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Capitulo 4

Autor: Lucy
last update Fecha de publicación: 2026-09-13 06:46:08

Lucía pasó las siguientes dos semanas sumida en un trance silencioso. Tras la humillación en la gala, Mateo no ofreció disculpas ni intentó justificar su conducta. Al contrario, la llegada de Sofía a la ciudad pareció desmantelar por completo la poca presencia que él tenía en la casa. Volvía a altas horas de la noche, pasaba los fines de semana fuera bajo el pretexto de "reuniones de negocios" y mantenía el teléfono pegado a la mano en todo momento, respondiendo mensajes con una sonrisa distraída que jamás le dedicó a su esposa.

Lucía, por su parte, dejó de esperarlo. Comenzó a preparar su salida en estricto secreto, reuniendo sus documentos, organizando sus ahorros personales y contactando a un abogado para redactar un acuerdo de divorcio impecable.

La noche del quiebre definitivo llegó un martes helado. Una migraña feroz, acompañada de fiebre alta y náuseas, dejó a Lucía incapacitada sobre la cama a las diez de la noche. Sintiendo que el pulso le retumbaba en las sienes y demasiado débil para levantarse por un vaso de agua o una compresa, buscó el teléfono en la mesa de noche con la mano temblorosa.

Marcó el número de Mateo. Sonó cuatro veces antes de que él contestara. El sonido de fondo no era el de una oficina silenciosa, sino el murmullo vibrante de un restaurante de lujo y el tintineo de copas.

—¿Qué pasa, Lucía? Estoy ocupado —dijo Mateo. Su tono era áspero, impaciente, como si la llamada fuera una molestia intolerable.

—Mateo... —murmuró ella, apenas capaz de articular las palabras debido a la sequedad de su garganta—. Me siento muy mal. Tengo la fiebre muy alta y no me puedo levantar. Necesito que vengas o me ayudes a ir a una clínica...

Del otro lado de la línea se escuchó un suspiro cargado de fastidio. Luego, la voz suave y mimada de Sofía se filtró de fondo: "Mateo, querido, ¿quién es? La carne se va a enfriar y el sommelier está esperando".

Mateo cubrió el micrófono un segundo antes de volver a hablar con Lucía, su voz ahora aún más fría y cortante.

—Lucía, no empieces con dramas ni chantajes emocionales. Sabes perfectamente que estoy en una cena importante con Sofía y su familia. No voy a plantar a nuestros invitados por una simple migraña. Tómate un analgésico y quédate acostada. Ya no eres una niña para que tenga que ir a cuidarte por un malestar menor.

—Mateo, te estoy diciendo que no puedo moverme...

—No voy a discutir esto. Nos vemos mañana.

La llamada se cortó de golpe. El tono de línea ocupada resonó en el oído de Lucía antes de que la pantalla se apagara por completo, sumiendo la habitación de nuevo en la penumbra.

Lucía bajó el teléfono despacio y lo dejó sobre las cobijas. En medio de la fiebre y el dolor físico, no brotó ni una sola lágrima de sus ojos. La angustia, la tristeza y los dos años de constante mendicidad afectiva se evaporaron en un segundo, dejándole únicamente una claridad fría y reparadora.

Se obligó a levantarse de la cama. Con pasos lentos pero firmes, caminó hacia el baño, mojó una toalla pequeña con agua helada y se la colocó sobre la frente. Luego, sacó del armario las dos maletas grandes que había comprado días atrás.

Durante las tres horas siguientes, ignorando la debilidad de su cuerpo, Lucía empacó meticulosamente solo lo que le pertenecía a ella: sus libros, sus acuarelas, su ropa y las herramientas de su trabajo de diseño. Dejó intactos las joyas costosas que él le había comprado por compromiso, los vestidos de gala y cualquier regalo que llevara el sello de la familia de Mateo.

A las cuatro de la mañana, la casa quedó perfectamente limpia y en orden. En la gran mesa de centro de la sala, Lucía colocó la carpeta de manila que contenía la demanda de divorcio por mutuo acuerdo, redactada de forma impecable. Acompañando a los documentos, colocó la alianza de matrimonio y una pequeña nota escrita con pulso firme:

Mateo:

Te devuelvo tu libertad para que no tengas que seguir inventando excusas para no estar aquí. No pido pensión, ni la casa, ni ningún tipo de compensación. Me llevo solo mi dignidad. Gracias por enseñarme exactamente lo que nunca debo volver a aceptar.

Tomó el asa de sus maletas, cruzó el umbral del apartamento sin mirar atrás ni un solo segundo y cerró la puerta con un chasquido definitivo.

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Último capítulo

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