LOGINGemma escribió algunas notas en su libreta mientras su paciente le relataba los eventos de la última semana. Esa semana, por primera vez, había salido sola de casa. Un paso pequeño en apariencia, pero monumental para alguien que, seis meses atrás, apenas podía dormir por el miedo constante. Cuando había llegado por primera vez al consultorio, era una mujer temerosa, sobresaltada incluso por los sonidos más leves. Era comprensible, después de haber pasado meses siendo acosada por su expareja, al punto de sentirse constantemente vigilada.
—Por primera vez en todo el año, no estuve mirando por encima del hombro esperando que alguien me atacara —dijo la joven con un tono sereno—. Y por la noche, cuando me acosté, sonreí. Pensé en lo que había logrado. Sé que no es gran cosa, pero…
Gemma levantó la mirada de sus notas y le dedicó una sonrisa genuina, profesional y cálida a la vez.
—Claro que lo es. Es un avance significativo, y has trabajado muy duro para llegar hasta aquí. No minimices tus logros.
La joven le devolvió la sonrisa, esta vez con algo más de confianza.
—Estuve hablando con el Dr. Greco —añadió— y me comentó que decidió suspender algunos de los medicamentos.
—Sí, me informó sobre eso —asintió Gemma—. Es un paso importante y una buena señal de tu evolución. Me alegra mucho escucharlo.
Hizo una breve pausa, evaluando el momento adecuado para lo que debía decir a continuación.
—Y, considerando cómo estás progresando, creo que podemos empezar a espaciar un poco nuestras sesiones. Me parece adecuado que nos veamos dos veces al mes, al menos por ahora. ¿Cómo te sentirías con eso?
La joven asintió, visiblemente animada.
—Perfecto. Entonces, por hoy hemos terminado. Puedes coordinar tu próxima cita con mi asistente antes de salir.
—Está bien. Muchas gracias, doctora. Hasta la próxima sesión.
—Nos vemos en dos semanas —respondió.
La joven se puso de pie y se dirigió hacia la puerta. Gemma la siguió con la mirada, y una sonrisa suave se dibujó en su rostro. Ya no quedaba mucho de aquella mujer tímida, con los hombros encorvados y la mirada ausente, que había cruzado por primera vez la puerta de su consultorio.
Esa era, sin duda, la parte que más le gustaba de su trabajo. Presenciar el proceso de transformación. Saber que, de algún modo, sus intervenciones contribuían al bienestar de alguien. Aunque aceptaba que no podía salvar a todo el mundo —solo se generaría daño si ese fuera su pensamiento.
Lo primero que aprendió en su carrera fue que, a veces, a pesar de todos los recursos, los esfuerzos y la dedicación, se pierde. Aún recordaba al primer paciente que no pudo ayudar. Su nombre, su historia, y lo que no pudo hacer por él.
Un golpe en la puerta la sacó de sus pensamientos, y pronto un rostro demasiado familiar asomó por el marco. Había logrado evitarlo durante los últimos dos días, pero sabía que no podría hacerlo indefinidamente. Después de todo, tendrían que trabajar juntos durante los próximos meses. Resultaba poco práctico comunicarse únicamente por correos electrónicos y mensajes, aunque —para ser sincera— había considerado seriamente cuán viable sería esa alternativa.
—No era necesario que vinieras hasta aquí. Justo me dirigía a tu departamento —dijo Gemma, incorporándose para ir hacia su escritorio y comenzar a guardar sus cosas.
Había reorganizado toda su agenda para poder enfocarse en el proyecto con Sebastián, así que no tenía más sesiones por ese día.
Él entró en su oficina como si fuera el dueño del lugar. Y, siendo sincera, quizás lo era de alguna forma. Si un día se proclamaba propietario de todo el instituto, dudaba que alguien se atreviera a contradecirlo. Sebastián no solo tenía ese don irritante de conseguir siempre lo que quería, sino que además era uno de los investigadores jóvenes más valiosos del centro. Sus publicaciones habían traído prestigio, fondos y reconocimiento internacional. Podía decir o hacer lo que quisiera y todos lo aplaudirían por ello.
—Por supuesto, ponte cómodo —comentó con tono seco, casi sarcástico—. ¿Te gustaría algo de beber también?
—¿Tienes agua?
—Claro —respondió, haciendo un leve gesto con el mentón hacia la mesita junto a la pared, donde descansaba una jarra y un par de vasos—. Puedes servirte tú mismo. Espero que no sea demasiado trabajo.
Sebastián soltó una carcajada, como si sus comentarios sarcásticos le resultaran de lo más divertido.
—Puedo confiar en que no está envenenado.
—Para nada —dijo con seriedad, sosteniendo su mirada.
