FAZER LOGINValentina Cruz, de veinticuatro años, nunca tuvo tiempo para enamorarse. Desde hace seis años administra la cafetería familiar mientras lucha por pagar el tratamiento cardíaco de su madre, mantener la beca de su hermana y sobrevivir a unas deudas que no dejan de crecer. Virgen por elección, siempre creyó que el amor podía esperar. La necesidad, no. Hasta que una noche se cuela en la gala de Ruiz Capital buscando un cheque que podría salvar el tratamiento de su madre… y termina chocando con Sebastián Ruiz. CEO implacable, viudo y veintidós años mayor que ella, Sebastián necesita una esposa para proteger su posición dentro de la empresa. Valentina necesita su dinero y cobertura médica. La solución parece sencilla: un matrimonio de seis meses. Sin amor. Sin hijos. Sin sentimientos. Pero hay algo que Valentina no sabe: el contrato matrimonial ya estaba preparado antes de que ambos se conocieran. Y contiene su segundo nombre, un secreto que solo conocen su madre y su hermana. Sebastián no la encontró por casualidad. La eligió. Cuando la atracción rompe todas las reglas y Valentina le entrega su primera vez creyendo que, al menos, él ha sido sincero, descubre el diario de la esposa fallecida de Sebastián. Entonces comprende que su matrimonio nació de un secreto mucho más oscuro de lo que imaginaba. ¿La eligió porque la deseaba… o por una promesa hecha a una mujer muerta? Ahora Valentina deberá decidir qué duele más: descubrir que fue utilizada o admitir que se ha enamorado del único hombre capaz de hacerla sentir verdaderamente deseada. Y Sebastián descubrirá demasiado tarde que el dinero puede comprar un matrimonio, pero jamás puede comprar el perdón de la mujer que ama.
Ver maisValentina Ríos tenía una regla de vida muy sencilla: no colarse en eventos de gente rica. Le había funcionado durante veintisiete años. Hasta esta noche.
El cheque de cobertura médica de su madre era la única razón por la que estaba aquí, parada frente a la puerta de servicio del Ruiz Capital Tower, con un radio de producción colgando de la cadera y un vestido prestado que le apretaba exactamente donde no debería. Su jefa de producción le había pasado el acceso de staff con una sola condición: discreción total. Lo que su jefa no había calculado era que a Valentina se le había extraviado el sobre en uno de los salones de preparación, que el lunes era en tres días, y que sin ese cheque, su mamá perdía la cobertura del tratamiento antes de que terminara el mes.
Así que era esto o nada.
Respiró, se ajustó el auricular y empujó la puerta.
Por dentro, la gala de Ruiz Capital era el tipo de evento que la gente fotografiaba para subir a redes con el caption "Una noche especial", aunque lo que se sentía ahí adentro era el peso específico del dinero: en el mármol del piso, en el perfume de los invitados, en la forma en que los camareros sostenían las copas como si cargaran algo sagrado. Trescientas personas distribuidas entre mesas de cristal y luz filtrada, todas con el aspecto de quienes nunca se habían preguntado si llegarían a fin de mes.
Valentina cruzó el pasillo lateral con la cabeza gacha y el paso firme. El sobre estaba en el salón de producción del tercer piso, lo había visto antes de que todo se complicara. Solo tenía que subir, tomarlo y salir antes de que alguien le preguntara algo.
El problema con los planes sencillos es que siempre hay una puerta de más.
La empujó sin verificar el letrero. Adentro no había ningún salón de producción. Había dos hombres.
Uno de ellos era Rodrigo Sotomayor, a quien Valentina reconoció vagamente de alguna portada de revista económica. El otro era un hombre que no necesitaba portadas porque tenía la clase de presencia que convierte cualquier habitación en la habitación donde él está. Alto, traje oscuro, una copa en la mano que ni siquiera había tocado. Los ojos de ese hombre se clavaron en ella con una calma que le resultó más incómoda que un grito.
La conversación se cortó en seco.
Valentina calculó sus opciones en aproximadamente medio segundo: salir corriendo hacia la puerta de emergencia, fingir que era invisible, o decir algo. Eligió lo tercero porque las otras dos opciones le parecieron peores.
—Perdón —sonrió con una convicción que no sentía—. Buscaba recursos humanos, y por lo visto mi sentido de la orientación decidió tomárseme la noche libre.
Rodrigo Sotomayor la miró como si acabara de aparecer de otra dimensión. El otro hombre no la miró así. El otro hombre inclinó levemente la cabeza, como si estuviera procesando algo, y luego habló con una voz completamente neutral.
—Recursos humanos no opera en eventos.
—Lo sé —respondió Valentina—. Gracias. Me retiro.
Y salió.
