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last update Data de publicação: 2026-08-11 04:09:48

A R I A N A

Salí del restaurante sola, con el corazón hecho un nudo mientras pensaba en mil razones por las que Angelo no había aparecido y por qué me había mentido.

Lo llamé doce veces.

No respondió.

¿Qué podía haber detrás de su ausencia? Había planeado tantas cosas para nosotros ese día y él lo había arruinado todo.

Tomé un taxi de regreso a casa, con el estómago revuelto.

El bebé… nuestro bebé… seguía siendo un secreto. Me había hecho tanta ilusión contárselo.

Ahora, en cambio, solo sentía náuseas.

Bajé del taxi con las piernas débiles. La emoción había dado paso al dolor, la rabia y un pequeño atisbo de preocupación.

El apartamento estaba oscuro cuando entré.

Y silencioso.

Demasiado silencioso.

Entonces lo vi.

Una prenda de ropa en el suelo.

Un sujetador negro de encaje.

No era mío.

Sentí que el corazón se me detenía.

Yo no usaba encaje negro. Nunca lo había hecho.

Me temblaron las manos cuando me agaché para recogerlo.

La tela era suave, de una calidad costosa.

Familiar.

Era de Bella.

Recordaba haberle comprado aquel conjunto por su cumpleaños.

Pero ¿qué demonios hacía aquí?

El estómago se me revolvió.

No.

No, no, no.

Solté el sujetador como si me hubiera quemado. Sentía el pecho tan oprimido que apenas podía respirar.

No podía ser lo que estaba pensando.

No podía…

Angelo jamás me haría algo así.

Quizá estaba intentando gastarme una broma.

Entonces…

Un sonido.

Un gemido.

Provenía de nuestro dormitorio.

Mis piernas comenzaron a moverse antes de que mi mente pudiera procesarlo.

Cada paso se sentía como si avanzara entre barro. El pulso me retumbaba en los oídos.

La puerta estaba ligeramente abierta.

Los sonidos eran cada vez más fuertes.

Jadeos.

Gemidos.

Incluso el crujido de la cama.

Empujé la puerta.

Y entonces…

Los vi.

Angelo estaba desnudo sobre Bella.

Ella tenía las piernas alrededor de él, sus uñas clavándose en su espalda mientras él cubría su cuello de besos.

—¡Joder! Así es, cariño… ¿te gusta? —gimió Angelo, moviéndose contra ella con mayor intensidad.

—¡Sí! ¡Me voy a correr! —gritó ella.

—Hazlo por mí, cariño…

Mi mundo se hizo añicos.

Todo se detuvo.

El aire abandonó mis pulmones y mis rodillas cedieron. Tuve que aferrarme al marco de la puerta para no caer.

Ni siquiera se habían dado cuenta de que estaba allí.

Estaban demasiado perdidos el uno en el otro.

Angelo gemía el nombre de Bella mientras la tomaba con más intensidad sobre nuestra cama matrimonial…

Parecía una pesadilla.

No tenía sentido.

Le rogué a Dios que aquello fuera solo una horrible pesadilla, una de esas de las que despiertas y luego intentas olvidar.

Angelo me amaba.

Jamás me engañaría con nadie.

Y mucho menos con mi mejor amiga.

Bella era más que una amiga.

Era como una hermana.

Ella jamás se acostaría con mi marido.

No podía ser.

Pero ojalá los deseos pudieran convertirse en realidad.

Y fue entonces cuando me quebré.

Un sollozo desgarrador escapó de mi garganta.

Los dos se quedaron paralizados.

Angelo levantó la cabeza de golpe.

Sus ojos, abiertos de par en par por el pánico, se encontraron con los míos.

—Ariana…

Bella salió apresuradamente de la cama y tomó las sábanas para cubrirse.

—Dios mío…

Yo no podía hablar.

No podía moverme.

Si lo hacía, me desplomaría.

Lo único que podía hacer era quedarme allí, mirando cómo mi corazón yacía hecho pedazos a mis pies.

Angelo se levantó de un salto y se puso los pantalones.

—Ariana, no es lo que parece…

Solté una risa rota, vacía.

¿No era lo que parecía?

Estaba con mi mejor amiga.

En nuestra cama.

¡En nuestro ANIVERSARIO!

Me di la vuelta y salí corriendo.

—¡Ariana, espera!

No me detuve.

No podía.

Sentía que cada pedazo de mi corazón se había hecho añicos.

Apenas llegué al baño antes de caer de rodillas y vomitar. Las lágrimas corrían por mi rostro mientras todo mi cuerpo temblaba.

Estaba embarazada.

Y mi marido era un infiel.

Y mi mejor amiga era una traidora.

No sabía qué dolía más.

Lo único que sabía era…

Que mi vida se había acabado.

