INICIAR SESIÓNLa decisión no llegó de golpe.
Llegó de la manera en que llegan las cosas que uno lleva tiempo sabiendo sin haberse dado permiso para saberlas: despacio, y luego de pronto, y con la certeza tranquila de quien entiende que ya no tiene sentido seguir esperando el momento perfecto porque el momento perfecto no existe y este sirve exactamente igual.
Era miércoles. Valentina estaba en su habitación doblando ropa, que era una actividad
Le agarró el borde de la camiseta y tiró hacia arriba. Él levantó los brazos. La tela se le enganchó un segundo en la cabeza, le dejó el pelo revuelto, y ella se lo apartó de la frente con los dedos. Tenía el pecho plateado por la luna y una cicatriz pequeña bajo las costillas que nunca le había preguntado. Pasó el pulgar por encima. Bajo su palma, el corazón de Sebastián latía desbocado, mucho más de lo que su cara dejaba adivinar.Se acercó y le besó el centro del pecho, justo ahí. Piel tibia, salada, con un rastro de colonia. Él inspiró hondo y le hundió los dedos en el pelo.Sus manos buscaron el borde de la sudadera. Se detuvieron.—¿Puedo?Valentina le sostuvo la mirada y asintió una vez.La sudadera subió despacio. El aire de la ventana le erizó el vientre, los br
Valentina tragó. Se le había cerrado la garganta por dentro, sin ruido, igual que cuando llegaba la factura de la clínica. Sintió que se le humedecían los ojos y dejó que pasara. No pensaba limpiarse. Que viera lo que costaba.—No quiero que sea un trabajo para ti —dijo.—No lo es.—No quiero que me conviertas en algo que hay que arreglar. Me has arreglado ya demasiado. —Se enderezó—. Anoche pensé que lo mejor era irme esta misma mañana, sin hablar. Hoy pienso que tampoco quiero eso.Sebastián se quedó quieto. Valentina vio cómo le cambiaba la respiración, vio el músculo de la mandíbula saltar y volver a su sitio.—Necesito tiempo —dijo ella—. No para decidir si me voy. Necesito tiempo para saber si lo que siento es real o si soy la protagonista de la historia de Mariana que finalmente encont
Sebastián regresó a su sillón. El cuadro quedó torcido en la pared, torcido de verdad, y a Valentina le molestó más de lo razonable. Lo miró un rato. Nadie lo enderezó.—¿No vas a mirarlo? —preguntó él.—Después.—Está todo.—No te lo pregunté.Bajó la vista a la carpeta. Pasó el pulgar por el borde del cartón, donde alguien había escrito con lápiz algo que ya no se leía. Cuando habló, lo hizo bajo y sin prisa, con la voz que usaba para cerrar la caja del día.—Me elegiste porque era útil. No porque me vieras.Había preparado la frase durante la noche para decirla con más filo. Salió sin ninguno, y se le quebró un poco en la palabra útil. Se mordió la mejilla.Sebastián no se movi&oacut
Contrato se levantó. Estiró primero las patas delanteras, después las traseras, con la parsimonia del que va a hacer algo que lleva rato pensando, cruzó la alfombra con el rabo bajo y se metió debajo del sofá. Se le veía solo el hocico y un ojo, fijo.—Hasta el perro sabe que esta vez no hay arbitraje posible.—dijo Valentina mirándolo.—Le gusta el sofá —dijo Sebastián, con la voz de un hombre que se agarra a lo que hay.—No te hagas el gracioso.—No lo hago. Estoy aterrado.Ella soltó el aire por la nariz y se pasó la lengua por el interior de la mejilla, justo donde ya había una carne más fina. La luz de las siete y media entraba oblicua por la ventana y le caía a él en media cara, y a ella le dio por pensar en la cantidad de veces que había visto esa cara a esa hora, con la taza en la mano, co
El teléfono vibró sobre la mesa auxiliar. Santiago, seguro, por la hora y por esa manera de insistir que tenía. Sebastián estiró el brazo sin mirar la pantalla, lo apagó y lo dejó boca abajo.—¿Era importante? —dijo Valentina.—Menos que esto.—Bien. Continúa.Sebastián se echó hacia atrás en el sillón. Miró la alfombra, no a ella, y habló como se lee un informe que uno habría preferido no escribir.—Rodrigo lleva dieciséis años contando una versión de aquello en la que tu padre es el culpable. El que firmó, el que vació las cuentas, el que se fue dejando a otros socios con el agua al cuello. La contó en las cenas adecuadas, a la gente adecuada, hasta que dejó de ser una versión y se volvió un hecho. Hoy medio sector la da por cierta.&mdas
Contrato soltó un ronquido largo y se giró panza arriba. Valentina lo miró a él, luego a Sebastián, y tuvo la impresión de que hasta el perro esperaba la respuesta.—Antes dime otra cosa —dijo ella—. ¿Santiago sabía?—Parte.—Llámalo.—Son las once y cuarto.—Llámalo.Sebastián sacó el teléfono, marcó y dejó el altavoz sobre la otomana, junto a la oreja del perro. Sonó cuatro veces.—Más vale que sea una emergencia —dijo Santiago, con la voz de quien no dormía pero no pensaba admitirlo—, y que sea de las buenas.—Soy yo —dijo Valentina—. ¿Tú sabías lo de mi padre?Un silencio largo, de esos en los que se oye al otro lado un mueble crujir y alguien incorporándose.—Sabía par







