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Capítulo 6

作者: Finn
Al amanecer, se cortó la luz en mi edificio.

Hervía agua para el té cuando las bombillas se apagaron. Me quedé a oscuras, escuchando la lluvia, hasta que llamaron a la puerta; unos golpes pesados, irregulares, como si alguien estuviera apoyado contra la madera solo para mantenerse en pie.

Abrí la puerta, y Vincenzo Blackwell se desplomó en el recibidor.

No llevaba traje, sino la camisa del día anterior, arrugada y con manchas de café. Olía a sudor y a una colonia costosa que se había agriado. En
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  • La hija abandonada   Capítulo 7

    Bianca falleció a las cuatro y diecisiete de la madrugada.Estaba despierta, y un vacío extraño me invadió, como si hubieran cortado con tijeras el hilo que nos unía desde el nacimiento. Me incorporé en la estrecha cama y miré mi celular. No había ningún mensaje, solo la hora.A las cuatro y veintitrés entró la llamada oficial. El doctor Castellano, llorando.—Gemma —dijo con voz ahogada—. Se ha ido. Falla multiorgánica. No pudimos... no pudimos estabilizarla.No lloré. Me vestí, me puse la bata blanca, la que me había ganado en la facultad de medicina, pagada con mi propio dinero, no con el apellido Blackwell, y la abotoné despacio.Luego caminé hacia el hospital....El escándalo estalló al amanecer.«La familia Blackwell rechaza a un donante: la heredera ha muerto». «El jefe del Sindicato Corleone abandona a su prometida embarazada».Para el mediodía, los buitres ya sobrevolaban. Se cancelaron los contratos marítimos, valuados en treinta mil millones, y los banqueros suizos congelar

  • La hija abandonada   Capítulo 6

    Al amanecer, se cortó la luz en mi edificio.Hervía agua para el té cuando las bombillas se apagaron. Me quedé a oscuras, escuchando la lluvia, hasta que llamaron a la puerta; unos golpes pesados, irregulares, como si alguien estuviera apoyado contra la madera solo para mantenerse en pie.Abrí la puerta, y Vincenzo Blackwell se desplomó en el recibidor.No llevaba traje, sino la camisa del día anterior, arrugada y con manchas de café. Olía a sudor y a una colonia costosa que se había agriado. En la mano sostenía una carpeta de cuero, de esas que solía utilizar para los contratos multimillonarios.—Gemma —dijo con voz áspera. Tenía los ojos inyectados en sangre—. El donante suizo murió durante el traslado. La compatibilidad de Singapur resultó ser un fraude. El FBI congeló las cuentas en el extranjero esta mañana…Se dejó caer de rodillas sobre mi piso de linóleo. La carpeta se abrió y vi un cheque en blanco; el trazo de la firma de los Blackwell se veía tembloroso.—Pon la cifra que qu

  • La hija abandonada   Capítulo 5

    El mundo era más pequeño de lo que creían.Apareció en las noticias tres días después: el jet privado de Industrias Blackwell sobrevolaba Ginebra, luego Dubái y después Singapur. Vincenzo no estaba visitando clientes. Estaba de cacería.La leucemia mieloide aguda no esperaba por vuelos de primera clase.Comía fideos instantáneos en mi estudio cuando llegó el primer mensaje. Un número oculto, luego desbloqueado.«Gemma, encontramos a tres posibles donantes en Zúrich. Pruebas de compatibilidad en curso. Por favor, considéralo».Dejé el celular a un lado. Los fideos se enfriaron.El segundo mensaje llegó a la medianoche.«Lo de los donantes suizos se vino abajo por incompatibilidad de antígenos. El hígado de Bianca está fallando. Por favor…».No respondí.El tercer mensaje fue una nota de voz. La de Vincenzo, quebrada y desconocida: «Sé que me escuchas. Sé que estás ahí. Ponle precio. La herencia de los Blackwell, las rutas marítimas, mi sangre. Ponle el precio que quieras».Lo borré sin

  • La hija abandonada   Capítulo 4

    Suturaba una laceración en la sala de emergencias cuando el buscapersonas vibró contra mi cadera. «Centro Médico Blackwell. Emergencia en hematología. Paciente: Bianca Blackwell. Estado: crítico».Las manos no me temblaron. La aguja atravesó el cuero cabelludo de la paciente con firme precisión, pero el hilo parecía alambre entre los dedos.Terminé el punto, me quité los guantes, caminé hacia la estación de enfermería y me quedé mirando la pantalla de ingresos.«Bianca Blackwell. LMA fase 3. Falla multiorgánica. Ingreso a las 02:45».Se desplomó en la gala de sucesión, con la copa de vino aún en la mano. Decían que había golpeado el suelo de mármol como una muñeca rota.Mantuve la vista en la pantalla durante cuarenta y tres segundos. Luego, me volví hacia la sala de espera.—Siguiente paciente —dije....Vincenzo Blackwell aguardaba afuera del laboratorio de hematología, apretando el puro apagado. El guardia le había advertido que estaba prohibido fumar en el hospital y no discutió. S

  • La hija abandonada   Capítulo 3

    Creí que me desplomaría en cuanto dejara atrás los portones. Que las lágrimas brotarían, violentas e interminables, y me arrastrarían consigo.Pero no fue así.Solo me sentía vacía, como si alguien me hubiera metido unas manos enguantadas en el pecho para arrancarme todo —corazón, pulmones, aliento—, para dejar únicamente una cavidad helada por donde el viento soplaba a sus anchas.Mi celular vibró.Era un mensaje de Marco, enviado con la precisión de un memorándum corporativo:«He retirado el anuncio de nuestro compromiso. El motivo oficial son diferencias irreconciliables. Con efecto inmediato, ya no estamos vinculados en modo alguno. Todos los bienes compartidos quedan congelados hasta nuevo aviso».Antes de que lograra procesar el mensaje, se iluminó otra notificación: el canal encriptado de la familia, reservado por lo general para alertas de seguridad de alto nivel.El comunicado de mi padre:«Mi hija Gemma ha sido repudiada por intento de extorsión e inestabilidad mental. Queda

  • La hija abandonada   Capítulo 2

    Mi padre empujó la silla hacia atrás. El chirrido de las patas de madera arañó el mármol.—Lárgate de mi casa —dijo con voz ponzoñosa—. Lárgate de esta familia. No tenemos espacio para sanguijuelas egoístas y calculadoras como tú. —Señaló la puerta—. ¡Si tu madre sufre un ataque de nervios esta noche por tu escenita, te juro que lamentarás el día en que naciste!Marco dio un paso al frente.Se llevó la mano al bolsillo del pecho y sacó un estuche de terciopelo. Sostuvo entre el pulgar y el índice el anillo de tres quilates con corte esmeralda, el mismo que me había puesto en el dedo durante la cena de compromiso. Me miró y luego abrió la mano.El anillo golpeó la mesa de caoba; el sonido restalló como un disparo.—Gemma —dijo—, hemos terminado. Eres demasiado extrema, demasiado inestable. No somos compatibles.Luego, su voz cambió. Adoptó el tono distante que reservaba para las liquidaciones corporativas.—Yo, Marco Corleone, por la presente anulo mi compromiso con Gemma Blackwell. Con

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