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Setenta y dos horas

Autor: M.Mendez
last update Data de publicação: 2026-02-24 08:44:14

El reloj marcaba las seis de la tarde cuando Valeria salió del edificio.

Setenta y dos horas.

La cifra retumbaba en su mente como una cuenta regresiva hacia algo inevitable.

—No deberías ir sola —dijo Santiago detrás de ella.

—No soy una niña.

—No. Eres el objetivo.

Valeria se giró, furiosa.

—Entonces dime qué está pasando realmente.

Santiago dudó.

Ese pequeño gesto confirmó lo que ella temía.

—La empresa no solo exportaba productos agrícolas —admitió al fin—. Durante años fue utilizada para mover dinero que no debía existir.

Valeria sintió que el suelo se desmoronaba bajo sus pies.

—¿Lavado?

Santiago sostuvo su mirada.

—Sí.

El silencio fue brutal.

—¿Mi padre…?

—Tu padre se metió en algo que creyó poder controlar. Pero esas personas no trabajan con confianza. Trabajan con amenazas.

Valeria pensó en la carta.

“No pude protegerte de lo que viene.”

Un motor acelerando la hizo girar la cabeza.

Una camioneta negra avanzaba demasiado rápido hacia la entrada del edificio.

Todo ocurrió en segundos.

La puerta trasera se abrió.

Un hombre bajó corriendo.

—¡Valeria!

Santiago la empujó contra el auto más cercano justo cuando una mano intentó sujetarla del brazo.

Ella gritó.

El hombre tiró con fuerza.

Santiago reaccionó con violencia contenida, golpeándolo en el rostro. El agresor cayó hacia atrás, pero otro apareció desde el vehículo.

—¡Muévanse!

El caos explotó.

Valeria intentó soltarse mientras una mano volvía a atraparla. Sintió el frío metálico de algo presionando contra su costado.

Un arma.

El pánico paralizó sus piernas.

—Suéltala —gruñó Santiago.

El segundo hombre dudó apenas un segundo.

Error.

Santiago lo golpeó con brutal precisión, desarmándolo. El arma cayó al suelo con un sonido seco.

La camioneta arrancó bruscamente, llevándose a los atacantes antes de que alguien más saliera del edificio.

El silencio posterior fue ensordecedor.

Valeria respiraba con dificultad.

Santiago la sostuvo por los hombros.

—¿Te hicieron daño?

Ella negó con la cabeza, pero sus manos temblaban.

—Esto es real… —susurró.

—Te lo dije.

Valeria lo miró.

Tan cerca.

Tan peligroso.

Tan imposible de ignorar.

—¿Por qué sigues aquí? —preguntó con la voz quebrada—. Podrías irte. No es tu problema.

Santiago apretó la mandíbula.

—Sí lo es.

—¿Por qué?

La pregunta flotó entre ellos.

El miedo, la adrenalina, los años de distancia… todo explotó al mismo tiempo.

—Porque te amo —dijo él.

La confesión cayó como un disparo.

Valeria sintió que el mundo volvía a detenerse.

—No digas eso ahora…

—Nunca dejé de hacerlo.

La miró como si la hubiera estado esperando cinco años.

Como si cada decisión que tomó hubiera tenido su nombre detrás.

Ella quiso responder, pero las palabras no llegaron.

En su lugar, dio un paso hacia él.

El beso no fue suave.

Fue urgente.

Desesperado.

Como si ambos necesitaran comprobar que seguían vivos.

Como si el tiempo perdido pudiera comprimirse en ese instante.

Cuando se separaron, el peligro seguía allí.

Pero algo había cambiado.

—Esto no termina aquí —dijo Santiago en voz baja—. Lo que intentaron hoy fue una advertencia.

Valeria respiró profundo.

—Entonces no voy a huir.

Él la observó con intensidad.

—Eso puede costarte todo.

Ella sostuvo su mirada.

—Ya lo perdí todo una vez.

A lo lejos, alguien los observaba desde un auto estacionado.

Y esta vez, la advertencia no sería suficiente.

La próxima jugada sería definitiva.

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