—Supongo que no estoy tan sediento como creía.
Gemma no respondió. Bajó la mirada y siguió organizando sus documentos en silencio, estirando deliberadamente cada movimiento. Pero cuando ya no hubo nada más que acomodar, respiró hondo, cuadró los hombros y lo miró con serenidad medida.
—¿Terminaste? —preguntó él, incorporándose.
—Sí.
—Entonces, vamos. Quiero mostrarte el laboratorio y presentarte al resto del equipo.
Gemma rodeó el escritorio y se dirigió hacia la puerta. Sebastián llegó a su lado antes de que pudiera abrirla y, con toda la naturalidad del mundo, la abrió por ella. Luego colocó una mano en su espalda para guiarla fuera de la oficina. Un leve estremecimiento le recorrió la columna, pero actuó como si no lo hubiera notado.
—Si quieres conservar tus manos, deberías tener más cuidado con dónde las pones —dijo sin volverse y, solo cuando él retiró las manos, empezó a caminar.
Pasaron junto al escritorio de su asistente y Gemma le indicó que estaría en el departamento de investigación, y que, si surgía algo, la llamara. La mujer asintió, aunque tenía la mirada fija en Sebastián, como si se tratara de una aparición irreal. Gemma no habría estado sorprendida si su asistente —y mejor amiga— se hubiera desmayado en ese mismo instante. Su, siempre profesional amiga, parecía haberse olvidado de respirar.
—¿Angelina?
Ella parpadeó y se giró hacia Gemma con una sonrisa.
—Llámame si algo sucede —repitió solo por si ella no la había escuchado antes.
—Como ordene, jefa.
Gemma negó con la cabeza y siguió caminando. Podía sentir a Sebastián a su lado; su presencia era imposible de pasar desapercibida.
—Preferiría que no volvieras a venir a mi consultorio —dijo, sin molestarse en ocultar su irritación—. No te quiero aquí distrayendo a mi asistente. Al parecer, las mujeres pierden toda noción de cordura cuando estás cerca.
—Eso no parece aplicarse a ti —replicó él.
Gemma pudo escuchar la sonrisa en su voz.
—Porque soy inmune a tus encantos.
—¿Entonces admites que soy encantador?
—¿Por qué no me sorprende que eso sea lo único que escuchaste?
Gemma no dijo nada más, y Sebastián tampoco insistió. El silencio entre ellos se mantuvo hasta que entraron al ascensor. Entonces, de pronto, Sebastián rompió la quietud:
—¿Qué compromiso tenías? —preguntó sin mirarla—. Hace un par de días, quiero decir.
—No veo cómo eso es de tu incumbencia.
—Solo intento entablar conversación. ¿Entonces? —insistió él
—Cené con mis padres.
—Ah. Por eso pasaste la noche fuera —dijo, con una pausa ambigua—. Quiero decir… supongo que te quedaste a dormir con ellos.
Gemma lo miró de reojo, con el ceño levemente fruncido, intentando descifrar qué demonios estaba parloteando.
Él solo sonrió de lado, sin más.
—Envíales mis saludos la próxima vez que los veas.
Gemma observó a su esposo desde la puerta, con los brazos cruzados sobre el pecho y la cabeza apoyada en el marco de madera. Él estaba demasiado absorto observando a su hijo que no se había dado cuenta que ella ya llevaba un rato allí.—Él está bien —susurró, haciendo notar su presencia.—Lo sé… pero pasarán unos días antes de que se me pase el susto.Gemma sonrió. El pequeño Giovanni había contraído gripe y, entre la irritabilidad y la fiebre, los últimos días habían sido agotadores. Mientras estaba en casa, Sebastian no se había separado de él: lo mecía en brazos cada vez que lloraba y le hablaba en voz baja para tranquilizarlo. Y cuando debía ir al trabajo, la preocupación lo consumía, temeroso de que algo sucediera en su ausencia y no poder actuar de inmediato.—Vamos a descansar. Lo necesitas, apenas has dormido en las últimas dos noches.Sebastian inclinó la cabeza y depositó un beso en la frente de Giovanni antes de acercarse a ella. La tomó por la cintura y se inclinó para besa
Gemma estaba recostada en la cama, exhausta, pero con una sonrisa que nada podría borrar en los labios. Su pequeño —aunque con casi cuatro kilos no era precisamente tan pequeño— había nacido aquella mañana, irrumpiendo en el mundo con un llanto poderoso que llenó la sala de partos.La habitación permanecía en penumbra, iluminada apenas por la lámpara junto al sillón donde Sebastián estaba sentado con su hijo en brazos y la mirada fija en él. Apenas lo había soltado en todo el día, y siempre a regañadientes. Era como si temiera que alguien pudiera arrebatárselo.El silencio era tan profundo que solo se escuchaba la respiración acompasada del recién nacido.—No puedo creer que sea real —murmuró Sebastián, con la voz cargada de asombro.Desde la cama, Gemma lo observó con los ojos brillantes de emoción. Sebastián había estado increíble, no solo durante el embarazo —y eso que a veces había sido complicado, como la noche en que lo obligó a salir de la cama por un antojo caprichoso—, sino ta
