Se connecterAl día siguiente.
Los golpes en la puerta resonaron con insistencia.
Cada uno más fuerte que el anterior, como si el mundo exterior no tuviera paciencia para lo que había ocurrido dentro de aquella habitación.
Una vez. Dos veces. Luego otra más.
Y después, el silencio.
Pero no el silencio de la calma.
Era un silencio denso, incómodo, casi antinatural.
Como si el tiempo no hubiera avanzado realmente desde la noche anterior.
Como si la habitación se hubiera quedado atrapada en un instante que no quería morir.
Las cortinas apenas se movían con el aire del sistema de ventilación del hotel.
La luz del amanecer entraba fría, cortando la oscuridad en líneas pálidas que caían sobre el desorden del cuarto.
Las sábanas estaban revueltas.
Afuera, en el pasillo, el personal del hotel intercambiaba miradas tensas.
Nadie hablaba demasiado alto. Nadie quería ser el primero en nombrar lo evidente.
Porque el hombre que había llegado esa madrugada no era un huésped común.
El señor Lassani. Un hombre que no necesitaba presentación en los círculos de poder. La mafia albanesa lo seguía como una sombra.
Y ahora estaba allí, con el rostro endurecido por algo más peligroso que la ira: la incertidumbre.
Había llegado horas antes. Exigiendo respuestas.
Exigiendo a su hija.
Pero lo único que había recibido eran contradicciones.
—La señorita Lassani estaba en el hotel… —había dicho uno de los empleados.
—Con un guardia de bajo rango —había añadido otro, con voz temblorosa.
Pero cuando fueron a buscarla, la habitación estaba vacía.
Sin Serena. Sin explicaciones. Solo el vacío.
Entonces alguien pronunció otro nombre.
Don Elion Donnati. Y el aire cambió.
Ya no era un problema familiar. Era un problema de poder.
El asistente tragó saliva.
—Señor… quizá deberíamos buscar a Don Donnati, él podría ayudarle a buscar a su hija, después de todo pronto serà su nuera.
El señor Lassani ya estaba caminando.
Sus pasos eran firmes. Controlados.
Pero había algo en su mandíbula tensa que traicionaba su calma.
No era solo autoridad lo que lo movía.
Era algo más primitivo. Protección. O amenaza.
Nadie podía saberlo con certeza.
Se detuvo frente a la puerta.
Durante un segundo, nadie se atrevió a respirar.
Luego habló.
—Abrán.
No fue un grito. Fue una orden.
El guardia dudó. Solo un instante. Pero fue suficiente.
Empujó la puerta.
Y esta cedió.
El interior de la alcoba, se reveló lentamente. Oscuro.
Demasiado silencioso. Demasiado íntimo.
Como si el aire mismo perteneciera a otra cosa.
El señor Lassani entró primero. Dos pasos. Tres.
Y entonces se detuvo.
Su cuerpo reaccionó antes que su mente.
Como si hubiera chocado con algo invisible.
Su respiración se cortó. Sus ojos se fijaron en la escena sin poder apartarse.
Serena. Su hija. En la cama.
Cubierta parcialmente por las sábanas. Y a su lado… Elion Donnati.
El hombre que no necesitaba explicación, el rey de la mafia Italiana.
El silencio se volvió insoportable.
—Don Donnati… —la voz del señor Lassani salió más baja de lo que quería— ¿Usted…¿
Se detuvo.
Porque no había continuación posible.
No había frase que sobreviviera a lo que estaba viendo.
No era solo una escena. Era una decisión ya tomada.
Elion abrió los ojos lentamente.
Sin sobresalto. Sin sorpresa.
Como si hubiera sabido que ese momento llegaría desde antes de que el mundo despertara.
Se incorporó con calma. Sin prisa. Sin desorden.
Como si incluso en la intimidad más peligrosa, siguiera siendo un hombre que no pierde el control.
Tomó una bata. Se la colocó.
Y luego miró a Serena. Solo un segundo.
Pero fue suficiente para cambiar la atmósfera de la habitación.
—¿Qué significa esto, Serena? —preguntó su padre.
Su voz era baja. Demasiado controlada.
No había gritos. Eso era peor. Era juicio.
Serena abrió los ojos de golpe. El mundo le cayó encima sin aviso.
La realidad ya no era borrosa. Era concreta. Irreversible.
Se cubrió instintivamente con las sábanas.
Pero ya no había nada que ocultar.
El daño ya estaba hecho.
