LOGINElena apretó los puños unos segundos con disimulo para controlar los nervios. Theo seguía frente a ella, no se movía. Esperaba su respuesta.
La veía con fijeza, con los brazos cruzados en el pecho y el ceño apenas fruncido. Se notaba tan concentrado que parecía resolver un problema complejo en su cabeza.
—¿Por qué dices que engañé a tu padre? —comenzó la mujer.
—Por qué dudaste. Tardaste en confirmar tu nombre y cuando él quiso saber cómo te habías enterado de este trabajo tus gestos eran nerviosos. Eso pasa en la gente que miente. Lo sé.
Elena sintió un vuelco en el pecho. Aquel niño era demasiado observador. Tanto, que resultaba aterrador.
—¿Yo…? ¿Dudé…?
—Sí —respondió sin rodeos—. Tardaste en contestar, como te pasa ahora. ¿Sigues mintiendo?
Elena lo observó con atención. Aunque el chico no tenía los mismos ojos negros de Adrian, su mirada era tan evaluadora como la de él. Eran ojos que buscaban patrones, que se metían dentro y hurgaban hasta en lo más profundo del alma.
—No miento, pero a veces, cuando estoy nerviosa, tardo un poco más en hablar.
—¿Estabas nerviosa?
—Mucho.
Theo no pareció satisfecho.
—¿Por qué?
Elena respiró hondo.
—Las entrevistas de trabajo me asustan —admitió—. Siempre tengo miedo de decir algo mal a pesar de no ser la primera vez. Necesito el empleo con urgencia porque acabo de mudarme a Seattle y me quedan pocos ahorros.
El niño la observó unos segundos más. Luego bajó la mirada, como si evaluara esa respuesta dentro de su propio sistema interno de reglas.
—Papá es desconfiado —dijo—. Cuando alguien miente, se queda callado más tiempo. Y lo hizo contigo.
Elena sintió un escalofrío.
—¿Crees que él duda de mí?
Theo se encogió de hombros.
—No lo sé todavía.
Ese «todavía» la dejó sin palabras.
Antes de que ella pudiera responder, unos pasos resonaron en el pasillo. Elena levantó la vista justo cuando Adrian regresaba acompañado por el mayordomo.
—Theo, ve con Charles al jardín para que te reúnas con tus hermanos.
El niño miró una última vez a Elena antes de obedecer a su padre. No con desconfianza, sino con advertencia. Como si le exigiera que fuese honesta.
Caminó hacia el mayordomo y este lo tomó por los hombros para conducirlo por el pasillo. Sus pasos se perdieron y la casa volvió a quedar en silencio.
Elena se incorporó con lentitud. Cuando levantó la vista, notó que Adrian la observaba con demasiada atención, como si se esforzara por reconocerla.
—Mis hijos no suelen hablar con extraños —dijo—. Y si lo hacen, solo comparten algunas pocas palabras. Me extraña que Theo se haya quedado a charlar contigo.
—Me pareció un niño inteligente y curioso. Solo quería saber un poco más de mí.
—Eso es lo que más problemas me ha dado: su excesiva curiosidad.
Se acercó a la mujer haciéndola sentir consciente de su altura, de su presencia y del modo en que dominaba la habitación sin esfuerzo.
—Theo es observador. A veces es tanto que puede ser grosero —continuó Adrian—, y, como te dije, Max es temperamental y rebelde, requiere de mucha paciencia. Y Leo… —hizo una pausa breve para respirar hondo— Él es demasiado sensible para este mundo, como lo fue su madre. No quiero que lo lastimen, aunque tampoco deseo que lo traten con compasión, sino que lo ayuden a ser más fuerte.
Elena escuchó sin interrumpir.
—He despedido a muchas mujeres por no saber cómo manejarlos, quisieron tratarlos por igual y como niños pequeños. Ninguna se percató que mis hijos tienen una mentalidad muy adulta para sus edades y son capaces de llevar a cualquiera a la locura. Requieren de firmeza sin dureza y cariño sin debilidad, pero en cantidades diferentes cada uno.
Sus ojos se clavaron en los de ella.
—Isabella, ¿crees que puedes llevar a cabo este reto?
Elena le sostuvo la mirada. No pudo evitar sentir compasión por él, por la gran preocupación que mostraba por sus hijos y la profunda tristeza y necesidad de ayuda que clamaban sus ojos.
Pero no quería sentir piedad por ese hombre. Adrian McGrath no tuvo compasión por ella en el pasado, así que se irguió buscando borrar esas emociones de su mente.
Al menos, se sentía satisfecha de que el sujeto experimentara la misma sensación de dolor y pérdida que a ella le carcomía el pecho.
—Creo que los niños necesitan sentirse vistos —dijo—, seguros y escuchados. No controlados. No buscan una madre. Ya la tuvieron y la perdieron. Solo quieren un aliado.
