INICIAR SESIÓN—Nunca —espeté—, nunca serás suficiente para tentarme —recalqué la última palabra—. Preferiría besar a mi ex antes que cualquier cosa contigo.
Tampoco es que fuera muy difícil, si Daniel llegara y me pidiera perdón, no lo haría, pero sí aceptaría un último beso de despedida.
—Como digas —dijo despreocupado.
Se terminó de cambiar, lo vi salir en traje de baño y dirigirse a la alberca privada de la habitación. Por mí que se fuera al mismo infierno. Apenas me hube puesto ropa un poco más cómoda, me quedé profundamente dormida.
Lo que me despertó fue la sed. Estaba empapada en sudor, mi insípido camisón se pegaba incómodamente a mi cuerpo. Con trabajos logré levantarme, tuve que sostenerme de la pared para evitar caer.
Entonces noté el fuego, por suerte, ninguna de las torres se incendiaba, pero el salón de eventos al otro lado del enorme jardín estaba en llamas. Desde aquí apenas se veía un poco, pero si lo alcanzaba a ver es porque era grave. Además, una tenue alarma sonaba.
Esa debía de ser la razón del endemoniado calor, a pesar de estar relativamente lejos, afectaba.
El pánico me invadió inmediatamente, el protocolo de cualquier lugar era evacuar y dirigirse a zonas seguras, pero no tenía idea de cuál era la zona segura. Sin pensarlo mucho, salí corriendo y dejé todo atrás.
¿Dónde estaba Anuar? No quería pensar que me dejó a propósito, pero tampoco se me hacía descabellado pensar que su lotería fuera casarse y al otro día enviudar.
Corrí hacia el lado contrario de las llamas, varias personas también evacuaban, algunas de ellas en más pánico que yo. El personal del hotel gritaba que todo estaba bien, que el fuego estaba siendo controlado y que no corríamos peligro.
Pero todo era un caos.
Logré escabullirme por una puerta de emergencia y el aire fresco me pegó en el rostro. El aroma a humo era más denso acá afuera.
Al doblar la esquina que daba al estacionamiento, vi el secuestro.
Dos hombres fornidos y altos cargaban a una chica con vestido rosa y una tiara en la cabeza. La chica se removía agresivamente, pero su fuerza no era rival para los hombres. Sus gritos eran ahogados por la mordaza en su boca.
La subieron a una camioneta negra de vidrios polarizados y lo último que vi fue su mirada azul aterrada. Antes de poder alertar, gritar o acercarme, ya se habían ido.
El hedor del humo se volvía insoportable, traté de correr detrás de la camioneta, pero choqué con un espejo lateral y tropecé. Desde el suelo solo pude atisbar la mitad de la placa: L3.
Comencé a toser, me levanté como pude y traté de llegar al edificio, pero entre el calor y el humo mi cuerpo no respondía. En algún momento, poco antes de llegar a la puerta, las piernas me fallaron y caí golpeándome la cabeza.
Alguien decía mi nombre. Lo oía lejano, como si fuera el viento el que traía las palabras.
«Eloísa». Era una voz femenina y agradable, pero imperativa. «Eloísa, abre los ojos». La segunda frase fue dicha con un tono severo, imponente. El tono fue tan autoritario y suplicante, que me obligué a abrir los ojos.
Durante unos segundos todo lo vi borroso, el cielo oscuro me daba la bienvenida y las estrellas en lo alto me ayudaron a enfocar la mirada. Apenas abrí la boca, empecé a toser bruscamente. Alguien me tomó de la espalda y me ayudó a sentarme, me mareé, pero poco a poco respiraba mejor.
—Señora Solano —dijo una voz de mujer—. Perdió el conocimiento, ¿recuerda lo que pasó? —parpadeé varias veces para humedecer un poco los ojos secos—. Evite hablar, asienta o niegue con la cabeza.
Asentí levemente, por un momento olvidando que la señora Solano era yo. La mujer tenía unos cuarenta años, tenía el cabello recogido, un casco y uniforme de paramédico. Su expresión era analítica, pero amable, incluso me sonrió cuando notó que la estaba viendo.
