LOGINÉl es el único hombre capaz de desarmarla con una sola sonrisa. Gemma es brillante, reservada y con más libros que citas en su historial. Nunca se ha dejado llevar por un hombre encantador… excepto una vez. Sebastián Morelli le dio su primer beso y luego la destrozó con unas palabras. Todo en una noche. Desde entonces, lo ha evitado a toda costa. Pero el destino los obliga a trabajar juntos en un proyecto y mantener la distancia ya no es una opción. Ella es la única mujer a la que alguna vez ha notado. Sebastián Morelli no es precisamente un santo, y su historial probablemente lo pondría en más de una lista dudosa. Pero está convencido de que no sabe cuál fue su pecado para que Gemma lo evite como si fuera la misma peste. Ahora solo puede observarla, deseando probar sus labios una vez más. Quizás esta vez tenga una segunda oportunidad. Aunque derribar los muros de Gemma no será fácil, sobre todo cuando cada encuentro entre ellos se convierte en una guerra de opiniones porque parece que nunca pueden estar de acuerdo. Pero cuando el deseo choca con el orgullo, ¿hay realmente distancia suficiente para evitar la colisión entre dos almas que se resisten… y se atraen?
View MoreGemma observó a su esposo desde la puerta, con los brazos cruzados sobre el pecho y la cabeza apoyada en el marco de madera. Él estaba demasiado absorto observando a su hijo que no se había dado cuenta que ella ya llevaba un rato allí.—Él está bien —susurró, haciendo notar su presencia.—Lo sé… pero pasarán unos días antes de que se me pase el susto.Gemma sonrió. El pequeño Giovanni había contraído gripe y, entre la irritabilidad y la fiebre, los últimos días habían sido agotadores. Mientras estaba en casa, Sebastian no se había separado de él: lo mecía en brazos cada vez que lloraba y le hablaba en voz baja para tranquilizarlo. Y cuando debía ir al trabajo, la preocupación lo consumía, temeroso de que algo sucediera en su ausencia y no poder actuar de inmediato.—Vamos a descansar. Lo necesitas, apenas has dormido en las últimas dos noches.Sebastian inclinó la cabeza y depositó un beso en la frente de Giovanni antes de acercarse a ella. La tomó por la cintura y se inclinó para besa
Gemma estaba recostada en la cama, exhausta, pero con una sonrisa que nada podría borrar en los labios. Su pequeño —aunque con casi cuatro kilos no era precisamente tan pequeño— había nacido aquella mañana, irrumpiendo en el mundo con un llanto poderoso que llenó la sala de partos.La habitación permanecía en penumbra, iluminada apenas por la lámpara junto al sillón donde Sebastián estaba sentado con su hijo en brazos y la mirada fija en él. Apenas lo había soltado en todo el día, y siempre a regañadientes. Era como si temiera que alguien pudiera arrebatárselo.El silencio era tan profundo que solo se escuchaba la respiración acompasada del recién nacido.—No puedo creer que sea real —murmuró Sebastián, con la voz cargada de asombro.Desde la cama, Gemma lo observó con los ojos brillantes de emoción. Sebastián había estado increíble, no solo durante el embarazo —y eso que a veces había sido complicado, como la noche en que lo obligó a salir de la cama por un antojo caprichoso—, sino ta
Gemma soltó un gemido, suave y contenido. Sebastian levantó la mirada sin dejar de masajearle las piernas. —Eso se siente muy bien —susurró ella, con la voz impregnada de placer.Él no se detuvo; al contrario, continuó con lentitud calculada, complacido de cada estremecimiento que arrancaba de su cuerpo. Habían pasado la tarde paseando por la playa, caminando descalzos sobre la arena húmeda hasta que el sol empezó a descender. Más tarde, compartieron un baño entre risas, besos robados y caricias que prometían más.En ese momento, Gemma estaba recostada en una de las perezosas de la terraza, con la cabeza apoyada en el respaldo y los ojos entrecerrados. Sebastian se había acomodado a los pies de su esposa, sentado con las piernas colgando a ambos lados del mueble. Desde allí tenía acceso perfecto para masajearla y, por qué negarlo, también apreciarla muy bien. , Sus manos firmes recorrieron las pantorrillas de Gemma y sonrió al sentirla estremecerse bajo su tacto. La posición lo obl
Gemma miró el horizonte con una sonrisa serena. El sol descendía lentamente, bañando el lugar con destellos anaranjados que poco a poco se iban apagando. Había sido un día particularmente único: cálido y radiante.—Es un atardecer hermoso, ¿no lo crees? —le preguntó a su bebé, acariciando su vientre. A sus cinco meses ya se le notaba un poco, aunque el vestido de novia hacía parecer más pequeño de lo que realmente era—. Tu papá eligió el día perfecto para casarnos. —Sonrió con complicidad—. No hay nada que él haga mal ¿verdad?… pero no se lo vamos a decir, porque no dejaría de presumirlo nunca y ya es demasiado engreído.—¿Qué hacen ustedes aquí? —murmuró Sebastian, rodeándola con los brazos y dejando descansar las manos sobre su vientre. Luego apoyó la nariz en su hombro, respirando el aroma de su piel—. Parpadeé solo un instante y cuando me di cuenta ya no estabas a mi lado —se quejó él como un niño pequeño.Gemma rio.—Nuestro hijo y yo estábamos disfrutando de la puesta de sol —re


















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