INICIAR SESIÓNAlejandro Montenegro
El asfalto estaba frío. La lluvia me calaba hasta los huesos, pero no me importaba. Desde el suelo, empapado y con el cuerpo temblando por el esfuerzo, solo podía mirarla. Lisseth. Ella estaba allí, a solo unos pasos de mí. Su pecho subía y bajaba con fuerza, la respiración agitada por el miedo, la furia… o quizá la tristeza. Durante un segundo —uno tan corto y tan largo a la vez— nuestras miradas se encontraron. Y entonces lo vi. Lo supe. El debate en sus ojos. Quería huir. Quería ser libre. Pero algo dentro de ella la frenaba. Tal vez fue la culpa. La vi agacharse. Con las manos temblorosas, recogió la pequeña bolsa de ropa. Su mirada volvió a la mía por un momento. Sus ojos brillaban por la lluvia… o por las lágrimas que no dejaba caer. Y entonces lo hizo. Dio media vuelta y caminó hacia la mansión. No dijo nada. No gritó. Solo caminó de regreso, con pasos lentos, pesados. Como si cada uno le costara la vida. La vi entrar y desaparecer detrás de esa puerta que ambos odiábamos. Y con ella se llevó algo de mí. Tragué saliva. Sentí el sabor del agua mezclado con mi propia rabia. Me arrastré hasta la silla de ruedas. Las manos me dolían, los brazos me ardían. No era fácil mover un cuerpo que ya no respondía como antes. Pero lo hice. Porque tenía que hacerlo. Una vez en la silla, respiré hondo. Me tomé un segundo. No para calmarme. No para pensar. Solo… para no gritar. Mis ruedas crujieron al girar sobre el pavimento mojado. Volví a la mansión. Entré por la misma puerta por la que ella acababa de desaparecer. El silencio del lugar me recibió como un viejo enemigo. Frío. Cortante. Avancé por los pasillos dejando un rastro de agua detrás de mí. El cabello empapado me chorreaba sobre el rostro, pero no me molesté en secarlo. El cuerpo temblaba, pero no era por el frío. Era por ella. Por mí. Por todo lo que esto se estaba volviendo. Mis manos se aferraban con fuerza a los brazos de la silla, y apreté la mandíbula. Quería gritar. Patear algo. Aunque ya no pudiera. Aunque mis piernas fueran solo un recuerdo. Pero no lo hice. Me mantuve en silencio. Frío. Controlado. Era lo que había aprendido a ser desde aquel maldito día. Desde que la silla de ruedas reemplazó mis pasos. Desde aquel accidente que me lo arrebató todo , Mi felicidad , mi dignidad , mis padres . Recuerdo como el mundo se detuvo. El chirrido de los frenos aún me perseguía en mis sueños. Un sonido agudo, desesperado, que cortaba el aire como un grito que nadie podía evitar. Apenas tenía ocho años. Era solo un niño sentado en el asiento trasero, con su cinturón mal puesto y una risa a medio terminar. Recuerdo las voces de mis padres, hablando al frente. El canto suave de mi madre, los dedos de mi padre moviéndose sobre el volante al ritmo de una canción que ya he olvidado. Y luego, todo cambió. Un golpe. Un ruido seco. El crujir del metal. El mundo se volcó en un instante. Los cuerpos de mis padres se estrellaron con fuerza contra el parabrisas. La sangre manchando el vidrio. Los gritos llenando el aire durante una fracción de segundo… y luego vino el silencio. Oscuridad. No recordaba cómo me sacaron del auto. No recuerdo si alguien gritó mi nombre. Solo se que , cuando abrí los ojos, estaba en una cama de hospital, rodeado de paredes blancas que olían a desinfectante y a soledad. No sentía las piernas. Lo supe de inmediato. Las tocaba con mis manos pequeñas, con los dedos temblorosos, pero no hubo respuesta. Nada. Era como si no me pertenecieran . —¿Por qué no puedo moverme? —pregunte una y otra vez. Nadie me respondía con la verdad. Los doctores hablaban en voz baja, como si no quisieran que escuchara. Mis abuelos me acariciaban la cabeza, decían que todo iba a estar bien. Pero sus ojos no mentían. Estaban llenos de pena. De lástima. De algo que no decían en voz alta. Sabía que algo estaba mal. Algo más allá de mis piernas inmóviles. —¿Dónde están mamá y papá? —insistí . El silencio fue más fuerte que cualquier respuesta. La verdad cayó por su propio peso días