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La esposa secreta de la mafia desaparece
La esposa secreta de la mafia desaparece
Author: Echo

Capitulo 1

Author: Echo
La pesada puerta de madera de la oficina se abrió bruscamente.

Donatello entró, envuelto en el frío aroma del tabaco, cargando sobre los hombros el peso invisible de toda la ciudad. Sus ojos hundidos se posaron en mí y habló con la misma frialdad profesional de siempre.

—¿Qué ocurre?

Contuve la respiración y saqué un documento de la pila de informes de embarque.

—Tenemos un problema con la carga del muelle cinco. La otra parte necesita tu firma en la autorización cuanto antes. —Deslicé el documento frente a él—. Solo firma. Yo me encargo del resto.

En realidad, era nuestro acuerdo de divorcio, oculto entre las páginas de un simple manifiesto de carga.

La división de bienes ya estaba lista. Solo faltaba su firma y, en un mes, sería libre.

Pero Donatello no tomó la pluma.

Para un hombre que se había abierto camino hasta la cima a sangre y balas, la desconfianza estaba grabada en los huesos. Por instinto, intentó volver a la página anterior para revisar los términos.

Sentí un escalofrío recorrer mi cuerpo.

Si seguía leyendo, descubriría las palabras «Acuerdo de divorcio» escritas en grandes letras negras.

—¿Donatello?

Una voz suave y tímida llegó desde la puerta. Angelina asomó la cabeza y nos miró con sus grandes ojos llenos de curiosidad.

Donatello se quedó paralizado.

Firmó a toda prisa, casi sin mirar, y luego se acercó a ella con una ternura en la voz que jamás le había escuchado.

—¿Qué haces aquí arriba? ¿Tienes hambre?

—No, ¿los interrumpo? —Angelina sonrió con timidez, y entonces sus ojos se posaron en mí—. ¿Y ella quién es?

Antes de que pudiera responder, Donatello habló por mí.

—Avril. La abogada de la familia. No las había presentado.

—Vamos —le dijo a Angelina, con una mano en la cintura—. Reservé en el restaurante que te gusta. Nada de negocios esta noche. Es solo para ti.

Y, sin más, se la llevó, dejándome allí, sola, bajo su sombra.

Una sonrisa amarga se dibujó en mis labios.

¿Tanto miedo tenía de que ella descubriera que yo era su esposa?

Si tan solo hubiera mirado un segundo más, se habría dado cuenta de que no estaba firmando el envío de una mercancía. Pero sus ojos ya le pertenecían por completo a la chica de la puerta.

Nuestro matrimonio era un secreto bien guardado. Excepto por nuestros padres, nadie lo sabía.

Me enamoré de él en la universidad. Intenté conquistarlo durante cuatro años, pero no conseguí nada. Incluso después de graduarme, pasaron tres años y seguí sin poder olvidarlo.

Hasta que un día lo encontré desangrándose en un callejón, apenas con vida, víctima de una emboscada de una familia rival. Lo salvé y lo cuidé día y noche durante un mes entero.

Cuando se recuperó, me propuso matrimonio. Sabía que lo hacía para pagar la deuda, pero fui lo bastante arrogante como para creer que podía conquistarlo y ablandar su corazón.

Solo después de casarnos descubrí que ese corazón ya le pertenecía a otra mujer: la hermana de su hombre de mayor confianza, su mano derecha, Marcus.

Ella estaba casada, así que supongo que a él le daba igual quién estuviera a su lado.

Aun así, no me rendí. Durante tres años, cumplí con mi papel de esposa y, al mismo tiempo, el de abogada principal de la familia.

Todo cambió hace un mes, cuando el esposo de Angelina le fue infiel. Ella pidió el divorcio.

Cuando Donatello se enteró, celebró hasta emborracharse de felicidad, algo que nadie habría esperado de un hombre siempre tan frío y distante.

Sin embargo, ayer, mientras revisaba los registros de las operaciones del sector oeste, encontré algo que me heló hasta los huesos.

Angelina, recién mudada del departamento de su exesposo, iba escoltada por cuatro guardaespaldas de rostro imperturbable y traje negro.

La máxima seguridad de la familia Vexille. Una guardia de honor reservada para la esposa del Don.

Para mí.

Me había repetido una y mil veces que debía sentirme agradecida solo por ser suya, pero en ese momento supe que ya no podía seguir fingiendo.

Por fin lo entendí. Jamás tendría su corazón.

Salí de su oficina y entré al baño. Frente al espejo, vi a una mujer que llevaba años vistiendo aquellos rígidos trajes profesionales para complacerlo, y sentí que todo aquello era una cruel burla.

Levanté la mano izquierda.

El anillo de diamantes era la única prueba de nuestro matrimonio. Nunca me lo había quitado en tres años.

Me lo saqué y lo dejé caer en el cesto de basura.

Esa noche, Donatello regresó a la mansión. Se quitó el abrigo mientras sus ojos me recorrían con la habitual indiferencia. Pero, por un instante, su mirada se detuvo en mi mano izquierda, ahora desnuda.

—¿Dónde está el anillo? —preguntó, frunciendo el ceño.

—Se ensució. Lo envié a limpiar —respondí con calma.

No hizo más preguntas. Dejó un hermoso ramo envuelto sobre la mesa de centro, como si aquel detalle no tuviera importancia, y se dirigió a la oficina.

—Había una florería en la esquina. Compré esto.

Observé las flores; un sabor amargo me llenó la boca.

Lirios Stargazer.

Tres años de matrimonio y aún no sabía que era alérgica al polen de los lirios.

Antes, cualquier detalle así me habría bastado para sentirme feliz. Pero ya no estaba dispuesta a conformarme con tan poco.

Tomé el ramo y lo tiré al cesto de basura.

Con él, sepulté también lo que quedaba de este matrimonio fracasado.

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