FAZER LOGINLas puertas del ascensor se cerraron con un suave zumbido, dejando un silencio espeso en el pasillo. Sebastián permaneció allí un instante más, inmóvil, con la mirada fija en las puertas metálicas, como si esperara que se volvieran a abrir.
No sabía exactamente qué había estado esperando. ¿Una sonrisa? ¿Una palabra amable? ¿Algún gesto que le diera a entender que Gemma no lo detestaba por completo?
Bufó por lo bajo y se pasó una mano por la nuca.
Estupendo comienzo. Aquello no había ido para nada como esperaba… ¿A quién intentaba engañar? Sabía que aquello resultaría precisamente así. Al menos, ella no había fingido que él no existía en esta ocasión. Era la primera vez en mucho tiempo que Gemma le dirigía la palabra, ese ya debái de ser un avance.
Con algo de suerte, habría otra oportunidad para mejorar las cosas. Tal vez, si lograban hablar con calma, podrían empezar a llevarse… al menos, de forma civilizada.
Se giró sobre los talones y caminó hacia la otra ala del edificio, donde se encontraba su laboratorio, aún afectado por el encuentro. Usualmente, lo evitaba o fingía no verlo. Había lidiado con todo tipo de personas a lo largo de su vida, pero Gemma era la única con la capacidad de descolocarlo por completo.
Soltó una larga exhalación.
Era un hombre de ciencia. Razonable. Metódico. Le gustaban los datos, no las conjeturas emocionales. Debería ser capaz de seguir adelante, de dejar a Gemma atrás. Pero bastaba una sola mirada para quedar atrapado de nuevo. Incluso cuando ella lo miraba como si quisiera borrarlo del mapa.
Y lo peor de todo: sin que él entendiera por qué.
—¡Maldición!
Todo había comenzado hacía algunos años, poco después de que por fin se atreviera a dar un paso. A intentar algo con ella, en lugar de limitarse a observarla desde la distancia. Aquella noche, mientras la besaba, todo se había sentido casi mágico… hasta que los interrumpieron. La había dejado a solas por unos minutos y, al volver, ella ya se había marchado. Después, cuando intentó contactarla, Gemma dejó en claro que no quería volver a saber de él.
Aún se preguntaba qué había salido mal. Si acaso se había excedido, si la había presionado demasiado… o si simplemente ella se arrepintió de haberse dejado llevar.
Pero cada vez que recordaba aquel beso… le resultaba imposible creer que ella no hubiera sentido el mismo deseo y anhelo que él. No cuando lo había sentido tan claramente en la forma en que le respondía, en la tensión de su cuerpo, en la forma en que se aferró a él como si el mundo a su alrededor no existiera.
Entonces… ¿cuándo se torció todo?
Debería haber exigido respuestas, en lugar de darle tiempo, hasta que fue demasiado tarde. Era hora de descubrir si aún había alguna oportunidad con ella o si, finalmente, debía dejarla atrás. Aunque eso último no era tan fácil de hacer como sonaba. Y sí que lo había intentado.
Cuando entró a su laboratorio, lo recibió el olor familiar a desinfectante.
Su compañera de trabajo levantó la mirada de los papeles y le dedicó una sonrisa.
—¿Cómo fue la reunión? —preguntó.
—Bastante bien —mintió.
Ginevra no necesitaba saber que Gemma lo odiaba.
Ella se puso de pie y se acercó con una taza en la mano.
—Te conseguí café hace poco, así que aún está caliente.
—Gracias, eres muy amable.
Ginevra le sonrió de nuevo y se acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja. Era rubia, alta y hermosa. Lo había visto más de una vez: hombres girándose a mirarla en los pasillos. Pero no era solo su apariencia. Era amable, brillante, eficiente. Y, aun así, Sebastián nunca había sentido con ella ni una fracción de lo que sentía cuando estaba cerca de Gemma.
—Será mejor que empiece a trabajar. Tengo muchos pendientes.
Sebastián se dirigió a su área y se sentó frente a la computadora. Le dio un sorbo a su café —agradecido por la amargura— y comenzó a revisar los documentos del proyecto. Tenía listo el borrador del cronograma con las fechas de entrega establecidas. Lo envió al correo institucional de Gemma y, acto seguido, le escribió un mensaje de texto. Era la primera vez que usaba su número personal desde que lo había conseguido… de formas bastante cuestionables.
Sebastián: “Revisa tu correo. Acabo de enviarte la propuesta del cronograma.”
Esperó unos minutos una respuesta, pero no llegó. El mensaje figuraba como leído. Aun así, nada.
Sebastián: “Te espero en mi oficina al final del día para que podamos hacer cualquier ajuste y discutir otros asuntos.”