después. Habían muerto. Los dos. En ese instante. En ese maldito accidente que me había dejado roto por dentro y por fuera. No llore. No al principio. Me quedé mirando el techo blanco, con la garganta seca y los puños apretados. Luego vinieron las noches sin dormir. El llanto ahogado en la almohada. La rabia. Una furia sin dirección. Gritó. Maldiciones. Quise morir. El mundo seguía, pero yo ya no era el mismo. Mi alma, como mis piernas, había quedado atrapada en el accidente. Nada volvió a ser igual. El dolor se volvió parte de mi . Como un golpe seco en el estómago, me vino otra verdad. Una más reciente. Una que no sangraba, pero dolía igual. ¿Por qué me casé con Lisseth? La respuesta era simple. Y cruda. La necesitaba. No por amor. No por ternura. No porque su risa iluminara mis días ni su mirada me diera paz. La necesitaba porque su apellido era la llave. La puerta a lo que siempre había querido: poder. Y su familia lo tenía . El respeto. Y sobre todo… la fortuna . Desde que murió mi padre, mi tío hizo todo para quedarse con el control de lo que me correspondía. Me miraba como si fuera débil, como si estar en una silla de ruedas me hiciera menos hombre, menos capaz. Pero yo aprendí a luchar en silencio. A construir estrategias cuando todos pensaban que ya estaba vencido. Lisseth era parte de eso. Un trato. Su padre ahora estaba enfermo, su herencia ya casi escrita. Y su empresa… un diamante que solo necesitaba las manos correctas. Yo me aseguré de estar en el lugar indicado. Hice lo que tenía que hacer. Jugué el papel. Y me casé con ella. No fue difícil. Lisseth siempre buscó amor, buscó a alguien que la quisiera Y yo… supe cómo fingir que la amaba . Le ofrecí lo que quería escuchar, le di sonrisas a medias y promesas con doble filo. Me siento sucio por eso, no lo voy a negar. Pero en esta vida aprendí que la piedad es un lujo que los débiles se permiten. Yo no podía darme ese lujo. No cuando mi tío seguía respirando en mi nuca, esperando que yo fallara. El matrimonio fue mi jugada más fuerte. Me abrí paso a la mesa donde se toman las decisiones, donde se mueve el dinero, donde se escribe el futuro. Lisseth fue la llave, y yo la usé. Y mientras lo hacía, me convencí de que todo valía la pena. Que el fin justificaba los medios. Que algún día, cuando estuviera en la cima, solo y libre, todo tendría sentido. Pero ahora… ahora no estoy tan seguro. Abrí la puerta de la habitación que compartimos en el primer piso. La madera crujió bajo mi mano, pero no fue el sonido lo que me detuvo. Fue la imagen frente a mí. Lisseth estaba en el suelo. Arrodillada, con los hombros temblando. Las lágrimas caían en silencio por su rostro, resbalando por sus mejillas como si su cuerpo ya no pudiera sostener tanto dolor. Sus ojos estaban enrojecidos, pero no por el cansancio. Era otra cosa. Era algo más profundo. Algo que quemaba desde adentro. Y entonces me vio. Alzó la mirada y me miró como si yo fuera el enemigo más cruel que había pisado su vida. Como si verme de pie ahí fuera otra herida. Otra traición. Yo no dije nada. Me quedé quieto en el marco de la puerta. Podría haber caminado hacia ella. Podría haberme agachado, haber intentado fingir consuelo, pero no lo hice. No me moví. Vi cómo sus manos temblaban sobre su regazo, cómo se abrazaba a sí misma, como si buscara protegerse de algo . Di un paso dentro de la habitación. Cerré la puerta detrás de mí, con calma. No porque no me doliera. Sino porque aprendí a no mostrar lo que siento. Porque mostrarlo es peligroso. Porque cuando lo hice… me destruyeron. —Eres un monstruo —escupió, con una voz que no le conocía. Y esas palabras no eran un insulto. Eran una sentencia. Y fue entonces cuando hablé. Sin alzar la voz. Sin gritar. Solo dejé salir la verdad. La que nadie quería escuchar. —No nací así, Lisseth. Me hicieron. Me construyeron pedazo a pedazo, con mentiras… y silencio. Vi cómo parpadeaba. Cómo esa frase la desarmaba un poco, aunque intentara mantenerse fuerte. —Era un niño —continué—. Y nadie vino por mí. Nadie me