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La casa de cristal
La casa de cristal
Autor: Giulian Hoks

Capítulo 1: El Ángulo Muerto

Autor: Giulian Hoks
last update Data de publicação: 2026-05-04 09:27:09

El hierro de la puerta principal estaba tan frío que quemaba.

Clara ajustó el agarre de su maletín de cuero y levantó la vista. Allí estaba. En las revistas de arquitectura la llamaban “La Obra Maestra Olvidada”, pero de cerca, la mansión parecía más un animal acechando entre la maleza que un triunfo del diseño moderno. Era una estructura de vidrio templado y acero negro que se alzaba sobre un acantilado, desafiando las leyes de la gravedad y, aparentemente, de la lógica.

—Es... imponente —susurró Clara para sí misma. El sonido de su propia voz fue devorado por el denso silencio del bosque que rodeaba la propiedad.

Sacó la llave que le habían enviado por mensajería. Era un anacronismo: una llave de hierro pesado para una casa que parecía venir del futuro. Al girarla, el mecanismo no chirrió; se deslizó con un siseo hidráulico casi imperceptible. La puerta se abrió hacia un vacío de luz y reflejos.

Al cruzar el umbral, Clara sintió que el mundo exterior dejaba de existir. Las paredes no eran de piedra, sino de paneles de cristal traslúcido que filtraban la luz de la tarde en tonos grises y azulados. El Gran Salón se extendía frente a ella, una estancia de techos altísimos donde el eco de sus pasos sobre el mármol negro sonaba como disparos.

Había algo perturbador en la transparencia de la casa. En teoría, el vidrio debería ofrecer claridad, pero aquí solo generaba confusión. Las superficies pulidas devolvían su imagen desde ángulos imposibles. Por un segundo, Clara creyó ver su propia espalda caminando hacia una habitación contigua, una distorsión óptica que la hizo detenerse en seco, con el corazón martilleando contra sus costillas.

—¿Hola? —llamó—. ¿Señor Valerius?

Nadie respondió. Se suponía que Gabriel, el heredero y único cliente, la recibiría a las cuatro. Eran las cuatro y cinco. Clara, una mujer que medía su vida en ángulos rectos y planos precisos, sintió una punzada de irritación que servía para enmascarar su nerviosismo.

Decidió no quedarse quieta. Dejó su bolso sobre una mesa de cristal y sacó su libreta. Como arquitecta, su primer instinto fue buscar las grietas, los fallos, el paso del tiempo. Pero la casa estaba perfecta, casi sospechosamente intacta para haber estado cerrada por décadas.

Caminó hacia el ala este, siguiendo la línea de un pasillo que parecía estrecharse sutilmente. Al final, encontró un estudio con un escritorio de ébano que parecía absorber la luz. Sobre la madera pulida, descansaba un objeto que no figuraba en el inventario: un sobre de papel crema con su nombre escrito en una caligrafía impecable, casi agresiva.

Dentro no había una nota de bienvenida. Había una fotografía vieja, de bordes amarillentos.

En la imagen, una mujer de espaldas miraba por uno de los ventanales de la casa. Llevaba el mismo tipo de recogido en el cabello que Clara usaba ese día, y un vestido de seda oscuro que recordaba extrañamente al que ella guardaba en su maleta. En el reverso, una sola frase escrita a mano:

“Has tardado demasiado en volver a casa, Clara”.

Un escalofrío le recorrió la columna. Ella jamás había estado en esa propiedad. Nunca había visto a los Valerius. El pánico empezó a ganar terreno, pero una voz profunda y aterciopelada la ancló al suelo.

—Las proporciones de esta habitación son engañosas, ¿no cree?

Clara dio un salto, dejando caer la fotografía. En el umbral del estudio, sin que sus pasos hubieran hecho el menor ruido sobre el mármol, estaba él.

Era más joven de lo que esperaba, quizás de unos treinta y tantos años. Vestía un traje oscuro que parecía hecho a medida por alguien que entendía tanto de moda como de armaduras. Su rostro era de una belleza severa, de ángulos marcados, y sus ojos eran de un gris tan pálido que casi se confundían con el vidrio de las paredes.

—Señor Valerius —dijo ella, tratando de recuperar el aire—. Me ha asustado. No lo oí entrar.

Gabriel dio un paso hacia adelante, invadiendo su espacio personal con una confianza depredadora. Se agachó con elegancia, recogió la fotografía y se la tendió. Sus dedos rozaron los de Clara al entregarla; estaban gélidos, como si el hombre estuviera hecho del mismo material que la casa.

—Lamento el retraso —dijo él, y una sonrisa mínima, casi imperceptible, curvó sus labios—. Estaba observándola desde el piso superior. Quería ver si la casa la aceptaba o si intentaba expulsarla.

—¿Y bien? —preguntó Clara, intentando recuperar su fachada profesional a pesar del temblor en sus manos.

Gabriel inclinó la cabeza, estudiándola como si fuera un plano que necesitaba ser corregido, una estructura que él ya conocía de memoria.

—La casa dice que encaja perfectamente, Clara. Como si siempre hubiera habido un hueco con su forma exacta en estas paredes. Ahora, si me acompaña, le mostraré su habitación. He tomado la libertad de decorarla yo mismo.

Mientras él se daba la vuelta para guiarla, Clara miró de nuevo la fotografía en su mano. La mujer de la imagen parecía haber dado un paso más hacia el cristal. Fue solo un juego de luces, se dijo a sí misma.

Pero en la Casa de Cristal, la lógica era la primera víctima.

 

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