—Lo sé. No pretendo que alguien ocupe el lugar de su madre, y no solo porque ellos no lo permitirían, sino porque yo no dejaré que eso pase. ¿Crees estar al nivel de esta situación? ¿Qué serás capaz de afrontar este desafío?
El silencio se tensó entre ambos. No era hostil, sino expectante.
—Por supuesto que me siento capaz —respondió la mujer con seguridad.
Él entrecerró los ojos, como si buscara analizarla.
—¿Por qué quieres este trabajo? —preguntó de pronto—. Podrías estar en cualquier otra casa. ¿Por qué esta?
Elena sintió el peligro inmediato en esa pregunta.
—Porque… —dijo con cuidado— busco estabilidad. Tú estás urgido y ofreces una buena paga y yo necesito ese dinero antes de que mis finanzas entren en crisis. Además, amo los retos. Nunca había trabajado con trillizos que posean personalidades tan dispares y me parece una oportunidad interesante.
—¿El número te atrae?
—No es por el número, sino la posibilidad de serle útil a una familia grande y diversa.
Adrian inclinó apenas la cabeza, como si aceptara la respuesta sin terminar de creerla.
—Trabajar aquí no es solo cuidar niños —dijo—. Es convivir con sus silencios, con sus ausencias emocionales y con esas rabias que no siempre se expresan.
—Puedo manejarlo.
—Eso dicen todas y no duran ni una semana.
Se giró y caminó hacia el ventanal para observar por unos segundos a los trillizos que se encontraban en el jardín, bajo la supervisión del mayordomo.
Había una inquietud que le resultaba imposible esconder. Dudas y ansiedades que albergaban su cabeza y a las que necesitaba dar respuestas para que sus emociones estuviesen en paz.
—Dime algo, Isabella —pidió encarándola de nuevo— ¿Has vivido en San Francisco? ¿Más exactamente en el barrio Berkeley?
El corazón de Elena dio un salto brutal.
—¿Por qué lo preguntas? —respondió, intentando que la voz no le temblara.
—Tienes acento —explicó—. Y ciertas expresiones que son de esa región.
Elena sintió cómo la sangre le subía al rostro.
«Me reconoció», pensó. «¡Estoy perdida!».
Durante una fracción de segundo consideró rendirse, salir corriendo y negarlo todo, pero prefirió improvisar.
—Viví en San Francisco un tiempo —respondió al fin—. Aunque eso fue hace mucho. Desde hace varios años no visito esa ciudad.
Adrian la observó con intensidad renovada. No había acusación en sus ojos, sino una curiosidad inquietante.
—Interesante. San Francisco es una ciudad que deja huellas.
Elena tragó saliva.
—Supongo que sí.
El hombre le sostuvo la mirada unos segundos más. Luego asintió con lentitud.
—Veremos si este lugar también te deja algunas huellas.
Sus palabras aceleraron el corazón de Elena. La mujer entendió que Adrian McGrath no confiaba por completo en ella, aunque tampoco parecía capaz de rechazarla. Por algún motivo decidió arriesgarse.
No solo se aventuraba a aceptarla por la necesidad de tener quien cuidara de sus hijos, sino que estaba segura que había algo más. Una intención por la que comenzaba a sentir miedo.
La boda se realizó de una forma discreta en un club al aire libre y rodeados de los amigos más cercanos.Adrian y Elena se dieron el sí acompañados por sus hijos, viendo sus sonrisas y embargados por su alegría. Nadie estaba más feliz con ese enlace que los trillizos, sus vidas habían cambiado para bien y con ese matrimonio la felicidad quedaba asegurada.Ya no estaban solos, aislados y acorralados, eran niños sanos, seguros de sí mismos y dueños de su propio destino.—¿Quién hará de árbitro? —preguntó Harper durante la organización de un juego de fútbol. Aunque ella llevaba puesto un lindo vestido color cereza, no iba a limitarse. Quería jugar como todos los demás.—Theo siempre hace de árbitro —reveló Leo.—Eso es porque soy el más justo e inteligente de todos —bromeó él con orgullo.—Eso es porque no te gusta correr y sudarte —rebatió Max—, pero en el fútbol tendrás que correr detrás de nosotros, si no, no verás mis trampas.—¿Vas a hacer trampa? —consultó Theo con los ojos entrece
Isabella no se dio mucho a esperar. Nació un par de horas después de su anuncio, sin causar grandes molestias. Resultó una niña tranquila, sana y dormilona. Tan serena, que Adrian en ocasiones la movía para saber si seguía respirando.Los trillizos habían sido inquietos y llorones de pequeños, por eso se sentía preocupado. La niña era todo lo contrario.Sin embargo, igual estaba muy feliz. No se apartaba de ella ni de Elena ni un segundo. Hasta miraba con el ceño fruncido a quien se ofrecía a cargarla, evaluando que la sostuvieran con firmeza, que no la apretaran mucho y que mantuvieran las medidas higiénicas correspondientes.—Es un padre enamorado. No lo conozco desde hace mucho, pero nunca lo imaginé así —comentó Margaret, en una ocasión en que ella estaba sola con Elena y la niña en la habitación mientras Adrian cerraba los trámites en la clínica para recibir el alta.—Él ama a sus hijos. Es muy atento y entregado a ellos a pesar de que el trabajo le impide estar siempre cerca. Si