El pasillo estaba vacío y silencioso, y Valentina caminó hacia los ascensores con el corazón en la garganta y la certeza de que acababa de arruinarlo todo. Si su jefa se enteraba de que había entrado a una sala privada durante una conversación que claramente no era para oídos ajenos, le daba la noche libre de manera permanente.
Subió al tercer piso. El sobre estaba exactamente donde lo había dejado, debajo de una carpeta de producción sobre la mesa lateral. Lo tomó, lo dobló y lo metió en el bolsillo interior del blazer, y luego se permitió exactamente tres segundos de alivio antes de volver a bajar.
Fue en el pasillo del segundo piso donde lo encontró.
Él había llegado antes que ella. Estaba apoyado contra la pared con los brazos cruzados y la copa que, comprobó Valentina, seguía sin haber tocado. No la esperaba de una manera amenazante. La esperaba de la manera en que esperan las personas acostumbradas a que el mundo se acomode a su ritmo.
—Encontró lo que buscaba —dijo él. No era una pregunta.
Valentina bajó la vista hacia el bolsillo donde guardaba el sobre. Era obvio.
—No sé de qué me habla.
—El cheque de cobertura del seguro médico de Ruiz Capital —dijo él con la misma calma de antes—. Emitido a nombre de María Teresa Ríos. Caducaba el lunes si no era presentado antes del viernes.
El pasillo se hizo más pequeño.
—Soy más simpático cuando no estoy resolviendo una crisis de cheques perdidos —añadió, y Valentina habría jurado que casi había una sonrisa en eso, aunque no llegó del todo a la superficie—. Sebastián Ruiz.
Ella ya lo sabía. Lo había sabido desde el momento en que entró a esa sala, solo que su cerebro había optado por no procesarlo de inmediato porque procesarlo de inmediato habría sido demasiado.
—Valentina Ríos —dijo, porque no había nada más razonable que decir.
—Lo sé. —Él se separó de la pared y dio un paso hacia ella, no suficiente para invadir su espacio, solo suficiente para que la distancia entre ambos dejara de ser anónima—. Necesito pedirle algo.
—No tengo nada que ofrecerle —respondió ella con más rapidez de la que pretendía.
—Al contrario. —Sacó el teléfono del bolsillo interior del saco, leyó algo en la pantalla y lo volvió a guardar—. Tiene exactamente lo que necesito. Y yo tengo exactamente lo que usted necesita. El cheque ya está liberado, por cierto. Puede presentarlo el lunes sin problema.
Valentina abrió la boca. La cerró.
—¿Qué quiere?
Sebastián Ruiz no respondió de inmediato. En cambio, extendió la mano hacia la puerta que daba al salón principal y esperó. Era una invitación y también, de alguna manera, algo que no admitía demasiado margen de negativa.
Ella entró primero. Él puso la mano en su espalda para guiarla entre la gente, un gesto perfectamente correcto en términos sociales que sin embargo duró un segundo más de lo estrictamente necesario, ese segundo en que la mano de un hombre deja de ser cortesía y empieza a ser otra cosa que ninguno de los dos nombra.
Valentina sintió ese segundo con una claridad que le molestó.
Lo que ocurrió después fue lo más extraño de una noche que ya había sido suficientemente extraña. Sebastián Ruiz tomó una copa de champán de la bandeja más cercana, esperó a que el presentador terminara de hablar, y luego pidió la palabra con la naturalidad de quien pide algo que ya sabe que se le va a conceder.
Trescientas personas se giraron.
—Quiero aprovechar esta noche —dijo Sebastián Ruiz con esa voz que llenaba el espacio sin esfuerzo— para presentarles a quien me acompañará de manera oficial durante los próximos seis meses.
Y la miró a ella. Solo a ella.
Valentina no recordó después cómo se veía su propia cara en ese momento. Sí recordó el murmullo que recorrió el salón como una corriente, el destello de los teléfonos levantándose, la copa de champán que alguien le puso en la mano sin que ella lo pidiera. Recordó que sonrió porque era lo único que podía hacer delante de trescientas personas que ya la estaban fotografiando, y que Sebastián Ruiz no apartó los ojos de ella en ningún momento, como si estuviera verificando algo.
El resto de la noche fue una sucesión de presentaciones que Valentina no procesó del todo. Nombres, saludos, manos que estrechó sin saber de quién eran. En algún momento Sebastián le dijo al oído que podía irse cuando quisiera, y ella se fue sin preguntar nada porque no era capaz de formular una sola pregunta coherente.
Llegó a su apartamento pasada la medianoche. Se quitó el vestido prestado, hirvió agua para el té que no bebió, y se sentó en el borde de la cama con el sobre del cheque todavía en el blazer.
El sobre que él había liberado antes de que ella aceptara nada.
Su teléfono vibró. Un mensaje de un número desconocido, sin texto, solo un archivo adjunto. Lo abrió.