Pronto, mis días dejaron de ser vacíos y sin sentido, tener un objetivo me mantenía con la cabeza ocupada, todavía no descubría exactamente mi lugar en el mundo, pero cada día me sentía mejor persona, aquel sentimiento de desesperanza y fracaso se difuminaba mientras mi autoestima mejoraba.Si hace medio año alguien me hubiese dicho que tendría trabajo, un perro y un marido, jamás lo habría creído.Y todo gracias a la peor traición que viví.Lo que más me hacía sentir culpable era que, conforme pasaban los días, mi madre ocupaba menos tiempo en mis pensamientos, su rostro dejaba de ser tan claro, su voz se perdía en mis recuerdos. La rabia que me carcomía al principio se apagaba, ya no sentía ese odio desmedido que provocaba un ardor en mi estómago.Pero me sentía culpable porque ella fue mi madre, estuvo conmigo durante toda mi infancia. Y la quería, no podía dejar de lado el hecho de que, al contrario que mi padre, me cuidaba y me llevaba con ella. Porque hubo cosas malas, nadie lo
Mi primer día en el orfanato fue un caos, sobre todo porque mi capacidad para organizarme nunca supe desarrollarla. Y porque el puesto en el que me posicionaron me rebasaba y por mucho.¿Quería gritar y salir corriendo? Sí, definitivamente, pero no podía acobardarme ahora.Tenía una carpeta con los horarios de las maestras, los salones asignados y las listas de alumnos. Al ser supervisora, mi trabajo consistía en cerciorarme de que las clases se impartían de la forma correcta, que las forma de enseñar fuera la más adecuada y revisar que los niños, además de aprender, la pasaran bien (dentro de lo que cabe para un orfanato).Tenía el conocimiento, era una realidad, pero también estaba consciente de que mi experiencia nula no ayudaba. Cualquier duda que me surgiera inmediatamente la buscaba en internet y podría sonar tonto, pero hasta me costaba trabajo usar los programas de bases de datos.Para el final del día me sentía tan agobiada, que solo por un segundo me arrepentí de haber pedid
Debía ser una escena ridícula, yo parada detrás de la barra con el delantal sobre el vestido y un recipiente en las manos mientras Anuar se aflojaba la corbata mientras dejaba las llaves y la cartera sobre la mesa.Y entonces caí en la cuenta: No era ridículo, era normal. Si fuéramos una pareja real, esta pelea (quitando a la amante del mapa), sería de lo más rutinaria. Las discusiones maritales eran más comunes que nada, sería bastante comprensible mi enojo de esposa emocionada por hacerle una sorpresa a su esposo y que este no se dignara a llegar a una hora decente. En circunstancias reales posiblemente (y suponiendo que estuvieramos en buenos términos), discutiríamos, pero pronto resolveríamos todo de manera física. Anuar pediría perdón, yo fingiría seguir enojada y cuando quisiera tocarme, me alejaría alegando que estaba sentida, él seguiría insistiendo, posiblemente diría algo de su día y entonces me tomaría de la cintura, me acercaría a él y me besaría apasionadamente logrando
Y podría empezar una vida decente, aunque fuera a los veintisiete. Los siguientes días me concentré en evadir a Anuar, no podía mirarlo a la cara después de besarlo y escapar como una niña. No dejaba de recordar el calor de sus labios, el hormigueo en mi pecho al sentir su lengua sobre la mía.Pero tenía que hablar con él en algún momento, no podía escabullirme para siempre y necesitaba preguntarle sobre el orfanato, mis futuras clases de piano y simplemente poder hablar con él sin tartamudear y el color invadiendo mi rostro.—Hola, Yola —la mujer me lanzó una mirada inquisitiva, sorprendida al verme en la cocina—. He decidido que hoy haré de cenar a mi marido —la última palabra se sintió extraña—. ¿Qué me recomiendas?La mujer parpadeó tres veces y abrió la boca, estupefacta, trató de decir algo, pero emitió sonidos inentendibles. Al final se rascó la nuca.—No tiene que preocuparse, puedo hacerlo y decir que usted…—¡No! —mi exclamación fue más brusca de lo planeado—. Perdón, es que
¡Había besado a Anuar! Recargué mi espalda en la puerta cerrada de mi habitación mientras mi pecho subía y bajaba velozmente.Y lo peor es que me había gustado.La sensación de sus brazos alrededor de mi cintura, sus dedos mandando punzadas de placer aún por encima de mi ropa. Me había aferrado a sus labios como si me dieran vida, nuestras lenguas jugueteando me hicieron olvidar que todo era un trato, un arreglo que en cualquier momento terminaría.Pero se sintió tan bien.Y me escapé. Cuando su mano tocó mi muslo desnudo mil llamas se encendieron en mi interior, mi cuerpo quemaba, si seguía adelante no podría detenerme, pero no, eso estaba mal.Nos miramos durante unos segundos, mi cerebro debatiéndose a mil por hora mi siguiente movimiento. Por suerte, mis inseguridades salieron a flote, no tanto en el ámbito del físico porque estaba consciente de que era bonita, mi cuerpo no era escultural, pero estaba bien conservado. Era la inseguridad del amor.Porque él nunca me amaría, ¿cómo p
—No es necesario —comentó al verme—. Puedo curar mis heridas.—Lo sé —repliqué tranquilamente—. Pero quiero ayudarte, así como me has ayudado a mí.—Mis acciones no han sido esperando algo a cambio —tiré la gasa, tomé un trozo de algodón y lo mojé con yodopovidona.—Prometí sentir tu dolor y sufrimiento como propio —decreté sin atreverme a mirarlo a los ojos—. Fueron palabras vacías, pero ayudarte me hace sentir útil —acerqué el algodón a la herida—. No te muevas.La herida no tenía mal aspecto, ya ni siquiera sangraba, pero necesitaba remover la sangre seca que se acumuló durante el día. Recordé los rítmicos movimientos de Anuar cuando curó mi herida en Mónaco, solo debía hacer lo mismo.Trataba de no tocar su piel excepto con el algodón, me engañaba a mí misma diciendo que era para no incomodarlo, pero era para no incomodarme a mí. No era un secreto que desde el principio quedé prendada de él. Cuando supe que era un patán traté de esconder mi atracción por él en lo más profundo de m