Después de enviarlo, dejó el celular a un lado y se sumergió en el trabajo. Un par de horas más tarde, recibió un correo:
Revisé el cronograma. Te envío algunos de los cambios que me gustaría hacer. Si no todos son viables, intentaré mover mis citas, aunque no puedo prometer nada.
Hoy no podré reunirme contigo, ya tengo otro compromiso.Sebastian no pudo evitar preguntarse qué tipo de compromiso tenía. ¿Una cita? ¿Con quién? Apretó la mandíbula y sus manos se cerraron en puños.
—¿Vas a quedarte hasta tarde? —preguntó Ginevra más tarde, asomando la cabeza por la puerta.
—No —respondió con calma, sin apartar la vista del monitor—. Hoy no.
—¿Quieres ir a tomar algo?
—Está bien.
***
El bar al que fueron era discreto, con luces tenues y música suave, a unas cuadras del instituto.
Sebastian pidió un whisky. Necesitaba algo fuerte.
—¿Quieres hablar de eso? —preguntó ella, removiendo su gin tonic con un gesto pausado.
Él la miró, ladeando apenas la cabeza.
—¿Hablar de qué?
—No lo sé... —respondió con una sonrisa—. Tienes esa cara. Como si hubieras leído un estudio que contradice tu teoría favorita.
Sebastián esbozó una sonrisa fugaz y bajó la mirada hacia su vaso.
—Solo estoy cansado —dijo.
—¿Cansado o frustrado?
No respondió.
—Deberías estar dando saltos —continuó ella—. Lograste que aprobaran tu proyecto y pronto comenzarás la ejecución. Eso es algo por lo que celebrar. —Levantó su copa—. Vamos, brindemos por tu logro.
Él alzó su vaso, brindó y bebió un sorbo largo. Le ardió la garganta, pero al menos el silencio volvió a su cabeza. Porque lo único en lo que podía pensar era dónde estaba Gemma y con quién.
Una hora más tarde, y con algunas copas de más en el cuerpo, Sebastián despidió a Ginevra con un taxi y luego contrató un servicio de conductores. Pero en lugar de darle la dirección de su departamento, le dio la de Gemma. No tenía un plan claro. Solo quería comprobar si ella estaba allí. Nada más.
Cuando el auto se detuvo frente al edificio, bajó del auto, le pagó al conductor y murmuró un gracias. Sabía que no debía estar allí. Era una mala idea, lo bastante impulsiva como para avergonzarse al día siguiente. Había actuado con cautela durante años, observando desde lejos, solo tenía que hacerlo por un poco más hasta que pudieran hablar. Pero el alcohol había anulado lo poco que quedaba de su sentido común.
Se detuvo frente a la puerta del edificio. ¿Y si ella no estaba? ¿Y si lo estaba… con alguien más?
¿Qué carajo estaba haciendo?
—Joder —maldijo al tropezar, pero continuó caminando.
Se acercó al guardia de seguridad.
—Estoy aquí para ver a Gemma Vitale —dijo y milagrosamente no arrastró las palabras.
Gemma observó a su esposo desde la puerta, con los brazos cruzados sobre el pecho y la cabeza apoyada en el marco de madera. Él estaba demasiado absorto observando a su hijo que no se había dado cuenta que ella ya llevaba un rato allí.—Él está bien —susurró, haciendo notar su presencia.—Lo sé… pero pasarán unos días antes de que se me pase el susto.Gemma sonrió. El pequeño Giovanni había contraído gripe y, entre la irritabilidad y la fiebre, los últimos días habían sido agotadores. Mientras estaba en casa, Sebastian no se había separado de él: lo mecía en brazos cada vez que lloraba y le hablaba en voz baja para tranquilizarlo. Y cuando debía ir al trabajo, la preocupación lo consumía, temeroso de que algo sucediera en su ausencia y no poder actuar de inmediato.—Vamos a descansar. Lo necesitas, apenas has dormido en las últimas dos noches.Sebastian inclinó la cabeza y depositó un beso en la frente de Giovanni antes de acercarse a ella. La tomó por la cintura y se inclinó para besa
Gemma estaba recostada en la cama, exhausta, pero con una sonrisa que nada podría borrar en los labios. Su pequeño —aunque con casi cuatro kilos no era precisamente tan pequeño— había nacido aquella mañana, irrumpiendo en el mundo con un llanto poderoso que llenó la sala de partos.La habitación permanecía en penumbra, iluminada apenas por la lámpara junto al sillón donde Sebastián estaba sentado con su hijo en brazos y la mirada fija en él. Apenas lo había soltado en todo el día, y siempre a regañadientes. Era como si temiera que alguien pudiera arrebatárselo.El silencio era tan profundo que solo se escuchaba la respiración acompasada del recién nacido.—No puedo creer que sea real —murmuró Sebastián, con la voz cargada de asombro.Desde la cama, Gemma lo observó con los ojos brillantes de emoción. Sebastián había estado increíble, no solo durante el embarazo —y eso que a veces había sido complicado, como la noche en que lo obligó a salir de la cama por un antojo caprichoso—, sino ta