Gemma soltó un gemido, suave y contenido. Sebastian levantó la mirada sin dejar de masajearle las piernas. —Eso se siente muy bien —susurró ella, con la voz impregnada de placer.Él no se detuvo; al contrario, continuó con lentitud calculada, complacido de cada estremecimiento que arrancaba de su cuerpo. Habían pasado la tarde paseando por la playa, caminando descalzos sobre la arena húmeda hasta que el sol empezó a descender. Más tarde, compartieron un baño entre risas, besos robados y caricias que prometían más.En ese momento, Gemma estaba recostada en una de las perezosas de la terraza, con la cabeza apoyada en el respaldo y los ojos entrecerrados. Sebastian se había acomodado a los pies de su esposa, sentado con las piernas colgando a ambos lados del mueble. Desde allí tenía acceso perfecto para masajearla y, por qué negarlo, también apreciarla muy bien. , Sus manos firmes recorrieron las pantorrillas de Gemma y sonrió al sentirla estremecerse bajo su tacto. La posición lo obl
Gemma miró el horizonte con una sonrisa serena. El sol descendía lentamente, bañando el lugar con destellos anaranjados que poco a poco se iban apagando. Había sido un día particularmente único: cálido y radiante.—Es un atardecer hermoso, ¿no lo crees? —le preguntó a su bebé, acariciando su vientre. A sus cinco meses ya se le notaba un poco, aunque el vestido de novia hacía parecer más pequeño de lo que realmente era—. Tu papá eligió el día perfecto para casarnos. —Sonrió con complicidad—. No hay nada que él haga mal ¿verdad?… pero no se lo vamos a decir, porque no dejaría de presumirlo nunca y ya es demasiado engreído.—¿Qué hacen ustedes aquí? —murmuró Sebastian, rodeándola con los brazos y dejando descansar las manos sobre su vientre. Luego apoyó la nariz en su hombro, respirando el aroma de su piel—. Parpadeé solo un instante y cuando me di cuenta ya no estabas a mi lado —se quejó él como un niño pequeño.Gemma rio.—Nuestro hijo y yo estábamos disfrutando de la puesta de sol —re
Sebastian sacudió la cabeza apenas su primo Vincenzo terminó de hablar. Lo habían contratado para presentar el caso de Gemma en contra de Ginevra. Vincenzo era uno de los mejores abogados que conocía; en los últimos años había ganado un prestigio notable y su reputación de tiburón en los tribunales no era gratuita. Precisamente por eso lo quería allí: para asegurarse de que Ginevra terminara tras las rejas el mayor tiempo posible.—No voy a dejar que Gemma se acerque a ella. ¿Quién demonios sabe lo que está tramando esta vez? —gruñó Sebastian—. Es maldita mujer está loca.—Está encerrada, no es como si pudiera hacer mucho —intervino Gemma con calma.Sebastian la miró con incredulidad.—No me digas que lo estás considerando…—De hecho, sí. Ella pidió hablar conmigo, y tengo demasiada curiosidad por saber qué es lo que quiere decirme. Tal vez solo intenta disculparse conmigo.—Incluso si lo hace, no llegaremos a ningún acuerdo con ella —replicó Sebastian, tajante.Gemma esbozó una sonri
La música llenaba el salón mientras Gemma se dejaba guiar por Sebastian a través de la pista de baile. Una melodía suave llenaba el aire, y a su alrededor, otras parejas disfrutaban del momento, sumergidas en su propio mundo.—Gracias por esto —susurró.Sebastian había organizado una fiesta para celebrar sus cumpleaños, y parecía haber pensado en cada detalle. Sus flores favoritas adornaban el salón, dispuestas con delicadeza en arreglos que llenaban el aire de un aroma sutil y embriagador. En el centro, un imponente candelabro colgaba del techo, sus luces reflejándose en cada superficie y bañando la sala con un brillo cálido. Toda su familia y amigos estaban reunidos allí.—Fue un placer, aunque no fue tan fácil mantenerlo en secreto hasta el final. Eres demasiado persuasiva cuando quieres saber algo —dijo Sebastian, con una sonrisa.Gemma rio, divertida, mientras recordaba sus intentos por hacerle confesar lo que guardaba en silencio.—No puedes actuar raro y esperar que no trate de







