เข้าสู่ระบบAdrian llevó a Elena al jardín para evaluar su interacción con los niños. Ella lo acompañó controlando su ansiedad, atravesando con el hombre una terraza llena de sillones cómodos y decorada con elegancia.
Cruzaron unas puertas de cristal hasta llegar al patio trasero, rodeado de jardines bien cuidados. El césped era impecable, olía a recién recortado. Los árboles viejos daban una sombra natural muy agradable encima de una zona de juegos.
El hombre caminaba a su lado con las manos en los bolsillos.
—Mis hijos suelen pasar la mayor parte del tiempo aquí, cuando el clima lo permite —dijo—. Tienen una sala de juegos arriba, pero prefieren este lugar.
—Es fantástico. Es bueno que prefieran estar afuera que dentro de la casa.
—Necesitan espacio —añadió—. Y ruido. Los sitios silenciosos los inquietan.
Elena observó a los niños antes de acercarse. No jugaban juntos.
Uno de ellos se encontraba sentado en el suelo, inclinado sobre una pista de autos de colección. Ajustaba con cuidado una curva elevada como si ese pequeño detalle fuese crucial para el equilibrio del mundo. Tenía la lengua apenas asomada entre los labios, concentrado. A su lado, varios autos metálicos brillaban bajo el sol.
Elena supuso que ese era Leo al verlo tranquilo y con una diminuta sonrisa en los labios.
Otro se hallaba más lejos, subido a un árbol de ramas bajas y con una espada de madera en la mano. Movía el arma imaginaria con brusquedad golpeando el aire y algunos ramajes, como si se defendiera de una bestia que lo perseguía.
Su expresión era cerrada, molesta. Cuando reparó en ellos apartó la vista de inmediato, endureciendo aún más su expresión. La mujer pensó que ese sería Max, el temperamental y rebelde.
Theo ocupaba una tumbona, con las piernas cruzadas y una historieta de detectives abierta sobre ellas. Leía, aunque dejó de hacerlo cuando los escuchó acercarse para seguir sus movimientos con atención precisa.
Los tres chicos eran muy similares físicamente. Con los cabellos negros y abundantes como los de su padre y los ojos grandes, de un hermoso azul turquesa. Todos observaban con atención, aunque con expresiones distintas según sus personalidades.
No solo ese detalle era capaz de diferenciarlos, sino también, la forma en que se peinaban. Theo mantenía un peinado muy cuidado, de medio lado, sin que un solo pelo se moviera de su sitio. Tal vez usaba gomina para conservarlos quietos.
Leo, aunque tenía buena apariencia, dejaba a sus cabellos más sueltos, permitiendo que se formaran suaves rizos en las puntas que lo hacían adorable. Max, en cambio, era un desastre. Quizás ni se peinaba, pero ese estilo le favorecía. Remarcaba sus facciones haciéndolo ver como el mayor de todos, el que los protegía.
El repique de un teléfono obligó a Elena a dejar de analizarlos para lanzar una ojeada hacia Adrian. Él sacó su móvil del bolsillo de su pantalón y revisó la pantalla.
—Disculpa, debo atender una llamada, es urgente. ¿Puedes estar sola con los niños unos minutos? Charles debe verificar en la cocina que se esté preparando la cena.
—No te preocupes, estaré bien. Haz lo que tengas que hacer.
El hombre la observó un segundo más, como si quisiera decirle algo, pero pronto decidió no hacerlo y dio media vuelta para regresar a la casa.
—No te alejes del jardín —indicó antes de irse.
—No lo haré —respondió ella a la nada, algo incómoda por la forma autoritaria en que aquel sujeto siempre se comportaba.
Adrian desapareció con el teléfono en la mano. El mayordomo lo siguió por el sendero lateral que conducía a la casa. En pocos segundos, Elena quedó sola con los tres niños, quienes ahora la observaban con suma atención.
Por un momento se sintió intimidada, como si ellos fuesen capaces de ver reflejado en su cara la verdad que intentaba ocultar.
Respiró hondo para liberarse de sus aprehensiones y se acercó a Leo, agachándose a su lado.
—Hola —dijo—. Eso se ve… impresionante.
Los ojos del niño se iluminaron apenas, pero no sonrió del todo.