Elena bajó los hombros con derrota al darse cuenta quién le había hablado. Por un momento se había puesto tensa, creyendo que sería una de esas señoras encopetadas que formaban parte de la alta sociedad de Seattle y quería molestarla, pero tan solo era aquella rubia insoportable.—Hola, Deborah, me alegra verte de nuevo —la saludó con ironía, desconcertando por un momento a la mujer.—¿Te alegra? Sí, claro. Luego de haberme humillado en la casa de Adrian, de seguro estás feliz de encontrarte conmigo para restregarme en la cara lo que sucedió.Elena amplió los ojos en toda su extensión.—¿Te humillé en la casa de Adrian? Pero, ¡no te hice nada! Tú misma te ofreciste a jugar con los niños y participar de primera en los juegos que ellos habían organizado sufriendo esos contratiempos. —Se aproximó un poco para hablarle ahora de forma confidencial—. Y tú misma decidiste comerte a besos a Jacob en la habitación que te cedimos para que te cambiaras, nadie te obligó a hacerlo.La heredera la
Elena se encontraba en la clínica rodeada de un amplio equipo de seguridad. No solo del contratado por Adrian, sino por el brindado por la policía y por el FBI.Algunos socios de la empresa la acompañaban, así como Eugine y su esposa, Miles Royce y el matrimonio Cavendish. Los asiáticos estuvieron presentes por casi una hora, luego se marcharon.Ella se debatía entre la angustia y la calma. Aquella noche, que debió ser de celebración, de pronto se convirtió en una ocasión de miedo y a la vez, de entendimiento.—Tranquila. Ya el doctor informó que está fuera de peligro —dijo Miles sentándose a su lado—. En unos minutos podrás entrar en la habitación para hablar con él.—¿Cómo pudo guardarse este secreto? —reprochó ella—. Debió decírmelo.—¿Y ponerte nerviosa? Sabes que Adrian nunca haría eso. No solo por tu salud y la de tu embarazo, sino para garantizar el operativo. Si no sabías nada, era mejor. Así él, la policía y el FBI podían actuar con naturalidad sin que nadie sospechara nada.
Como Adrian lo había vaticinado, esa semana fue trascendental para todos. Los cambios que se produjeron reorganizaron por completo su vida.En casa, todo se centraba en la preparación para el inicio de clases y el cuidado prenatal de Elena. Los niños, que antes se encerraban en sus mundos tratando de sobrellevar con sus fantasías sus miedos y preocupaciones, ahora se la pasaban juntos, detrás de la mujer. Hablaban de amigos y de planes que querían realizar los próximos días.A eso se le unían las visitas constantes de abogados y detectives policiales. Los casos centrados en la utilización de su empresa para la entrada de mercancía ilegal desde el exterior hacia el país comenzaban a asentarse. Aunque aún había datos que corroborar y gente que buscar. Como Ángelo Towsen, quien aún estaba desaparecido.Además, la prensa no dejaba de acosarlo. Mientras más información se hacía pública, más lo buscaban. Era el más indicado para dar declaraciones, pero él ya había dicho todo lo que sabía, e
Las pruebas que Jeremy le dejó, en realidad fueron contundentes. Adrian enseguida se las entregó a los detectives del FBI y ellos casi hicieron una celebración al recibirlas.Para sustentar algunas partes de aquella investigación necesitaban la declaración del hombre, pero Jeremy había desaparecido por completo. Llevaban días buscándolo sin dar con su paradero. Era como si se hubiese desmaterializado.—De verdad este problema va mucho más allá de lo que hubiésemos imaginado —le comentó Elena un día en que Adrian la llevó a cenar a un lugar exclusivo, en una salida solo para ellos dos.Ahora que no tenían nada que esconder, porque ya todos sus secretos eran públicos, decidieron salir juntos en plan de pareja estable y comprometida, ignorando las miradas extrañas que algunos les dedicaban.Había personas que consideraban un escándalo que el empresario Adrian McGrath estuviese a punto de casarse y tener un hijo con la niñera de sus trillizos, a pesar de que se sabía que Elena era mucho m