Gemma soltó un gemido, suave y contenido. Sebastian levantó la mirada sin dejar de masajearle las piernas. —Eso se siente muy bien —susurró ella, con la voz impregnada de placer.Él no se detuvo; al contrario, continuó con lentitud calculada, complacido de cada estremecimiento que arrancaba de su cuerpo. Habían pasado la tarde paseando por la playa, caminando descalzos sobre la arena húmeda hasta que el sol empezó a descender. Más tarde, compartieron un baño entre risas, besos robados y caricias que prometían más.En ese momento, Gemma estaba recostada en una de las perezosas de la terraza, con la cabeza apoyada en el respaldo y los ojos entrecerrados. Sebastian se había acomodado a los pies de su esposa, sentado con las piernas colgando a ambos lados del mueble. Desde allí tenía acceso perfecto para masajearla y, por qué negarlo, también apreciarla muy bien. , Sus manos firmes recorrieron las pantorrillas de Gemma y sonrió al sentirla estremecerse bajo su tacto. La posición lo obl
Gemma miró el horizonte con una sonrisa serena. El sol descendía lentamente, bañando el lugar con destellos anaranjados que poco a poco se iban apagando. Había sido un día particularmente único: cálido y radiante.—Es un atardecer hermoso, ¿no lo crees? —le preguntó a su bebé, acariciando su vientre. A sus cinco meses ya se le notaba un poco, aunque el vestido de novia hacía parecer más pequeño de lo que realmente era—. Tu papá eligió el día perfecto para casarnos. —Sonrió con complicidad—. No hay nada que él haga mal ¿verdad?… pero no se lo vamos a decir, porque no dejaría de presumirlo nunca y ya es demasiado engreído.—¿Qué hacen ustedes aquí? —murmuró Sebastian, rodeándola con los brazos y dejando descansar las manos sobre su vientre. Luego apoyó la nariz en su hombro, respirando el aroma de su piel—. Parpadeé solo un instante y cuando me di cuenta ya no estabas a mi lado —se quejó él como un niño pequeño.Gemma rio.—Nuestro hijo y yo estábamos disfrutando de la puesta de sol —re
Sebastian sacudió la cabeza apenas su primo Vincenzo terminó de hablar. Lo habían contratado para presentar el caso de Gemma en contra de Ginevra. Vincenzo era uno de los mejores abogados que conocía; en los últimos años había ganado un prestigio notable y su reputación de tiburón en los tribunales no era gratuita. Precisamente por eso lo quería allí: para asegurarse de que Ginevra terminara tras las rejas el mayor tiempo posible.—No voy a dejar que Gemma se acerque a ella. ¿Quién demonios sabe lo que está tramando esta vez? —gruñó Sebastian—. Es maldita mujer está loca.—Está encerrada, no es como si pudiera hacer mucho —intervino Gemma con calma.Sebastian la miró con incredulidad.—No me digas que lo estás considerando…—De hecho, sí. Ella pidió hablar conmigo, y tengo demasiada curiosidad por saber qué es lo que quiere decirme. Tal vez solo intenta disculparse conmigo.—Incluso si lo hace, no llegaremos a ningún acuerdo con ella —replicó Sebastian, tajante.Gemma esbozó una sonri
La música llenaba el salón mientras Gemma se dejaba guiar por Sebastian a través de la pista de baile. Una melodía suave llenaba el aire, y a su alrededor, otras parejas disfrutaban del momento, sumergidas en su propio mundo.—Gracias por esto —susurró.Sebastian había organizado una fiesta para celebrar sus cumpleaños, y parecía haber pensado en cada detalle. Sus flores favoritas adornaban el salón, dispuestas con delicadeza en arreglos que llenaban el aire de un aroma sutil y embriagador. En el centro, un imponente candelabro colgaba del techo, sus luces reflejándose en cada superficie y bañando la sala con un brillo cálido. Toda su familia y amigos estaban reunidos allí.—Fue un placer, aunque no fue tan fácil mantenerlo en secreto hasta el final. Eres demasiado persuasiva cuando quieres saber algo —dijo Sebastian, con una sonrisa.Gemma rio, divertida, mientras recordaba sus intentos por hacerle confesar lo que guardaba en silencio.—No puedes actuar raro y esperar que no trate de







