Heredera desheredada, contratada por el playboy millonario

Heredera desheredada, contratada por el playboy millonario

last updateLast Updated : 2026-10-12
By:  Premah Dale Updated just now
Language: Spanish
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Sienna Hartwell perdió a su abuela, su apellido y a su prometido en una sola semana. Lo único que le queda es su talento para crear perfumes. Julian Rowe es el hazmerreír de la ciudad, un playboy holgazán y mujeriego que se gasta el dinero de su familia en alcohol. También es el desconocido arrogante que la acusó de acosarlo en el salón de un hotel. Ella necesita un trabajo. Él necesita a alguien que le planté cara. Ella se niega a perder contra él, y él nunca ha tenido que esforzarse tanto para ganar. Hay quien se lleva un secreto a la tumba. Estos dos, en cambio, guardan el suyo en la habitación de al lado.

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Chapter 1

Capítulo 1

Sienna Hartwell tenía diez minutos antes del cóctel de arriba y un espejo al que no pudo resistirse. El pasillo frente a los baños del hotel tenía luces cálidas de latón y una larga pared de cristal, y quería una foto para Tess, una prueba de que seguía en pie seis semanas después del funeral de su abuela. Inclinó la barbilla, sacó la foto y estaba escribiendo *Sobreviviendo* cuando un hombre con traje gris se plantó en su camino.

—Señorita, necesito que borre esa fotografía. El caballero que está detrás de usted no ha dado su consentimiento para ser fotografiado, y odiaría que esto se convirtiera en un asunto legal.

—¿El caballero que está detrás de mí? —Sienna miró la pantalla. En la esquina del espejo, un hombre alto se ajustaba el puño de la camisa, medio de espaldas—. Me hice una foto a mí misma. Es una selfi en el espejo, no una campaña de acoso.

—Marcus, está bien. —El hombre alto por fin levantó la vista. Su voz era tranquila, casi aburrida—. Aunque no soy un hombre irrazonable. Diga una cifra y lo llamaremos compensación por las molestias.

La paciencia de Sienna, ya desgastada por seis semanas de guisos de pésame, se quebró limpiamente.

—Me está ofreciendo pagarme por una foto que no le tomé a usted.

—Le estoy ofreciendo que esto sea rápido.

—¿Eso suele funcionar? ¿Agitar dinero hasta que la gente deja de tener opiniones?

—Hasta ahora ha sido muy eficaz.

Separó dos dedos sobre la pantalla para demostrar su punto.

—Mire. Todo su cuerpo es una mancha en la esquina.

El zoom se deslizó y se detuvo, y comprendió demasiado tarde dónde había aterrizado: un cinturón oscuro, una camisa blanca impecable, un abdomen muy plano.

Él estudió la pantalla con enorme seriedad.

—Es una mancha notablemente detallada.

El calor le trepó por el cuello, pero jamás había cedido una discusión por vergüenza y no iba a empezar ahora.

—Me arruinó la foto. La luz era perfecta y usted entró en ella como un perchero.

—Un perchero. —Se inclinó a inspeccionar la imagen, tan cerca que su hombro casi rozó el de ella. Olía a cedro y a algo verde, quizá bergamota, y por un estúpido segundo ella notó la línea afilada de su mandíbula y las pestañas oscuras. Era irritantemente atractivo. Entonces él dijo—: En justicia, la composición mejoró —y el momento murió.

—Discúlpese por acusarme —dijo Sienna.

—Usted fue quien hizo zoom.

—Discúlpese.

Lo sopesó, visiblemente atormentado.

—Me disculpo por el malentendido. Su rostro era, estrictamente hablando, el motivo de la foto.

—Eso sonó como si le sacaran una muela.

—Un molar.

Ella borró la foto, vació la papelera mientras él miraba y retiró la que ya estaba en el chat de Tess con un rápido *ignora eso, larga historia*. Luego se alejó con la espalda recta, bautizándolo en privado como *el narcisista del baño*.

Julian esperó a que la puerta se cerrara.

—Dilo, Marcus.

—Son tus hermanos. —Marcus bajó la voz—. Esta mañana presentaron el proyecto Calder ante la junta como si fuera suyo. Además, han estado preguntando a qué dedicas tus días.

La diversión desapareció del rostro de Julian.

—Entonces diles lo de siempre. Bebo, salgo de fiesta, soy una decepción. Que nadie se entere del estudio.

—Entendido.

***

La tía Celeste llamó esa noche, con la voz suave de preocupación.

—Cariño, por favor, vuelve a casa. Tus padres necesitan hablar contigo, y no quiero que lo enfrentes sola.

La casa de los Hartwell aún olía a los lirios de su abuela. La mujer que había encontrado a una niña pequeña y abandonada y la había criado, la que había construido el grupo hotelero habitación por habitación, ya no estaba, y su presencia todavía flotaba en el pasillo. En la sala, los padres de Sienna estaban sentados uno al lado del otro, y junto a ellos, en el sillón, una chica pálida con un cárdigan color crema.

—Ella es Brielle —dijo su padre, deslizando sobre la mesa un informe doblado—. Nuestra hija biológica. Los resultados son concluyentes.

Sienna lo leyó dos veces.

—Me están diciendo que no soy su hija.

—Te estamos diciendo los hechos —dijo su madre—. Brielle necesita tu habitación.

—La abuela pintó esa habitación. Y un informe puede estar equivocado. Quiero que se repita la prueba.

—No lo compliques —dijo su padre—. Puedes quedarte en la habitación de invitados hasta que encuentres otro lugar. No somos monstruos.

*Invitados.* Sienna oyó lo que había cambiado. Le hablaban a una extraña tolerada.

La mano cálida de Celeste se posó en su hombro.

—Por supuesto que debería hacerse revisar. Denle un momento, todos ustedes. Sienna, cariño, te ayudaré en lo que pueda.

—Gracias, tía. —La voz de Sienna era firme y muy baja—. Pero no voy a ser una invitada en la casa de mi abuela.

Al salir se detuvo, como si revisara el teléfono, y fotografió el informe, el membrete del laboratorio y la página de la firma. Se las envió a Tess con una sola línea: *Encuéntrame un laboratorio independiente. Con discreción.*

Preston abrió la puerta en mangas de camisa y le leyó el rostro de inmediato.

—Me enteré —dijo, y la atrajo hacia él.

Había pensado mantener la compostura. En cambio, se permitió llorar contra su hombro mientras él le acariciaba el cabello y decía que eso era una tontería, que las pruebas de sangre podían fallar, que nada había cambiado entre ellos.

—El compromiso sigue en pie —dijo—. Pase lo que pase, no me voy a ir a ninguna parte.

Sienna cerró los ojos y dejó que el alivio la inundara. Fuera lo que fuese lo que el día se había llevado, al menos una persona seguía de su lado.

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