Mag-log inAlexander observó cada fotografía puesta sobre la pared. Hurgó con desesperación entre los pequeños muebles donde descansaba el material de revelado, abriendo cajones y apartando carpetas, hasta llegar a un estante del fondo donde descansaban varios sobres amarillos. Con el pulso acelerado, tomó el primero y lo abrió. Al instante, las imágenes originales y sin editar de Erick y Kateryn quedaron expuestas ante sus ojos miel. Todo fue un montaje, ese beso que le dolió en el alma jamás existió. Tras un segundo de alivio, el horror aumentó el doble. Un grupo de imágenes de su hermana Valeria en situaciones comprometedoras con un hombre desconocido salieron a la luz. Alex se llevó la mano a la boca, conteniendo una arcada mientras ataba cabos en su mente por las repentinas y misteriosas desapariciones de su hermana durante las últimas semanas. En ese segundo de fría claridad, tuvo la certeza absoluta de que existía la gran posibilidad de que el hijo que ella estaba esperando no fuera de
Segundos después, Sara y Sandy se acercaron al grupo cargando las maletas de Kat. Erick ordenó de inmediato a sus hombres tomar las maletas para subirlas al jet. Mientras tanto, Sara fijó su mirada en las personas que aguardaban pacientemente al pie de la escalerilla del avión. Eran cuatro profesionales vestidos de manera impecable. Kat, movida por la intriga de ver a tanta gente, también fijó su mirada en ellos. —¡Oh, olvidé presentarlos! —se apresuró a aclarar Erick, rascándose la nuca con una sonrisa culpable—. Él es el mejor cirujano que pude encontrar, pensando en la remota posibilidad de que tu acompañante estuviera enfermo o delicado de salud. Kat se giró de inmediato hacia el siguiente rostro masculino, arqueando una ceja. —Él es el licenciado Marcus Vance, el mejor abogado en casos corporativos y penales complicados, en caso de que requirieras asesorarte legalmente de emergencia. —¿Usted pensó que mi acompañante estaría gravemente enfermo o que yo estaba eludiendo alg
Llegando la madrugada, los efectos de la medicación ya habían surgido efecto en el sistema de los captores. Kat se mantenía completamente despierta en el piso superior, con los ojos intranquilos y fijos en la oscuridad, incapaz de borrar de su mente la última mirada cargada de desprecio que Sebastián le había dado en el mirador. El silencio se volvió denso, absoluto. Al no escuchar ningún ruido, ni el más mínimo murmullo en la planta baja, Kat tomó aire, reunió todo su valor y bajó despacio las escaleras en medio de la penumbra. Al salir con cautela por la puerta trasera, se percató de que el plan de las pastillas funcionaba: uno de los hombres ya dormía plácidamente, con la cabeza gacha, sobre un escalón de la pequeña escalera de madera que une el jardín con la casa. Kat dio media vuelta, se adentró de nuevo al interior de la cabaña y caminó hacia la entrada principal. Al espiar por el ventanal, vio que el segundo hombre descansaba profundamente en el interior del auto, y el tercer
Valeria Santoro salió de la propiedad con una sonrisa de absoluta superioridad. Subió a su auto y aceleró rumbo a la ciudad, convencida de que tenía el control absoluto de Kateryn. Sin embargo, al avanzar por la carretera secundaria, su vehículo se cruzó en el carril contrario con el de Sara. La socia de Kat, con el pulso acelerado y siguiendo minuciosamente el plan de respaldo, la había venido siguiendo a una distancia prudencial. Valeria, cegada por su propio ego, ni siquiera reparó en el auto. En cuanto los faros de la villana se perdieron en la distancia, Sara avanzó con cautela y malparqueó la camioneta entre la maleza, lo suficientemente cerca de la cabaña para esperar la señal de luces de su amiga en mitad de la noche. Mientras tanto, en las imponentes oficinas de Black Global, las horas transcurrían como una lenta tortura. Sebastián Blackwood estaba sumergido en sus pensamientos, atrapado en un laberinto del que no encontraba salida. Fingía revisar contratos, pero sus ojos o
Kat pronunció aquellas palabras con una crueldad estudiada porque sabía perfectamente que Sebastián sería incapaz de abandonar a Valeria por su hijo. Era la trampa perfecta para forzarlo a odiarla. Sebastián se debatió internamente durante un milisegundo que pareció eterno, pero su implacable sentido del deber fue más grande que el amor destructivo que sentía por Kat. Era una vida junto a su hijo o una vida junto al amor de su vida. Trago duro, sintiendo que el sabor del whisky de la madrugada se mezclaba con la bilis de su orgullo. En ese instante, la mente del magnate se cerró: creyó con total certeza que Kateryn solo actuaba así para destruir a su familia, para desestabilizarlo y arruinar su vida una vez más. Y no iba a darle el sádico gusto de verlo derrotado a sus pies. —Eso no sucederá —sentenció Sebastián con una voz que recuperó la rigidez del acero. Estiró los brazos con brusquedad, tomó a Kat por las mejillas y las presionó con bastante fuerza, obligándola a mirarlo
El lunes llegó con la fría realidad. Kateryn se levantó muy temprano, impulsada por la adrenalina de una madre que sabe que no tiene tiempo que perder. Al salir de la habitación, el aroma a café recién hecho inundó sus sentidos. En la cocina, Sara ya le había servido una taza humeante mientras caminaba de un lado a otro con el celular al oído, dándole órdenes firmes a su equipo de trabajo. A altas horas de la noche anterior, justo después de su calculada actuación del desmayo en el auto camino a la mansión Santoro, Valeria le había enviado un mensaje de texto escueto y letal a Kat: “Mañana te entregaré a tu hijo. Deberás ir a la cabaña por la tarde. Sin decirle a nadie y completamente sola”. Kat sabía perfectamente que era una trampa; la psicosis de Valeria no la dejaría libre tan fácil. Y Kat no se equivocaba el plan de Valeria era mantenerla encerrada en esa cabaña hasta el día de la boda para asegurar que no interfiriera más con Sebastián. En cuanto Sara colgó el teléfono, Kat







