FAZER LOGIN
A R I A N A
Estaba sentada en el consultorio del médico, tamborileando nerviosamente los dedos contra mi muslo. La habitación estaba demasiado silenciosa, demasiado fría, y yo estaba completamente tensa.
Las paredes blancas y el olor a antiséptico me revolvían el estómago. Llevaba allí lo que parecían horas, esperando a que la doctora Bennett regresara con mis resultados.
¿Y si algo estaba mal conmigo? Últimamente me sentía extraña. Tenía muchas náuseas matutinas y un cansancio constante que empezaba a preocuparme.
Así que finalmente había decidido hacerme un chequeo.
La puerta se abrió con un leve chirrido y la doctora Bennett entró con una pequeña sonrisa en el rostro.
Mi corazón latía tan fuerte que estaba segura de que podía escucharlo.
—Ariana —dijo mientras se sentaba frente a mí—. Ya tenemos tus resultados.
Contuve la respiración.
—Estás embarazada.
Las palabras me golpearon como una ola.
Embarazada.
¿Estoy embarazada?
Un bebé.
¿El bebé de Angelo y mío? Después de tantos años intentándolo… ¿por fin iba a tener un bebé?
Mis manos volaron hacia mi vientre mientras las lágrimas me ardían en los ojos.
—¿De verdad? —mi voz apenas fue un susurro.
La doctora Bennett asintió.
—Sí. Tienes aproximadamente seis semanas de embarazo. Todo parece estar perfectamente bien.
No podía dejar de sonreír mientras una lágrima resbalaba por mi mejilla.
Un bebé.
Después de todo este tiempo, después de tantos meses de esperanza, finalmente estaba sucediendo.
Angelo iba a ser padre.
Solo podía imaginar lo feliz que estaría. Tanto como yo… aunque, si era posible, seguramente él estaría todavía más feliz.
—Muchas gracias —dije, levantándome emocionada.
Salí del hospital soltando el aire que ni siquiera sabía que estaba conteniendo.
Angelo había estado… distante últimamente. Desde que había recibido ese ascenso en el trabajo, vivía enterrado entre documentos, reuniones nocturnas y estrés.
Apenas tenía tiempo para mí y aquello empezaba a dolerme. Aunque yo había sido la razón detrás de su ascenso, me dolía no recibir toda su atención como antes.
Pero quizá, solo quizá, un bebé conseguiría que volviera a mí… a nosotros.
Esa noche era nuestro cuarto aniversario. Había planeado todo a la perfección.
Una cena en La Rosa, el restaurante más exclusivo de la ciudad.
El restaurante que pertenecía a mis padres.
El lugar donde finalmente le diría la verdad a Angelo.
La verdad que había estado ocultando durante años.
Yo no era simplemente Ariana Lopez, la chica sencilla de la que se enamoró en la universidad.
Era Ariana Melendez.
La heredera de la fortuna Melendez.
Mi familia era dueña de la mitad de los hoteles y restaurantes de la ciudad, además de varias empresas tecnológicas. Pero lo había ocultado todo porque quería que Angelo me amara por quien yo era, no por mi apellido ni por mi dinero.
Pero ahora… ahora había llegado el momento.
Esa noche le contaría a Angelo dos cosas que cambiarían nuestras vidas:
Íbamos a tener un bebé.
Yo era una Melendez.
Solo le pedía a Dios que no me odiara por haberle mentido.
De verdad lo deseaba.
El sonido de mi teléfono me sacó de mis pensamientos.
Lo saqué del bolso y el nombre que aparecía en la pantalla llamó inmediatamente mi atención.
Era Bella, mi mejor amiga.
—¡Hey! ¿Dónde has estado? Llevo intentando comunicarme contigo…
La interrumpí antes de que pudiera comenzar con sus reclamos.
—Estoy embarazada —anuncié, llevándome una mano a la boca.
Se quedó en silencio.
Durante casi un minuto.
Hasta que finalmente gritó:
—¡¿Qué?! ¡¿Qué has dicho?!
Asentí, como si pudiera verme a través del teléfono, con lágrimas en los ojos.
—¡Sí! Voy a tener un bebé… Angelo y yo finalmente vamos a ser padres —añadí.
—¡WOW! ¡Felicidades! Estoy tan feliz por ti. ¡Dios mío, voy a ser madrina! —gritó emocionada.
—Está bien, Bella. Te llamaré después, ¿sí? Tengo algo que atender —dije cuando recibí la llamada del restaurante que había reservado.
Llamaban para confirmar los platos que prepararían para la cena. Después de terminar la llamada, me dirigí a casa para arreglarme.
—
Me encontraba frente al espejo, en la entrada del restaurante, alisando mi vestido rojo.