—Es una pista alemana —explicó—. Las curvas son más difíciles. Si no están bien alineadas, el auto se sale.
—¿Y lograste que no se salieran?
Leo dudó un segundo.
—Casi.
Elena sonrió.
—¿Puedo ver cómo ruedan?
El niño asintió. Tomó uno de los autos con cuidado reverencial y lo colocó al inicio de la pista.
—Este es un Porsche 917 —dijo—. Es de carreras.
Empujó el auto y ambos siguieron el recorrido con la mirada. El coche avanzó rápido, pero se salió en la última curva.
Leo frunció el ceño.
—Te lo dije —murmuró—. Todavía la pista no está bien.
—Pero estás muy cerca —respondió Elena—. Solo necesita un pequeño ajuste.
El chico la miró sorprendido.
—¿Sabes de autos?
—Un poco —mintió a medias—. Aunque más de paciencia.
Leo mostró una sonrisa breve, tímida, como si no estuviese acostumbrado a revelar ese gesto.
Desde el árbol, Max resopló.
—Eso no es paciencia —dijo—. Es perder el tiempo.
Elena levantó la vista hacia él.
—¿Eso crees?
Max blandió la espada de madera.
—Los autos son aburridos. Las peleas son más divertidas.
—Los autos no parecen aburridos para Leo.
—Es que Leo es…
Max se calló y apretó la mandíbula.
Elena notó la tensión en sus hombros, la rigidez en la postura. No era simple enojo. Era algo más profundo. Quizás insatisfacción porque su hermano no fuese como él.
—¿Te gustan las espadas? —preguntó ella.
—No —respondió Max con brusquedad—. Me gustan las batallas.
—¿Contra quién?
—Contra cualquiera.
Elena asintió, sin juzgar.
—Entonces, debes ser muy valiente.
Max no respondió, aunque dejó de agitar la espada.
Desde la tumbona, Theo pasó la página de su historieta con exagerada lentitud.
—Eso no fue una respuesta —dijo hacia la mujer—. Fue una técnica para caerle bien. Le dices lo que él quiere escuchar.
Elena se giró hacia el niño.
—¿Eso te parece?
—Sí —continuó Theo—. Leo quiere que le prestes atención y Max que no lo subestimes, le das a cada uno lo que quiere.
—¿Y qué quieres tú?
—Yo quiero saber qué vas a hacer después.
Elena se quedó quieta un segundo.
—¿Y qué crees que voy a hacer?
Theo la observó con esos ojos azules que parecían ver demasiado.
—Adaptarte. Lo necesitas para alcanzar tu meta.
Elena sintió un escalofrío. Eso era cierto, para cumplir con su venganza primero debía adaptarse a aquel escenario, aunque sabía que el niño lo decía porque ella le había confesado que necesitaba con urgencia dinero para sobrevivir.
Los miró a los tres. Eran tan distintos, pero a la vez tan parecidos, y muy persuasivos. Debía manejarse con cuidado frente a ellos.
Pasó horas en el patio, acompañándolos. En Leo descubrió la sensibilidad que Adrian escondía detrás del control. En Max la rabia contenida, la necesidad de dominar antes de sentirse vulnerable. Y en Theo, el mismo gesto evaluador, la misma cautela.
«Los niños son tres reflejos de su padre», pensó, aunque se reprendió de inmediato.
No debía pensar en Adrian de ese modo, humanizarlo a través de sus hijos. Aquel hombre era un ser despiadado, un monstruo vestido con traje caro. Eso no debía olvidarlo.
—Tengo más autos —dijo Leo de pronto, buscando su atención—. Están en el cuarto de juegos.
Elena lo miró.
—Me encantaría verlos.
Leo asintió con entusiasmo.
—Los traeré —aseguró, poniéndose de pie, aunque dudó unos segundos— ¿Vienes conmigo?
Elena miró hacia la casa, recordó que Adrian le había ordenado no alejarse del jardín, pero ella no era buena siguiendo instrucciones de otros y menos si venían de alguien a quien odiaba.
—Claro. Vamos.
Leo la tomó de la mano con cuidado, como si temiera que ella se arrepintiera.