Era un contrato. Ocho páginas, lenguaje legal, cláusulas numeradas. En la última página había una firma. La suya no estaba, pero la de él sí, con fecha de esa tarde, horas antes de que se conocieran en ese pasillo.
Valentina leyó el encabezado tres veces para asegurarse de que no estaba malinterpretando nada.
No lo estaba.
Él sabía que ella iba a estar ahí. Lo había planeado todo, incluido el sobre perdido, incluida la puerta de servicio, incluido el momento en que ella entraría sin querer a esa sala. Sebastián Ruiz la había elegido antes de verla, y ella había caminado hacia él pensando que era su propia decisión.
Valentina dejó el teléfono boca abajo sobre la cama y miró el techo durante un buen rato.
Luego lo volvió a tomar y empezó a leer el contrato desde el principio.
El juez tenía cara de haber celebrado trescientas bodas esa semana y no estar convencido de ninguna. Leyó la fórmula civil con la misma entonación con que hubiera leído las instrucciones de un electrodoméstico, mirando los papeles, sin levantar la vista una sola vez hacia los contrayentes. Valentina firmó donde le indicaron. Sebastián firmó donde le indicaron. Camila lloró desde el momento en que cruzaron la puerta del registro civil, con la intensidad de alguien que ha estado esperando esa emoción desde los ocho años. Santiago la miró a ella, luego al matrimonio que se estaba celebrando frente a él, luego de nuevo a Camila, sin encontrar ninguna explicación satisfactoria para lo que estaba viendo.El proceso completo duró doce minutos.El juez les estrechó la mano sin mirarlos, les deseó lo mejor con el tono de quien desea buen viaje a un desconocido en el aeropuerto, y llamó a la siguiente pareja.Valentina salió del edificio pensando que había tardado más en elegir qué ponerse esa
Valentina llegó con la lista impresa. Una hoja A4 con cuatro puntos enumerados, el tipo de documento que uno lleva a una reunión cuando quiere dejar claro que llegó preparado y que no va a negociar de memoria. La secretaria la hizo pasar al mismo estudio de la vez anterior, y Valentina eligió, esta vez, sentarse. Cruzó las piernas, apoyó la carpeta sobre el muslo y decidió que si Sebastián Villanueva iba a hacerla esperar, por lo menos iba a encontrarla cómoda.La hizo esperar exactamente cuatro minutos. Valentina los contó. No porque le molestaran, sino porque contarlos era mejor que pensar en lo que iba a firmar cuando terminaran.Él entró con una carpeta bajo el brazo y una camisa idéntica a la del martes, aunque esta vez sin ninguna mancha en el cuello. Afuera, en el jardín que ella había visto desde la ventana la primera vez, alguien estaba podando en silencio. Valentina notó que lo notaba, lo de la camisa. Decidió no seguir por ese camino.—Valentina.—Sebastián. —Usó su nombre
La mansión era exactamente lo que Valentina había imaginado: demasiado grande para una sola persona y diseñada para que todos los que entraran lo supieran. Mármol blanco en el piso, silencio climatizado, y esa temperatura artificial de los lugares donde nadie tiende a sudar porque nadie tiene razones para estar nervioso, excepto ella.La asistente que la había conducido hasta el estudio desapareció con una eficiencia casi quirúrgica, y Valentina quedó parada frente a un escritorio que costaba probablemente más que el alquiler de seis meses del departamento donde vivía con su madre. No se sentó. Prefirió quedarse de pie cerca de la ventana, con vista al jardín, intentando convencerse de que esto era solo una reunión. Una revisión de términos. Nada que no pudiera manejarse con la cabeza fría y la mandíbula apretada.Lo oyó entrar antes de verlo.Sebastián Villanueva no anunciaba su presencia con ruido. Era más bien la ausencia de algo: un cambio en el peso del aire, como cuando se cierr
La hoja número cuatro era, sin duda, la peor.Valentina la había leído siete veces desde que se sentó en la mesa del fondo de su cafetería, con el café ya frío y el contrato abierto como si fuera un acta de rendición que nadie había firmado todavía porque no quedaba claro a quién le tocaba perder. La cifra de la cláusula tres la había hecho parpadear la primera vez. La cuarta cláusula la había hecho reconsiderar su comprensión del castellano. Y la séptima era, básicamente, una forma muy cara de escribir la palabra "obediencia".Detrás de la barra, el cuadro del gato con sombrero la miraba desde su posición habitual. Valentina lo miró de vuelta.—Deja de juzgarme —murmuró.El gato no respondió, que era su única virtud como interlocutor.La puerta de la cafetería se abrió con la fuerza específica que hacía siempre que era Camila Torres quien la empujaba.—Dame ese —dijo antes de sentarse, con la misma urgencia de quien rescata algo de manos inexpertas.Tomó el contrato. Se sentó. Lo ley












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