Se ajustaba perfectamente a mis curvas. La tela suave rozaba mi piel, mientras mi cabello oscuro caía en ondas sueltas por mi espalda. Mi maquillaje era ligero, pero hacía que mi rostro tuviera un brillo especial.
Perfecto.
La mesa en La Rosa estaba reservada. Le había dado instrucciones estrictas al chef: los platos favoritos de Angelo y el vino más caro.
Y al final de la noche, cuando llegara el momento indicado, le entregaría una pequeña caja.
¿Dentro?
Un pequeño body de bebé que decía:
“Hola, papá”.
Y entonces… entonces se lo contaría todo.
Mi teléfono vibró.
Era un mensaje de Angelo.
“Voy a llegar tarde. Cosas del trabajo. Estaré allí pronto.”
Suspiré.
Por supuesto.
Últimamente siempre era el trabajo.
Pero esa noche no permitiría que nada arruinara nuestro aniversario.
Solté el aire lentamente y me dirigí hacia la mesa.
—Señora Melendez, ¿desea algo? —preguntó el camarero con una sonrisa cortés.
Negué con la cabeza mientras miraba la hora.
Ya había pasado una hora y Angelo todavía no aparecía.
Había intentado llamarlo varias veces, pero su teléfono estaba fuera de servicio. También le había enviado innumerables mensajes preguntándole dónde estaba, pero no había respondido a ninguno.
Empezaba a preocuparme.
¿Estaría bien?
¿Le habría ocurrido algo?
Solté un suspiro y tomé mi teléfono. Decidí llamar a Marcus, mi asistente personal, para preguntarle si Angelo había salido de la oficina.
—¿Hola?
—¿Sí, jefa?
—¿Angelo ya salió de la oficina? —pregunté, cada vez más preocupada.
—Sí. Se fue a las cinco de la tarde —respondió.
Sentí que el corazón se me hundía.
Angelo se había ido tan temprano y, aun así, me había dicho que estaba trabajando y que llegaría tarde.
¿Por qué me mentiría?
Definitivamente algo no estaba bien.
—¿Estás seguro? —pregunté, frunciendo el ceño.
—Sí, señora Melendez… lo vi registrar su salida —confirmó.
—Está bien. Muchas gracias —dije antes de terminar la llamada.
Miré la hora.
Ya eran las once de la noche y Angelo todavía no había aparecido.
Las lágrimas se acumularon en mis ojos mientras sentía que cada pedazo de mi corazón se hacía añicos.
Había arruinado la noche que tanto me había esforzado por preparar.
Más le valía a Angelo tener una muy buena razón para haber arruinado nuestra cena de aniversario.
POV DE ARIANAUn año después…El sol calentaba mi rostro mientras el jardín bullía de ruido, del bueno. Del que hacen la risa, los pies corriendo y los gritos felices de los niños pequeños.Observaba a mis hijos corretear por todas partes.Asher, Leo y las gemelas perseguían una pelota azul brillante. Las gemelas estaban celebrando su quinto cumpleaños.Un poco más allá, Isabella intentaba enseñarle a Sofía a jugar a la rayuela en las piedras del patio que había dibujado con tiza. Sofía, con sus cinco años, se lo tomaba muy en serio, con su pequeña lengua asomando por la concentración.Mi mano descansaba sobre la curva dura y redonda de mi vientre. La barriga ya se notaba grande, otro niño… lo descubrimos la semana pasada.Y no puedo creer que haya pasado un año, un año entero desde que la tormenta terminó.Mi padre, que se había escapado de la cárcel, fue la clave. Lo atraparon cuando intentaba huir del país, y cuando la policía lo interrogó, empezó a hablar.Habló de un trato con An
POV DE ARIANAMi teléfono vibró sobre la mesita de noche en la habitación de invitados de Marcus. La pantalla iluminó la oscuridad y fruncí el ceño, preguntándome quién sería.Me acerqué y mis ojos cayeron sobre el identificador de llamadas. Mi corazón dio un vuelco doloroso y loco. Una parte de mí quería estrellar el teléfono contra la pared.Otra parte quería agarrarlo y no soltarlo jamás.Lo tomé.Mi dedo se quedó suspendido sobre el botón de respuesta. Respiré hondo, temblorosa, deslicé para contestar y no dije nada.—¿Ariana? —su voz llegó al otro lado.No era la voz fría y plana de mi oficina.Era su voz, la de mi Dante, quebrada, ronca y llena de dolor.—¿Qué quieres? —pregunté, y mi propia voz sonó pequeña y fría.—Yo… necesito hablar contigo, por favor. Marcus me dijo… me dijo que lo sabes.—¿Saber qué? —espeté, y la ira volvió, caliente y rápida—. ¿Que me mentiste durante semanas? ¿Que tienes otra familia entera viviendo en nuestra casa? ¿O que tú y tu sobrino enfermo y tu e