—Es por aquí —indicó, y tiró con suavidad de la mujer sin saber que su padre los vigilaba desde una ventana en el primer piso mientras chateaba con alguien por móvil y con expresión molesta, como si hubiese descubierto algo desagradable.
Entraron a la mansión por una puerta lateral y subieron la escalera principal hacia la primera planta. Elena no pudo evitar admirar el lugar: mármol claro, barandas de hierro forjado y luz natural entrando por grandes ventanales.
Todo era elegante. Impecable.
En la primera planta halló colgada a las paredes algunas fotos familiares. Entre ellas, un cuadro enorme de quien debió ser la madre de los trillizos, una mujer hermosa, rubia, de unos ojos azules muy claros y sonrisa tímida, como la de Leo.
También pudo encontrar imágenes de esa mujer con los niños, o con Adrian, así como de los niños solos, o con otros familiares o amigos.
A mitad de camino la mujer se detuvo en seco. En una de las paredes había una fotografía enmarcada que revelaba a dos hombres sonriéndole a la cámara.
Uno de ellos era Adrian McGrath, él más joven, sin la dureza actual en el rostro. El otro…
El mundo se le contrajo. Quien acompañaba a Adrian era su padre.
Elena sintió cómo la sangre le golpeó en los oídos y el corazón le martilleó con fuerza el pecho mezclando rabia, sorpresa y un miedo visceral.
Su padre tenía el brazo apoyado en el hombro de Adrian como si fuesen viejos amigos.
«¡Mentira!», gritó algo dentro de ella. «Todo fue una manipulación».
La rabia la quemaba por dentro, pero el miedo aplacaba esas llamas. Si Adrian tenía esa foto, si había conocido a su padre, entones… sería capaz de reconocerla a ella, de unir las piezas y desbaratar sus planes.
—¿Estás bien? —preguntó Leo, observándola con atención.
Elena apartó la mirada de la foto con esfuerzo.
—Sí —respondió, forzando una sonrisa—. Solo… me distraje con las fotografías.
Leo asintió, satisfecho.
—Está aquí —dijo y señaló una puerta—. El cuarto de juegos.
Ella respiró hondo antes de seguir al chico al interior de aquella habitación. No debía descuidarse ni permitirse errores, o Adrian la descubriría.
Si eso pasaba, él querría terminar lo que dejó a medias en el pasado: destruirla por completo.
La boda se realizó de una forma discreta en un club al aire libre y rodeados de los amigos más cercanos.Adrian y Elena se dieron el sí acompañados por sus hijos, viendo sus sonrisas y embargados por su alegría. Nadie estaba más feliz con ese enlace que los trillizos, sus vidas habían cambiado para bien y con ese matrimonio la felicidad quedaba asegurada.Ya no estaban solos, aislados y acorralados, eran niños sanos, seguros de sí mismos y dueños de su propio destino.—¿Quién hará de árbitro? —preguntó Harper durante la organización de un juego de fútbol. Aunque ella llevaba puesto un lindo vestido color cereza, no iba a limitarse. Quería jugar como todos los demás.—Theo siempre hace de árbitro —reveló Leo.—Eso es porque soy el más justo e inteligente de todos —bromeó él con orgullo.—Eso es porque no te gusta correr y sudarte —rebatió Max—, pero en el fútbol tendrás que correr detrás de nosotros, si no, no verás mis trampas.—¿Vas a hacer trampa? —consultó Theo con los ojos entrece
Isabella no se dio mucho a esperar. Nació un par de horas después de su anuncio, sin causar grandes molestias. Resultó una niña tranquila, sana y dormilona. Tan serena, que Adrian en ocasiones la movía para saber si seguía respirando.Los trillizos habían sido inquietos y llorones de pequeños, por eso se sentía preocupado. La niña era todo lo contrario.Sin embargo, igual estaba muy feliz. No se apartaba de ella ni de Elena ni un segundo. Hasta miraba con el ceño fruncido a quien se ofrecía a cargarla, evaluando que la sostuvieran con firmeza, que no la apretaran mucho y que mantuvieran las medidas higiénicas correspondientes.—Es un padre enamorado. No lo conozco desde hace mucho, pero nunca lo imaginé así —comentó Margaret, en una ocasión en que ella estaba sola con Elena y la niña en la habitación mientras Adrian cerraba los trámites en la clínica para recibir el alta.—Él ama a sus hijos. Es muy atento y entregado a ellos a pesar de que el trabajo le impide estar siempre cerca. Si