El señor Lassani apretó la mandíbula. El shock llegó primero. Luego la rabia.
—¡Serena…!
Su voz se quebró apenas. Y luego vino la ira.
Un paso adelante. Luego otro. Su mano se levantó.
Pero no llegó a golpear.
Porque una voz lo detuvo.
—No.
Solo eso. Pero bastó.
El aire se congeló. El señor Lassani giró lentamente.
—¿Qué… significa esto?
Elion no respondió de inmediato.
Se levantó del borde de la cama con calma absoluta. Como si no hubiera nada urgente en la situación. Como si el poder siempre estuviera de su lado.
—Significa que asumiré la responsabilidad.
La frase cayó como una sentencia.
Serena levantó la mirada hacia él.
Y por primera vez, no supo qué estaba viendo.
Un protector. O un hombre tomando posesión de una decisión que ya no era reversible.
Elion continuó.
—Mi sobrino no será más su prometido. Yo ocuparé ese lugar.
El señor Lassani frunció el ceño apenas.
Serena sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Elion no apartó la mirada.
—Me casaré con Serena.
La frase no sonó improvisada. Sonó decidida desde mucho antes de ser pronunciada.
El silencio siguiente fue absoluto.
El señor Lassani parpadeó.
Una vez. Dos veces. Y entonces algo cambió en su expresión.
El shock dio paso al cálculo. El cálculo dio paso a la comprensión.
Y la comprensión… dio paso a la aceptación.
—Don Donnati… —murmuró— ser familia con usted sería un honor.
Elion asintió apenas. Como si el mundo hubiera sido reorganizado correctamente.
—Salgan.
Ordenó
Todos obedecieron, luego, miró un momento a Serena, ella no se atrevió a mirarlo, pero lo vio salir también.
***
La puerta se cerró. Serena quedó sola.
El silencio volvió. Pero ya no era el mismo.
Ahora pesaba.
Como si la habitación hubiera cambiado de naturaleza.
Respiró lento. Demasiado lento.
Y entonces la mente volvió.
Rocco. Las palabras. La traición. El plan.
El destino que casi la destruye.
Su pecho se tensó. Pero ya no era dolor. Era otra cosa.
"Elion Donnati, puede ayudarme"
Pero, Serena no pudo evitar pensar en el rostro serio y poderoso de él, y su aura dominante."Casarme con él... ¿no me traerá consecuencias?", pensó
Un mes después.Fiorella permanecía de pie frente al enorme ventanal de la habitación, contemplando el jardín de la mansión.Durante mucho tiempo, aquel lugar había pertenecido a los Ferrano.Ahora era suyo. Todo había cambiado.Sin embargo, esa mañana había algo mucho más importante entre sus manos.Fiorella miró nuevamente la pequeña prueba de embarazo.Dos líneas. Dos malditas líneas que habían cambiado su mundo en cuestión de segundos.Estaba embarazada.Durante unos instantes no supo qué sentir.Ella, que había enfrentado enemigos sin temblar, que había aprendido a disparar antes incluso de aprender a confiar, que había visto morir personas y había tenido que endurecer el corazón para sobrevivir… ahora tenía miedo.Pero no era un miedo que quisiera evitar.Era un miedo diferente. Uno que nacía del amor.Bajó lentamente la mirada hacia su vientre, todavía completamente plano, y apoyó una mano sobre él.Sonrió.—Bebé… —susurró.Sus ojos se humedecieron.—No soy la mejor madre del mu
Cuando Fiorella salió de la habitación, lo primero que encontró fue la mirada de Stefano.Los ojos del hombre estaban clavados en ella.Fiorella se detuvo frente a él y sostuvo su mirada.Durante los últimos días había tomado decisiones que podían cambiar para siempre el destino de aquella organización. Había enfrentado a Lorenzo, había eliminado su amenaza y había conseguido que aquellos hombres que alguna vez obedecieron a otros ahora inclinaran la cabeza ante ella.Pero todavía quería saber qué pensaba Stefano.—¿Me tienes miedo? —preguntó.Stefano permaneció en silencio unos segundos.Después negó lentamente con la cabeza.—No.Fiorella arqueó una ceja.—¿Entonces?Él se acercó un poco.—Eres fuerte.La miró directamente a los ojos.—Y eres capaz de defenderte sola. Eso me encanta.Fiorella sonrió.—¿Te encanta?—Sí.Stefano hizo una pequeña pausa.—Y quiero una mujer así para mí.Giró la cabeza hacia los hombres que estaban alrededor.Todos permanecían atentos.Esperando sus órden
