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Capítulo 7

Author: Echo
Entré sola al restaurante.

lSe veía casi igual que diez años atrás: las luces tenues, los manteles a cuadros y, en un rincón, la vieja rockola repitiendo el mismo disco de jazz.

Pedí un vaso de agua y me acomodé en una mesa junto a la ventana.

Este era el lugar.

Diez años atrás, él me había salvado de una gran humillación. Aún recordaba haberlo visto alejarse, alto y erguido, y haber pensado, en ese momento, que era el destino.

Con el tiempo comprendí que solo había sido el comienzo de una maldición.

Me quedé allí durante una hora, grabando videos de los rincones desde donde solía observarlo, como si quisiera conservar los últimos vestigios del amor que alguna vez sentí por él. Luego me levanté, pagué la cuenta y volví a casa.

De vuelta en la mansión, las noticias anunciaban que el exesposo de Angelina había escapado de la custodia.

Así que eso era lo que Donatello tenía que resolver. No me sorprendió en absoluto.

Llamé al gerente de mi banco.

—¿Ya se completó la transferencia de los fondos?

—Sí, señorita Merouin. Todo el dinero ya fue depositado.

No me llevé ni una sola propiedad de los Vexille, ni una sola acción. Lo único que conservé fue el dinero de la venta de una villa que él me había regalado cuando nos casamos. Lo consideré mi compensación por tres años de servicio.

Faltaban tres horas para marcharme.

Comencé a deshacerme de lo último que quedaba: las cartas de amor que le había escrito mientras intentaba conquistarlo. Ni siquiera sabía si alguna vez las había leído.

Las rompí una por una y las arrojé a la chimenea.

Luego encendí mi computadora y empecé a editar el video que había grabado.

Para la última toma, giré la cámara hacia mí.

—Donatello.

Miré al lente con una voz calmada y una ligera sonrisa en mi rostro.

—Estuve enamorada de ti diez años.

—Siete años te observé desde lejos. Nunca me viste.

—Tres años de matrimonio estuve a tu lado. Y tampoco entonces me miraste.

—Pensé que si era lo bastante buena, lo bastante discreta, lo bastante útil, algún día por fin te fijarías en mí.

—Pero siempre fue Angelina quien ocupó tu corazón.

—Eso no puedo cambiarlo. Así que te dejo ir. Y me libero a mí misma.

Hice una pausa y solté una risa breve, ligera.

—Donatello, estamos divorciados.

Apagué la cámara y la dejé sobre la mesita de noche, junto al acuerdo de divorcio que ambos habíamos firmado un mes atrás.

Después tomé mi última maleta y salí por la puerta sin mirar atrás.

Las luces de la ciudad brillaban a mis espaldas, pero aquel lugar ya no significaba nada para mí.

(Perspectiva de Donatello)

Para cuando Donatello resolvió el asunto del exmarido de Angelina, ya era de madrugada.

Intentó comunicarse con Avril, pero la llamada se desvió al buzón de voz. En tres años, nunca antes había tenido problemas para comunicarse con ella..

El recuerdo del último atentado le provocó un nudo en el estómago. Aceleró y regresó rápidamente a la mansión.

La casa estaba en silencio, todo en su lugar, pero bastó una mirada para saber que algo andaba mal.

¿Dónde estaban sus cosas? No había ni un solo rastro de ella.

Un mal presentimiento lo invadió. Recorrió la casa de un extremo a otro hasta que finalmente encontró la pequeña cámara sobre la mesita de noche del dormitorio. A su lado había una carpeta color manila.

Encendió la cámara con una pizca de esperanza, creyendo que se trataba de una sorpresa de aniversario.

La pantalla se iluminó con el resplandor cálido del viejo restaurante.

Sintió que la comisura de sus labios se curvaba en una sonrisa involuntaria.

Recordó la primera vez que la había visto allí, con aquella mirada terca y desafiante. Él rara vez se involucraba en asuntos ajenos, pero algo lo había impulsado a intervenir aquel día.

Todavía recordaba con diversión el descaro de aquella joven que se negaba a aceptar un no por respuesta.

De repente, la imagen cambió y apareció el rostro de Avril.

—Donatello, estuve enamorada de ti diez años...

La sonrisa se congeló en sus labios, hasta que poco a poco se desvaneció por completo.

—Donatello, estamos divorciados.

Incapaz de asimilar lo que acababa de escuchar, arrebató la carpeta de la mesa. En la portada, sus ojos se clavaron en las palabras ACUERDO DE DIVORCIO, inmóviles, como si lo desafiaran. Sin pensarlo, pasó directamente a la última página.

Allí estaba la firma de Avril Merouin, pulcra, casi delicada.

Y junto a ella…

la suya.

Grande. Segura. Inconfundible.

Donatello Vexille.

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