MasukPOV EmmaLos domingos Sofía viene a cenar.No todos los domingos, a veces cancela con excusas que suenan a verdad y a veces son verdad y a veces no, y yo no pregunto porque estamos en esa etapa donde no presionar es más importante que no mentir. Pero la mayoría de los domingos su auto aparece en la entrada de la casa del lago a las siete de la tarde y ella entra con una botella de vino y esa sonrisa nueva que todavía me cuesta reconocer porque es más chica que la de antes y más torcida y no está diseñada para impresionar a nadie.Hoy es uno de esos domingos.La mesa del comedor tiene ocho lugares puestos porque esta semana vinieron todos: Alejandro en la cabecera que Constanza le cedió hace seis meses cuando decidió que ya había presidido suficientes cenas en su vida y que prefería la silla del lado donde podía observar sin la responsabilidad de dirigir. Ricardo frente a él, sin gomina, sin traje caro, con una camisa que probablemente es la mism
La mañana de la boda llovió durante veinte minutos y luego salió el sol como si Italia hubiera decidido que el drama meteorológico era innecesario cuando el drama humano ya era suficiente.La ceremonia era en el jardín de la casa del lago porque Constanza insistió en que los Vidal se casaban en casa o no se casaban y porque Emma dijo que si tenía que casarse en una iglesia iba a tener un ataque de ironía del que no se recuperaría nadie. Treinta sillas blancas en dos filas frente a un arco de flores que Eleanor supervisó por videollamada desde Hampshire la semana anterior enviando notas detalladas sobre qué tipo de peonías eran aceptables y cuáles eran "vulgares", lo cual eliminó el ochenta por ciento de las opciones de la florista que al final del proceso necesitó terapia.Los invitados eran exclusivamente familia porque Emma y Alejandro habían acordado que la boda era para las personas que habían sobrevivido con ellos y no para las que querían verlos celebrar,
POV EmmaAlejandro me dijo que teníamos que ir a un lugar y que no podía decirme dónde porque era sorpresa y yo le dije que las sorpresas me daban urticaria y que la última vez que alguien me sorprendió fue mi padre metiendo a mi novio en la cena de Navidad sin avisarme y que mi sistema nervioso todavía no se recuperaba de eso.—Confía en mí —dijo abriendo la puerta del auto.—Eso dice la gente justo antes de hacer algo que requiere que confíes en ellos porque bajo circunstancias normales no lo harías.—Emma, sube al auto.Subí porque llevaba meses confiando en este hombre con cosas mucho más grandes que un paseo misterioso y porque la parte de mí que necesitaba controlar todo estaba aprendiendo, despacio y a regañadientes, que a veces soltar era más valiente que agarrar.Manejó durante cuarenta minutos por la ciudad sin decir a dónde íbamos y yo miraba las calles pasar intentando adivinar la ruta porque mi cerebro no podía simplemente apagarse y disfrutar el misterio como haría
La convocatoria llegó un martes a las ocho de la mañana con la formalidad de un documento legal y la brevedad de una mujer que no desperdicia palabras: "Reunión familiar. Sábado. Lago de Como. Asistencia obligatoria. C.V."No decía el motivo. Constanza nunca decía el motivo de antemano porque explicar era dar ventaja y Constanza Vidal no daba ventaja ni a su propia familia.El sábado a las once de la mañana estaban todos sentados en el comedor de la casa del lago que Constanza había elegido como escenario en vez de la terraza porque el comedor tenía mesa de roble y sillas con respaldo alto y esa formalidad de tribunal que ella consideraba apropiada para lo que iba a decir.Alejandro en un extremo con Emma a su derecha. Ricardo al otro extremo, solo, sin Federica, sin gomina, con esa cara nueva de hombre que perdió la arrogancia y todavía no sabe qué poner en su lugar. Los tíos Franco y Renata con sus respectivos cónyuges ocupando los lados como testigos que sabían que su función er
La mansión Ashford en Hampshire olía a pavo, a canela y a la tensión particular de una familia que lleva meses sin estar en la misma habitación y que va a intentar cenar juntos como si eso fuera algo que la gente normal hace sin necesidad de un tratado de paz previo.Eleanor supervisaba la cocina desde su silla en la cabecera del comedor porque a sus ochenta y tres años ya no cocinaba pero seguía dirigiendo con la autoridad de una mujer que podía hacer llorar a un chef profesional con una sola mirada de desaprobación. Dos empleadas se movían a su alrededor con la eficiencia de quienes llevan años obedeciendo sus instrucciones al pie de la letra y que sabían que la frase "está bien así" no existía en el vocabulario de Eleanor Ashford.Emma llegó primero con Mateo porque Mateo insistió en manejar desde Londres y porque Emma necesitaba a alguien en el auto que la distrajera de la tentación de dar la vuelta en cada salida de la autopista. Llegaron a las cuatro de la tarde, dos horas ant
La casa de Hampstead estaba en silencio a las once de la noche, ese silencio particular de las casas grandes cuando los hijos se fueron y lo único que queda son dos personas que llevan décadas juntas y que a veces necesitan el silencio para escucharse mejor que con palabras.Max estaba en su estudio con un whisky que llevaba una hora sin tocar y la mirada perdida en la ventana donde el jardín inglés se adivinaba bajo la luz de una luna que entraba a medias entre las nubes. Anabela entró sin tocar porque llevaban casi treinta años de matrimonio y en ese tiempo la puerta del estudio de Max había dejado de ser una frontera para convertirse en una sugerencia que ella ignoraba cuando lo necesitaba.Se sentó en el sillón frente a él con una taza de té que tampoco iba a tomarse y lo miró con esos ojos que habían visto demasiado en cincuenta y tantos años de vida para andarse con rodeos.—No puedo dormir —dijo.—Yo tampoco.—¿En qué piensas?—En que tenemos dos hijas que se odian y un h