POV DE DANTELlevo horas sentado en mi escritorio, intentando trabajar, pero nada parece funcionar.Solo he estado mirando la pared, mirando a la nada, con la mente convertida en un ruido blanco y vacío. Si me permito pensar, me romperé.Así que no pienso.Solo estoy sentado.La puerta de mi oficina se abrió de golpe, estrellándose contra la pared.Levanté la vista y mis ojos se encontraron con los de Marcus. Estaba de pie, con los ojos llenos de irritación y decepción.Caminó directo hacia mi escritorio y golpeó ambas manos contra la superficie.—¿Cómo te atreves? —gruñó, con voz baja y temblorosa—. ¿Cómo te atreves a hacerle eso a ella?Sabía a quién se refería.Ariana.Mi corazón, que parecía una piedra fría en el pecho, dio un latido doloroso, pero aparté la sensación.Me recosté en la silla, tratando de mantener el rostro impasible.—No sé de qué hablas, Marcus, y este no es un buen momento.—¡No me mientas! —gritó—. ¡No te sientes ahí a hacerte el distante conmigo! La vi, pasé t
A R I A N A—Siéntate. Te traigo agua. ¿O té? ¿Algo más fuerte?—Agua, por favor —susurré, con la garganta irritada de tanto llorar.Como prometió, Marcus me recogió y me trajo a su casa.Volvió con un vaso y se sentó en la silla frente a mí, inclinándose hacia delante con los codos apoyados en las rodillas.—Ahora, empieza por el principio. Cuéntamelo todo.Y lo hice. Le hablé de la llegada de Melissa, de la discusión en el jardín, de cómo Dante se puso de su lado. De la soledad aplastante. Luego, de cómo Angelo reveló la verdad: que Melissa era la exesposa de Dante, que Leo era su hijo.—Fui al apartamento de Angelo porque estaba desesperada… no tenía adónde ir después de lo que pasó en la oficina de Dante. Pensé que podría quedarme allí esa noche, hasta que pudiera resolver las cosas, y que tal vez él podría ayudarme —dije, y di un trago grande de agua—. Pero no estaba solo en casa. Ella estaba allí. Melissa.Los ojos de Marcus se abrieron de par en par.—¿En casa de Angelo?—Sí. Y
A R I A N AMis piernas se movieron solas, un paso atrás y luego otro, mientras intentaba controlar la respiración para que no me oyeran.Había ido al apartamento de Angelo buscando consuelo, igual que la otra vez que habíamos peleado.Después de lo que pasó en la oficina, no tenía a dónde ir, así que llegué hasta aquí.Verlos a los dos juntos me partió el corazón, me heló la sangre. No podía ser.La voz de Angelo sonaba suave, aprobatoria.Todo esto era parte de su plan… ¿qué tan estúpida podía ser?—Te dije que podía manejarlo. Dante y yo… tenemos historia.La voz de Melissa.Escuché cada maldita palabra.El plan.Las mentiras.La manipulación.Los papeles del divorcio, una «jugada maestra». Los niños, una crueldad que decidió porque simplemente no le importaba.Quería ver a Dante destrozado.Tropecé hacia atrás y mi cadera chocó contra una mesita auxiliar; un florero se tambaleó, pero lo sujeté a tiempo, con los dedos torpes, y logré que quedara en su lugar con un tintineo suave.¿
M E L I S S ASonreí cuando la puerta hizo clic al abrirse. Ni siquiera me molesté en girarme; sabía quién era. Angelo se acercó por detrás.Se le veía… satisfecho. Apoyó las manos en mis hombros.—Hiciste un trabajo excelente —dijo, con la voz como un rumor grave en la habitación en silencio—. De verdad. Tengo que admitir que no creía que pudieras hacer que todo pareciera tan… posible en tan poco tiempo.Me permití una sonrisa tensa y pequeña en el reflejo del cristal.—Te dije que podía manejarlo. Dante y yo… tenemos historia, y tú lo sabes. Lo conozco mejor que nadie. Sé lo que lo hace sentir culpable, lo que lo aterra, lo que lo bloquea. —Me giré hacia él, recostándome contra el vidrio frío—. Conozco cada uno de sus botones. Solo tuve que presionarlos en el orden correcto.Los ojos de Angelo brillaban con admiración mientras alargaba la mano, tomaba mi copa de vino y daba un sorbo.—Los papeles del divorcio fueron un golpe maestro. Entregárselos así, tan fría y clínica. Casi me lo