salvó. Perdí todo lo que amaba en un solo segundo. Y después… vinieron los años de oscuridad. De indiferencia. De aprender a tragarme las lágrimas para que no me vieran débil. Me enseñaron que el mundo no era un lugar seguro. Me enseñaron a endurecerme… a sobrevivir. Tragué saliva, pero no desvié la mirada. —Así que no, Lisseth. No soy un monstruo por gusto. Soy lo que la vida me obligó a ser. Y tú… tú solo apareciste cuando ya no me quedaba nada bueno dentro. Ella negó con la cabeza, con más dolor que rabia esta vez. Como si aún esperara encontrar algo de luz en mí. Algo que no existía. Yo la miraba y por dentro una parte de mí quería acercarse… pero la otra, la que ha vivido entre sombras, sabía que era demasiado tarde para redimirme. Sabía que entre nosotros ya había una herida que no cerraría. Entonces bajé la mirada, respiré hondo y dejé que saliera lo que llevaba días mordiéndome por dentro. —Tú también estás atrapada, Lisseth. Solo que aún no lo sabes. Ella frunció el ceño. Por un instante, pareció olvidar su dolor para mirarme con verdadera confusión. —¿Qué estás diciendo? No respondí de inmediato. Me acerqué a la ventana de la habitación y aparté apenas un poco la cortina. Mientras observaba la lluvia caer a cántaros . —Hay cosas que no te han contado —dije, con la voz baja, casi en un susurro—. Secretos que tu familia ha guardado . —¿De qué estás hablando, Alejandro? —exigió, levantándose del suelo con torpeza, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano—. ¿Ahora vas a culpar a mi familia de todo esto? Me giré para enfrentarla. Mi mirada se encontró con la suya. Vi su enojo, su confusión, su deseo de entender. Y entonces solté la pregunta. —¿Nunca te preguntaste por qué tu madre murió tan sorpresivamente? Su rostro se congeló. —Fue un accidente… —susurró, como si estuviera repitiendo una verdad aprendida. —Eso es lo que te hicieron creer —murmuré, sin apartar los ojos de los suyos—. Pero en este mundo, Lisseth, nada es tan simple como parece. Ella dio un paso hacia atrás, tambaleante, como si mis palabras hubieran abierto una grieta bajo sus pies……POV: Lisseth LancasterLos primeros días de recuperación en la mansión fueron más difíciles de lo que imaginé. No solo por el dolor físico o por el reposo obligado, sino por esa sensación constante de que alguien me observaba. Era como si no pudiera estar sola, como si unas sombras invisibles me rodearan incluso cuando la habitación estaba vacía.Al principio pensé que eran paranoias mías… secuelas del trauma, del miedo. Pero no. Lo sentía con claridad. Cada vez que me levantaba al baño, cada vez que me quedaba dormida y despertaba de golpe. Ese escalofrío en la nuca… ese silencio extraño. No estaba loca. Había algo.Esa mañana, al levantarme de la cama y cruzar la puerta, lo vi: un pequeño papel en el suelo.Alguien lo había dejado ahí a propósito. Lo supe de inmediato.Me agaché con el corazón acelerado, y al leer su contenido, me paralicé. Una mezcla de rabia, miedo y desesperación me invadió de golpe. Sentí un escalofrío recorrerme la espalda, como si el peligro estuviera más cerc
POV: Alejandro MontenegroAl ver a Lisseth ensangrentada, el pánico me inundó por completo. Fue como si el mundo se detuviera… y al mismo tiempo, colapsara sobre mí. Un dolor indescriptible se posó en mi pecho. Insoportable. Desgarrador. Sentí que me arrancaban el alma con las manos.—¡No! ¡Liss! —grité, cayendo de rodillas a su lado, con las manos temblorosas—. Por favor… por favor no me hagas esto.La tomé en brazos sin pensarlo. Su cuerpo se sentía liviano… demasiado liviano. Como si ya no estuviera ahí del todo. Salí corriendo de la mansión, sin mirar atrás. Ni siquiera esperé al chófer. Le quité las llaves de golpe y la acomodé como pude en el asiento trasero.—Resiste, Liss … resiste —murmuraba mientras me subía al auto, con las manos empapadas de su sangre y los ojos nublados por las lágrimas.Conduje como un loco. Me pasé todos los semáforos, los cruces, los gritos de los conductores. Nada importaba. Solo ella. Solo su vida…. Mi corazón latía tan fuerte que sentía que se me ib
