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Capítulo 2

Penulis: Finn
Mi padre empujó la silla hacia atrás. El chirrido de las patas de madera arañó el mármol.

—Lárgate de mi casa —dijo con voz ponzoñosa—. Lárgate de esta familia. No tenemos espacio para sanguijuelas egoístas y calculadoras como tú. —Señaló la puerta—. ¡Si tu madre sufre un ataque de nervios esta noche por tu escenita, te juro que lamentarás el día en que naciste!

Marco dio un paso al frente.

Se llevó la mano al bolsillo del pecho y sacó un estuche de terciopelo. Sostuvo entre el pulgar y el índice el anillo de tres quilates con corte esmeralda, el mismo que me había puesto en el dedo durante la cena de compromiso. Me miró y luego abrió la mano.

El anillo golpeó la mesa de caoba; el sonido restalló como un disparo.

—Gemma —dijo—, hemos terminado. Eres demasiado extrema, demasiado inestable. No somos compatibles.

Luego, su voz cambió. Adoptó el tono distante que reservaba para las liquidaciones corporativas.

—Yo, Marco Corleone, por la presente anulo mi compromiso con Gemma Blackwell. Con efecto inmediato. Motivos: diferencias irreconciliables e intento de extorsión del patrimonio familiar.

Cada palabra fue un clavo en mi ataúd.

Retrocedí tambaleante y me llevé la mano al vientre. El dolor se esfumó ante una punzada más profunda. El bebé, nuestro bebé. Su padre acababa de anunciar ante toda la sala que su vida era prescindible.

En ese instante, el velo se rasgó.

Familia. Amor…

Para ellos nada de eso valía un solo cabello de Bianca.

Bajé la vista hacia la carpeta que sostenía: las pruebas que podían salvarla.

Entonces, la dejé caer.

Aterrizó sobre la alfombra con un golpe sordo, y nadie hizo el amago de recogerla.

Alcé la mirada. Todos habían retrocedido, despejando el camino hacia la puerta. En sus rostros se dibujaba ese alivio tan particular de ver cómo sacan la basura a la calle.

Mi corazón se hizo cenizas.

Sostuve la mirada de mi padre, sin asomo de sarcasmo, sin espíritu de lucha. Solo con la honestidad quebrantada de una hija que al fin se había rendido.

—Si fuera Bianca la que estuviera muriendo —mi voz fue baja—, ¿me habrías obligado a donarle médula?

Sus ojos vacilaron una fracción de segundo. Luego se volvieron de piedra.

—¿Por qué te obsesionas con casos hipotéticos sin sentido? —espetó—. Si ella fuera la enferma, tampoco te obligaríamos a donar. Contamos con una infinidad de recursos que escapan a tu comprensión. Ten por seguro que encontraríamos a otro donante compatible.

Algo se derrumbó en mi interior de forma silenciosa e irreversible.

—Por supuesto —susurré, con una leve sonrisa rota en los labios—. Jamás la pondrías en peligro. Yo nunca fui tu hija...

Antes de que lograra terminar, su rostro se ensombreció. Acto seguido, alzó una mano, y los guardias avanzaron.

Marco me agarró por la muñeca, apretando los dedos tan fuerte que se clavaron en mis huesos.

—¡¿Cómo te atreves a hablarle así a tu padre?!

Un restallido seco.

Me abofeteó tan fuerte que el impacto me sacudió la cabeza hacia un lado. Un chorro de sangre manó de mi nariz, cálido y con ese dulzor cobrizo, y se escurrió entre mis dedos cuando me llevé las manos a la cara para cubrirme.

Qué extraño, no sentía nada. Tan solo frío.

—¡Lárgate! —rugió mi padre, con las venas de las sienes a punto de estallar—. ¡Yo, Vincenzo Blackwell, te repudio! ¡Estás muerta para esta familia! ¡Muerta!

Me limpié la sangre con la manga. Luego bajé las manos para cubrirme el vientre, protegiendo la vida que albergaba. Por esta criatura, no podía permitirme flaquear.

—Bien —dije con voz firme y hueca—. Acabas de decirlo: ahora somos desconocidos.

—¡Sí! —chilló Bianca entre lágrimas, con la voz afilada como cristales rotos—. ¡La que busque a la otra primero estará muerta para la familia! ¡Desheredada! ¡Maldita!

Bajé la vista hacia la mesa, hacia el anillo, hacia el escudo de la familia que llevaba en la muñeca: la insignia de plata que había usado desde que nací, mientras que Bianca siempre la lució de oro.

Me la desabroché y la dejé caer junto a la sortija.

—Recuerden esto —dije sin alzar la voz. No era una maldición, sino la bendición de un alma en pena—. Recuerden que fueron ustedes quienes decidieron dejarme ir.

Clavé los ojos en Marco por última vez.

—Y tú. Recuerda que elegiste treinta mil millones...

El resto de las palabras se me quedaron atoradas en la garganta.

«Por encima de tu propio hijo».

Los guardias me sujetaron de los brazos. No opuse resistencia, solo me protegí el vientre mientras me arrastraban por el suelo. Los tacones me rasparon contra el mármol al pasar frente a los retratos familiares; aquellos donde el rostro de Bianca lucía radiante, mientras que el mío siempre aparecía apartado.

A mis espaldas, mi madre al fin rompió a llorar. Para mí, sonó a libertad.

Las puertas se cerraron con un estruendo ensordecedor.

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