Pasé casi una hora encerrada en el baño antes de decidir salir y hacer las maletas.

Me iba.

Si tan solo hubiera escuchado a mis padres…

Quizá entonces no habría terminado con el corazón destrozado por un maldito infiel.

Un hombre por el que lo había dejado todo.

Y esto era lo que recibía a cambio.

¿Bella?

Ni siquiera podía asimilar que hubiera sido mi mejor amiga.

¿Cómo había podido hacerme algo así?

Cuando salí del baño, encontré a Angelo caminando de un lado a otro.

—Aria…

—¡No! —lo advertí, apartándome antes de que pudiera tocarme.

Había perdido ese derecho.

—Solo escúchame —dijo.

Pero lo ignoré y fui directamente por mi maleta.

La encontré y abrí la cremallera.

Mientras recogía mi ropa y la metía dentro, las lágrimas seguían cayendo por mis mejillas.

Me sentía patética.

Él me agarró de la muñeca.

—¡Detente y escúchame! —rugió.

Sentí que el corazón me daba un vuelco.

Nunca había usado ese tono conmigo.

Me asustó.

—¿Qué quieres que escuche? —escupí, mirándolo con desprecio—. ¿Que me engañaste con mi mejor amiga en nuestro aniversario de bodas? ¿Cómo pudiste, Angelo? ¡Confié en ti! ¡Te amé, cuidé de ti e hice todo por ti! ¿Y qué recibí a cambio?

—¿Todo por mí? ¿Qué hiciste tú, Ariana? ¿Eh? Porque, la última vez que lo comprobé, estás viviendo a costa mía… ¿qué has aportado tú alguna vez? ¿Eh? ¿Qué?

Su tono burlón me dejó helada.

Lo miré en estado de shock.

¿Qué le pasaba a Angelo?

Mi Angelo jamás me habría hablado así.

Era como si de repente se hubiera convertido en otra persona.

Una persona completamente diferente.

—¿Quieres que te diga qué? —continuó con desprecio—. ¡Nada! Absolutamente nada. Llevo años contigo y lo único que he querido es tener un hijo, pero ni siquiera tu útero dañado puede darme eso.

Sus palabras atravesaron mi corazón como una flecha.

Mis labios temblaron mientras lo miraba, incapaz de creer lo que acababa de decir.

—Angelo…

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Último capítulo

  • La Venganza de la Heredera   EPÍLOGO

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  • La Venganza de la Heredera   120

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  • La Venganza de la Heredera   119

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  • La Venganza de la Heredera   118

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  • La Venganza de la Heredera   117

    A R I A N AMis piernas se movieron solas, un paso atrás y luego otro, mientras intentaba controlar la respiración para que no me oyeran.Había ido al apartamento de Angelo buscando consuelo, igual que la otra vez que habíamos peleado.Después de lo que pasó en la oficina, no tenía a dónde ir, así que llegué hasta aquí.Verlos a los dos juntos me partió el corazón, me heló la sangre. No podía ser.La voz de Angelo sonaba suave, aprobatoria.Todo esto era parte de su plan… ¿qué tan estúpida podía ser?—Te dije que podía manejarlo. Dante y yo… tenemos historia.La voz de Melissa.Escuché cada maldita palabra.El plan.Las mentiras.La manipulación.Los papeles del divorcio, una «jugada maestra». Los niños, una crueldad que decidió porque simplemente no le importaba.Quería ver a Dante destrozado.Tropecé hacia atrás y mi cadera chocó contra una mesita auxiliar; un florero se tambaleó, pero lo sujeté a tiempo, con los dedos torpes, y logré que quedara en su lugar con un tintineo suave.¿

  • La Venganza de la Heredera   116

    M E L I S S ASonreí cuando la puerta hizo clic al abrirse. Ni siquiera me molesté en girarme; sabía quién era. Angelo se acercó por detrás.Se le veía… satisfecho. Apoyó las manos en mis hombros.—Hiciste un trabajo excelente —dijo, con la voz como un rumor grave en la habitación en silencio—. De verdad. Tengo que admitir que no creía que pudieras hacer que todo pareciera tan… posible en tan poco tiempo.Me permití una sonrisa tensa y pequeña en el reflejo del cristal.—Te dije que podía manejarlo. Dante y yo… tenemos historia, y tú lo sabes. Lo conozco mejor que nadie. Sé lo que lo hace sentir culpable, lo que lo aterra, lo que lo bloquea. —Me giré hacia él, recostándome contra el vidrio frío—. Conozco cada uno de sus botones. Solo tuve que presionarlos en el orden correcto.Los ojos de Angelo brillaban con admiración mientras alargaba la mano, tomaba mi copa de vino y daba un sorbo.—Los papeles del divorcio fueron un golpe maestro. Entregárselos así, tan fría y clínica. Casi me lo

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