POV: Lisseth LancasterLos días pasaban lentos… pesados… como si el tiempo quisiera castigarme por algo que aún no termino de comprender. El encierro se había convertido en mi cárcel personal, no solo por las paredes que me rodeaban, sino por las miradas que me atravesaban como cuchillas.Las de él.Las de Alejandro.No decía nada, pero su silencio lo gritaba todo. Y dolía. Dolía más que cualquier palabra hiriente. Lo veía caminar por la casa como un fantasma con rabia en la piel. Ya no se acercaba. Ya no me buscaba. Me evitaba, como si le diera asco, como si mi presencia le recordara un pecado que jamás podrá perdonarse.Yo no podía más.No por mí.Por mi bebé.No iba a dejar que creciera en medio de esta tormenta. No iba a permitir que respirara culpa, que naciera rodeado de odio, de sospechas, de secretos. Mi hijo merecía libertad. Paz. Amor.Y si para eso debía marcharme, lo haría.Aunque tuviera que arrastrarme hasta una comisaría. Aunque tuviera que poner mi rostro frente a una
En su despacho, Alejandro intentaba concentrarse en los documentos que tenía frente a él, pero su mente no dejaba de volver a Lisseth. A su silencio. A sus ojos llorosos. A la forma en que había evitado mirarlo cuando se marchó con el alma hecha pedazos.Algo no encajaba. Algo en ella lo inquietaba.Y entonces, la puerta del despacho se abrió de golpe.—¡Alejandro! —gritó Renata, entrando como un huracán junto a Danrrique.Él levantó la vista de inmediato. La mirada de Renata ardía con esa mezcla de malicia y satisfacción que solo mostraba cuando creía haber encontrado algo útil.—¿Qué pasa ahora? —preguntó él, con voz grave, ya agotado de juegos.—La sirvienta… —intervino Danrrique, sonriendo con una malicia contenida—. Dice que vio a Lisseth escondiendo algo en su habitación. Papeles, documentos. Y estaba muy nerviosa.—¿Qué clase de papeles? —preguntó Alejandro, frunciendo el ceño.La joven sirvienta, temblando, dio un paso al frente.—S-señor… yo no quise espiar, lo juro… Pero la
POV: Lisseth LancasterCuando Alejandro se fue, sentí que algo dentro de mí se rompía por completo. El sonido de la puerta al cerrarse fue como un disparo seco, directo al pecho. Me quedé ahí, pegada a la pared, con el corazón latiendo como si quisiera salirse del cuerpo, temblando… destrozada.No podía más.No podía con esto.La rabia en sus ojos, sus palabras llenas de veneno, sus manos sobre mi piel, ese beso cargado de furia y deseo… todo me dejó marcada. Pero lo que más me dolió fue no poder hablar. No poder gritarle la verdad. No poder decirle: ¡No es lo que crees!Quise hacerlo, juro que lo intenté. Pero no me dejó. No me escuchó. Solo me juzgó.Y lo peor… es que yo también tenía miedo.Miedo de que todo fuera cierto.Miedo de que lo que sentía por él fuera un pecado.Cuando sus labios tocaron los míos, fue como si algo estallara dentro de mí. Una parte de mí se rindió por completo, porque aún lo amaba, porque aún lo deseaba. Pero otra… otra se llenó de un asco horrible, desgar
POV: Alejandro MontenegroDaba vueltas en la cama sin poder pegar un solo ojo. El techo era lo único que veía, pero en mi cabeza… solo estaba ella.Lisseth.Maldita sea, ¿por qué no podía sacarla de mi mente?Intenté no pensar, intenté dejar de verla... pero era inútil. Cerraba los ojos y ahí estaba su rostro. Sus ojos tristes. Esa forma tan suya de morderse el labio cuando quería evitar llorar.Y también veía otra imagen... una que me destrozaba por dentro.Su voz hablando con otro. En el jardín. A escondidas. Ese maldito hombre tocándola, susurrándole cosas. Ese recuerdo me quemaba el alma. Me llenaba de celos. De rabia. De un asco que no sabía si era hacia ella… o hacia mí mismo por sentirme así.¿Pero por qué?¿Por qué demonios me dolía tanto?Se supone que es mi enemiga… ¿no?Eso me repetía una y otra vez. Pero entonces venían otras imágenes, como bofetadas que me devolvían a la realidad: Lisseth de azul, con ese vestido que hacía que todo a mi alrededor desapareciera. Lisseth ll







