correspondió con una caricia posesiva sobre el hombro desnudo de su acompañante, no por afecto, sino para anclarse a la realidad y no salir corriendo hacia la mujer que seguía habitando sus pesadillas. Kateryn reconoció con un dolor punzante esa caricia; una vez, ese toque le perteneció a ella. En ese momento, sus miradas se cruzaron y el tiempo se detuvo. Sebastián cuadró la mandíbula con tal fuerza que una vena se marcó en su cuello; sus pupilas, antes cálidas, se cargaron de una tormenta negra dirigida exclusivamente hacia ella. Sus nudillos se blanquearon alrededor de su copa reconocer esos ojos azules que, en el pasado, él mismo llamó su cielo. Verla allí, bajo la mano posesiva de un hombre como Nelson, le provocó una oleada de náuseas que nada tenían que ver con el alcohol. Una parte de él quería cruzar el salón y arrancarla de esa mesa, pero el orgullo se lo impidió. Kateryn sintió que el corazón se le partía en dos. En la mirada de Sebastián ya no quedaba rastro de la calidez con la que solía susurrarle "Kiki" al oído; ahora solo había un odio gélido. La mano de Nelson cortó el contacto, se deslizaba sigilosamente por debajo de la mesa buscando su pierna. —Si quieres que firme ese cheque, Kateryn, tienes que demostrarme que eres una mujer de negocios... flexible —susurró Nelson, apretando su muslo. El pánico la descolocó. En un intento desesperado por esquivar la mano del hombre, Kateryn volcó su copa de vino sobre su vestido. —¡Lo siento! —exclamó, poniéndose de pie de un salto. Nelson no se detuvo. Aprovechó el "accidente" para palpar sus piernas con el pretexto de ayudarla. Fue una caricia asquerosa que terminó de romper su resistencia. —Debo ir al tocador —soltó ella, huyendo hacia los sanitarios. Sintió la mirada de Sebastián quemándole la espalda. Una vez dentro, se aferró al lavabo con los nudillos blancos, intentando que el aire regresará a sus pulmones. Entonces la puerta se abrió y el chisme de dos invitadas inundó el lugar. —¿Viste a Sebastián Blackwood? Su prometida es perfecta para él —decía una de las invitadas mientras se retocaba el labial rojo frente al espejo del tocador. «Prometida» Kateryn se quedó inmóvil, conteniendo el aliento fingiendo desinterés. —Es bellísima —añadió la otra voz entre risas ligeras—. Dicen que ella es la única que ha logrado domar a ese iceberg de hombre y no se cansa de presumir que ha sido el único amor en su vida. Kateryn se aferró al lavabo —Es una pena que el compromiso ya sea oficial. Se casan en meses —concluyó una de ellas. «Meses» Le dolió imaginarlo formando una familia, despertando junto a otra mujer, dándole a ella los "buenos días" que una vez fueron suyos. El aire se volvió pesado, como si el perfume caro de aquellas mujeres le estuviera robando el oxígeno. Se detuvo un segundo en el pasillo en un intento de recomponerse, creyendo que el aire frío calmaría el incendio de sus pulmones. Pero el aire se detuvo. Un aroma familiar a madera la envolvió antes de que pudiera dar el siguiente paso. —Eres impresionante, Kateryn —la voz de Sebastián, cargada de un sarcasmo que cortaba como cristal roto, surgió desde las sombras—. Me abandonaste jurando que buscabas, una vida de lujos que yo no podía darte... y cinco años después, te encuentro mendigando caricias por un cheque. Kateryn sintió que la sangre le hervía. El dolor del compromiso de él, la humillación de Nelson y el peso de su secreto le sumían el pecho. —No sabes nada de mi vida, Sebastián —respondió ella, con la voz quebrada pero firme—. Y no tienes derecho a juzgarme. Déjame pasar. Intentó esquivarlo, pero él fue más rápido. Sebastián dejó la copa en una repisa y, con un movimiento depredador, le bloqueó el paso, acorralándola contra la pared. El calor de su cuerpo, tan prohibido y a la vez tan recordado, le hizo flaquear las piernas. Sebastián la miró de cerca, y por un instante, el odio flaqueó ante la visión de su vulnerabilidad. Le dolía que ella estuviera con un tipo como Nelson.Valeria Santoro salió de la propiedad con una sonrisa de absoluta superioridad. Subió a su auto y aceleró rumbo a la ciudad, convencida de que tenía el control absoluto de Kateryn. Sin embargo, al avanzar por la carretera secundaria, su vehículo se cruzó en el carril contrario con el de Sara. La socia de Kat, con el pulso acelerado y siguiendo minuciosamente el plan de respaldo, la había venido siguiendo a una distancia prudencial. Valeria, cegada por su propio ego, ni siquiera reparó en el auto. En cuanto los faros de la villana se perdieron en la distancia, Sara avanzó con cautela y malparqueó la camioneta entre la maleza, lo suficientemente cerca de la cabaña para esperar la señal de luces de su amiga en mitad de la noche. Mientras tanto, en las imponentes oficinas de Black Global, las horas transcurrían como una lenta tortura. Sebastián Blackwood estaba sumergido en sus pensamientos, atrapado en un laberinto del que no encontraba salida. Fingía revisar contratos, pero sus ojos o