Elena bajó los hombros con derrota al darse cuenta quién le había hablado. Por un momento se había puesto tensa, creyendo que sería una de esas señoras encopetadas que formaban parte de la alta sociedad de Seattle y quería molestarla, pero tan solo era aquella rubia insoportable.—Hola, Deborah, me alegra verte de nuevo —la saludó con ironía, desconcertando por un momento a la mujer.—¿Te alegra? Sí, claro. Luego de haberme humillado en la casa de Adrian, de seguro estás feliz de encontrarte conmigo para restregarme en la cara lo que sucedió.Elena amplió los ojos en toda su extensión.—¿Te humillé en la casa de Adrian? Pero, ¡no te hice nada! Tú misma te ofreciste a jugar con los niños y participar de primera en los juegos que ellos habían organizado sufriendo esos contratiempos. —Se aproximó un poco para hablarle ahora de forma confidencial—. Y tú misma decidiste comerte a besos a Jacob en la habitación que te cedimos para que te cambiaras, nadie te obligó a hacerlo.La heredera la
Elena se encontraba en la clínica rodeada de un amplio equipo de seguridad. No solo del contratado por Adrian, sino por el brindado por la policía y por el FBI.Algunos socios de la empresa la acompañaban, así como Eugine y su esposa, Miles Royce y el matrimonio Cavendish. Los asiáticos estuvieron presentes por casi una hora, luego se marcharon.Ella se debatía entre la angustia y la calma. Aquella noche, que debió ser de celebración, de pronto se convirtió en una ocasión de miedo y a la vez, de entendimiento.—Tranquila. Ya el doctor informó que está fuera de peligro —dijo Miles sentándose a su lado—. En unos minutos podrás entrar en la habitación para hablar con él.—¿Cómo pudo guardarse este secreto? —reprochó ella—. Debió decírmelo.—¿Y ponerte nerviosa? Sabes que Adrian nunca haría eso. No solo por tu salud y la de tu embarazo, sino para garantizar el operativo. Si no sabías nada, era mejor. Así él, la policía y el FBI podían actuar con naturalidad sin que nadie sospechara nada.
Como Adrian lo había vaticinado, esa semana fue trascendental para todos. Los cambios que se produjeron reorganizaron por completo su vida.En casa, todo se centraba en la preparación para el inicio de clases y el cuidado prenatal de Elena. Los niños, que antes se encerraban en sus mundos tratando de sobrellevar con sus fantasías sus miedos y preocupaciones, ahora se la pasaban juntos, detrás de la mujer. Hablaban de amigos y de planes que querían realizar los próximos días.A eso se le unían las visitas constantes de abogados y detectives policiales. Los casos centrados en la utilización de su empresa para la entrada de mercancía ilegal desde el exterior hacia el país comenzaban a asentarse. Aunque aún había datos que corroborar y gente que buscar. Como Ángelo Towsen, quien aún estaba desaparecido.Además, la prensa no dejaba de acosarlo. Mientras más información se hacía pública, más lo buscaban. Era el más indicado para dar declaraciones, pero él ya había dicho todo lo que sabía, e
Las pruebas que Jeremy le dejó, en realidad fueron contundentes. Adrian enseguida se las entregó a los detectives del FBI y ellos casi hicieron una celebración al recibirlas.Para sustentar algunas partes de aquella investigación necesitaban la declaración del hombre, pero Jeremy había desaparecido por completo. Llevaban días buscándolo sin dar con su paradero. Era como si se hubiese desmaterializado.—De verdad este problema va mucho más allá de lo que hubiésemos imaginado —le comentó Elena un día en que Adrian la llevó a cenar a un lugar exclusivo, en una salida solo para ellos dos.Ahora que no tenían nada que esconder, porque ya todos sus secretos eran públicos, decidieron salir juntos en plan de pareja estable y comprometida, ignorando las miradas extrañas que algunos les dedicaban.Había personas que consideraban un escándalo que el empresario Adrian McGrath estuviese a punto de casarse y tener un hijo con la niñera de sus trillizos, a pesar de que se sabía que Elena era mucho m







