LOGINSin embargo, una debilidad imperiosa se apoderó de ella sorpresivamente. —Sandy… —susurró Kat, dando un paso atrás, en busca de Sandy para pedirle sus medicamentos que olvidó tomar esa mañana. Sin embargo, antes de que pudiera completar la frase, unas luces negras le nublaron la vista. El piso pareció girar bajo sus pies y Kat palideció drásticamente, tambaleándose y llevándose una mano a la cabeza. Sebastián reaccionó con la rapidez de un felino. Soltó el tablero y la tomó entre sus brazos antes de que colapsara contra el suelo, estrechándola contra su pecho con un pánico atroz. —¡Kiki! ¡Kiki, mírame! ¿Qué tienes? ¿Qué pasa? —exclamó el magnate, con el corazón golpeándole las costillas al sentir el temblor de su cuerpo. Desde el pasillo de la cocina, Sandy apareció corriendo al escuchar el alboroto, con el rostro lleno de preocupación. —Señorita Kateryn, oh Dios mío… —mencionó la niñera mientras salía con urgencia—. ¡Sus medicinas no las tomó esta mañana! El pequeño Leo
En medio del la escena que acababa de pasar, Sebastián entró a la casa conteniendo su temperamento. Si de verdad quería recuperar a su Kiki y a su hijo, sabía que debía mantener la calma en todo momento y comenzar a confiar plenamente en la mujer de la que siempre dudó. Se adentró en la sala de estar con paso lento, sosteniendo la gran caja satinada, y notó a su pequeño Leo sentado en la alfombra, jugando una partida de ajedrez con Sandy. Sebastián captó de inmediato la hostilidad pura en la mirada de su pequeño león; odiaba profundamente que su propio hijo lo mirara con ese rechazo. —Hola, soy Sandy, la niñera de Leo —saludó la mujer, levantándose con una reverencia respetuosa al reconocer al imponente magnate de Black Global. —Hola, Sandy… —Sebastián desvió de inmediato sus ojos oscuros hacia el niño—. Pensé que estarías en el colegio a esta hora, campeón. El pequeño no respondió. Sus ojos negros, idénticos a los suyos, perforaban a Sebastián con esa profundidad analítica qu
Estambul amaneció con una fina capa de niebla que se disipaba lentamente sobre las aguas del Bósforo. Sebastián Blackwood apenas había pegado el ojo en toda la noche; el eco de los reclamos de Kat y el descubrimiento de su hijo Leo le habían desmantelado la conciencia. Decidido a reparar el daño, a bajar la cabeza por primera vez en su vida y a recuperar a su verdadera familia, el magnate condujo de regreso hacia la propiedad. Solo que esta vez hizo una pequeña parada en una tienda exclusiva de la ciudad: el magnate entró a una juguetería, pensando en qué le podría gustar a su pequeño. Horas más tarde, después de una larga y exhaustiva búsqueda, en el asiento del copiloto descansaba una inmensa caja envuelta en papel satinado: una pista de carreras a escala y un set de autos modificados, el regalo con el que planeaba ganarse la confianza de su pequeño león. Sin embargo, al detenerse a unos metros de la verja principal, Sebastián sintió que la sangre le daba un vuelco de pura hostili
El silencio que siguió a la partida de Leo y Sandy se volvió denso, casi asfixiante. Sebastián permanecía estático en mitad de la estancia, con los puños cerrados y la respiración errática. El shock de ver a su vivo retrato en ese niño seguía enviándole descargas de adrenalina por las venas, pero la furia posesiva de su temperamento Alfa no tardó en recuperar el control. Se giró hacia Kat, acortando la distancia con pasos intimidantes, exigiendo respuestas con una voz ronca que vibraba con resentimiento. —¿Por qué me ocultaste su existencia? —cuestionó Sebastián, sus ojos oscuros inyectados en una tormenta de rabia y desconcierto—. ¡Me has robado años de su vida! Me has quitado un tiempo valioso a su lado que jamás voy a recuperar. ¡Esta no era una decisión que te correspondía tomar solo a ti! Tenía todo el maldito derecho del mundo a saber que teníamos un hijo. Kat escuchó cada uno de sus violentos reclamos sin inmutarse, manteniendo la espalda recta como una coraza, aunque por d
ESTAMBUL. La ciudad los había recibido con una calma engañosa. Kateryn estacionó el vehículo frente a su nueva casa de arquitectura otomana con vista al Bósforo, respirando el aire salino que entraba por la ventana. Venía de recoger al pequeño Leo de su primer día en la escuela; el niño, emocionado y parloteando algunas palabras en un idioma que apenas empezaba a comprender, bajó del auto corriendo y subió de inmediato a su habitación para dejar su mochila. Kat sonrió levemente, pero al entrar a la cocina, una súbita oleada de náuseas la obligó a apoyarse en la barra de mármol. Se llevó una mano al vientre, acariciando su vientre un segundo, notando los primeros cambios físicos que comenzaban a transformar su cuerpo. A unos cuantos metros de allí, un auto de lujo se detuvo frente a la verja de la propiedad. Sebastián Blackwood bajó del vehículo sintiéndose extrañamente nervioso. Por primera vez en su vida de magnate implacable, la duda lo paralizaba. Mientras caminaba por el sen
Con el pánico y la furia perforándole las entrañas tras las revelaciones del detective Estrada, Sebastián no se detuvo. Subió a su auto y manejó a toda velocidad de regreso a la microempresa de Sara. Cruzó el vestíbulo como un torbellino gélido, apartando a los empleados con una mirada letal, hasta irrumpir en el despacho de la socia de Kat. —¡Dime qué es lo que sabes de su accidente! —exigió Sebastián, plantándose frente a su escritorio. Su voz no era un ruego; era una orden cargada de una vibración peligrosa—. ¡Habla, Sara! La paciencia se me terminó. Sara se levantó despacio, sosteniéndole la mirada con una frialdad implacable que pretendía no doblegarse ante el imponente tamaño del magnate. —¿Quieres saber la verdad, Blackwood? —soltó Sara de forma directa y cortante—. Fue Valeria. Tu flamante prometida organizó todo. Ella saboteó el auto de Kateryn. Sebastián retrocedió un paso, guardando un segundo de silencio. La duda cruzó por sus pupilas oscuras, incapaz de asimilar q