Kat pronunció aquellas palabras con una crueldad estudiada porque sabía perfectamente que Sebastián sería incapaz de abandonar a Valeria por su hijo. Era la trampa perfecta para forzarlo a odiarla. Sebastián se debatió internamente durante un milisegundo que pareció eterno, pero su implacable sentido del deber fue más grande que el amor destructivo que sentía por Kat. Era una vida junto a su hijo o una vida junto al amor de su vida. Trago duro, sintiendo que el sabor del whisky de la madrugada se mezclaba con la bilis de su orgullo. En ese instante, la mente del magnate se cerró: creyó con total certeza que Kateryn solo actuaba así para destruir a su familia, para desestabilizarlo y arruinar su vida una vez más. Y no iba a darle el sádico gusto de verlo derrotado a sus pies. —Eso no sucederá —sentenció Sebastián con una voz que recuperó la rigidez del acero. Estiró los brazos con brusquedad, tomó a Kat por las mejillas y las presionó con bastante fuerza, obligándola a mirarlo
El lunes llegó con la fría realidad. Kateryn se levantó muy temprano, impulsada por la adrenalina de una madre que sabe que no tiene tiempo que perder. Al salir de la habitación, el aroma a café recién hecho inundó sus sentidos. En la cocina, Sara ya le había servido una taza humeante mientras caminaba de un lado a otro con el celular al oído, dándole órdenes firmes a su equipo de trabajo. A altas horas de la noche anterior, justo después de su calculada actuación del desmayo en el auto camino a la mansión Santoro, Valeria le había enviado un mensaje de texto escueto y letal a Kat: “Mañana te entregaré a tu hijo. Deberás ir a la cabaña por la tarde. Sin decirle a nadie y completamente sola”. Kat sabía perfectamente que era una trampa; la psicosis de Valeria no la dejaría libre tan fácil. Y Kat no se equivocaba el plan de Valeria era mantenerla encerrada en esa cabaña hasta el día de la boda para asegurar que no interfiriera más con Sebastián. En cuanto Sara colgó el teléfono, Kat
Alexander guió a Kat hasta el auto y la llevó de regreso a la casa de Sara. Tras un beso suave en los labios como despedida, Alex emprendió el viaje de vuelta a su hogar con el corazón desbocado y los ojos llenos de anhelo; se sentía el hombre más feliz del mundo, convencido por completo de que sus sentimientos finalmente comenzaban a ser correspondidos. Mientras tanto, en el salón principal de Black Global, Sebastián arrastraba los pies con la firme intención de zafarse de las garras de su prometida e ir a buscar a Kateryn para exigirle una explicación. Sin embargo, Valeria se anticipó con una jugada tras sospechar los posibles movimientos de su futuro esposo. —Vámonos, debes descansar. Te llevaré a casa —sentenció Sebastián con una voz que intentaba disimular su ira. La tomó del brazo sin mirarla. —Está bien cariño, porque no me siento bien... —murmuró Valeria, parpadeando con debilidad mientras se llevaba una mano a la frente—. Todo me está dando vueltas, siento que me falta
Alexander la guió con caballerosidad por el pasillo del ala oeste, ajeno por completo a la culpa que carcomía a Kat por dentro. Al llegar a la antesala privada del tocador —un espacio elegante con paredes espejadas y luz tenue—, el silencio del corredor los aisló del bullicio de la gala. Kat sabía que no tenía tiempo que perder. Valeria la vigilaba y cada minuto de retraso ponía en riesgo la vida de Leo. Se giró hacia Alex, forzando a sus ojos azules a brillar con una falsa vulnerabilidad. —¿Estás mejor? —preguntó Alex, acariciándole sutilmente el brazo con genuina preocupación—. Te noto demasiado pálida, Kat. Si quieres, puedo pedir que te lleven a casa ahora mismo. —No… no todavía —susurró Kat, dando un paso al frente y acortando la distancia. —Kat… —advirtió él, con la voz volviéndose espesa al tenerla tan cerca. Sus sentimientos eran reales y la voz seductora de la diseñadora comenzaba a nublarle el juicio que le quedaba debido al alcohol. —Tengo miedo, Alex. Miedo de lo
Kat apretó los puños con una fuerza que le enterró las uñas en las palmas, pero apretó aún más su corazón para obligarlo a resistir la descabellada idea de Valeria. El pánico por Leo le cerraba la garganta, pero la lucidez de la supervivencia se impuso ante el terror. Tragó duro, clavándole una mirada de acero a su enemiga. —Está bien, lo haré —cedió Kat, con una voz gélida que sonó como una sentencia. —Bien. Suerte, querida, disfruta de la velada —sonrió Valeria, saboreando su triunfo temporal con una altanería enfermiza. Minutos después, Kat volvió al salón principal manteniendo la espalda recta, aunque sus dedos temblorosos eran casi imposibles de controlar. La intuición psicótica de Valeria era certera y fría: solo un beso de Kat bastaría para que Alex cediera a lo que ella quisiera; conocía de sobra a su hermano y sabía que estaba realmente enamorado de Kateryn. Si ella le daba una mínima esperanza, Alexander caería solo en la trampa. Al cruzar el salón, el peso de la culpa y