Por un segundo, por apenas un centímetro, la bala estuvo a punto de alcanzar a Stefano.Todo ocurrió demasiado rápido.Stefano apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando Lorenzo se abalanzó sobre él y lo golpeó con todas sus fuerzas. El impacto hizo que Stefano perdiera el equilibrio y retrocediera varios pasos.El disparo se desvió.La bala pasó rozando el lugar donde había estado su cabeza y terminó incrustándose en el techo.El estruendo sacudió toda la habitación.Un poco de polvo blanco cayó desde el techo y cubrió los hombros y el cabello de Lorenzo.—¡Maldita sea! —rugió él.Stefano respiró con dificultad.Había estado a punto de morir.Sin embargo, antes de que cualquiera pudiera reaccionar, la puerta se abrió violentamente.Varios guardias irrumpieron en la habitación con las armas levantadas.—¡Donna! —gritó uno de ellos—. ¡Hay un intruso! ¡Es un traidor!Fiorella permanecía en medio de la habitación.Llevaba una bata sobre el cuerpo, pero su expresión era completamente distinta
Lorenzo fue liberado después de varios minutos que parecieron una eternidad.El hombre que había conseguido sacarlo de allí le entregó un arma y señaló el camino que conducía hacia la parte trasera de la enorme villa.Lorenzo tomó la pistola con la mano temblorosa.—Llévame con Fiorella —ordenó con la voz ronca—. Ella es mía.El hombre lo observó durante unos segundos.El hombre finalmente asintió. No hizo más preguntas.Lorenzo comenzó a caminar detrás de él, acompañado por su ayudante. Ambos avanzaron con cautela, aprovechando la oscuridad y los puntos ciegos de la propiedad para evitar a los guardias.Cada paso hacía que el corazón de Lorenzo golpeara con más fuerza contra su pecho.No sabía qué encontraría.Pero necesitaba verla.Necesitaba escuchar de sus propios labios que todo aquello había sido un malentendido.Durante los últimos días había intentado convencerse de que Fiorella lo odiaba.Quizá la pérdida de su hijo había destruido cualquier sentimiento que ella pudiera haber
El deseo brilló en las profundidades oscuras de los ojos de Stefano con la fuerza descontrolada de una tormenta contenida durante demasiado tiempo.No lo pensó; en ese segundo de silencio, toda su cautela y su férreo autocontrol se desmoronaron por completo.La deseaba con una voracidad, la anhelaba.Por más que intentara luchar contra sus propios demonios, era absolutamente incapaz de borrar de su mente la primera vez que ella fue suya: la textura de su piel bajo su tacto, los gemidos ahogados que ella intentó contener y la rendición absoluta que los consumió a ambos en aquella noche imborrable.Cuando sus labios tomaron posesión de la boca de ella, no encontró la menor resistencia.Fiorella devolvía el beso con la misma energía desbordante, atrapada en la misma vorágine de necesidad.Jamás había sido capaz de negarse a los labios de Stefano; para ella, él poseía una gravedad destructiva y perfecta a la cual le resultaba imposible escapar.Desde la primera vez que él rozó con sus labi
—Fiorella, ¿qué estás haciendo?La voz de Lorenzo resonó en aquella habitación oscura.Él apenas podía mantenerse sentado.Tenía el rostro marcado por los golpes, la ropa desgarrada y varias heridas que todavía sangraban. Después de todo lo que había soportado, jamás imaginó que la persona que aparecería frente a él sería precisamente Fiorella.Su esposa.Ella permaneció frente a él, mirándolo sin compasión.Lorenzo intentó incorporarse.—Fiorella...Ella soltó una pequeña carcajada.—¿Qué?—¿No recuerdas que me amas?Sus ojos se endurecieron.—¿Amarte?Fiorella volvió a reír.—¿Quién dijo que yo te amo?Lorenzo la miró desconcertado.—Tú...—¿Yo qué?Ella dio un paso hacia él.—¿Crees que después de todo lo que me hiciste todavía puedo mirarte y sentir amor?Lorenzo apretó los dientes.—Fiorella, yo...—¡Me hiciste tanto daño!Su grito hizo que Lorenzo guardara silencio.Fiorella respiró profundamente.Había imaginado aquel momento demasiadas veces.Había soñado con la venganza mil ve







