LOGINKaelenUnos minutos después, el sonido de unos pasos pausados y elegantes resuena en la antesala. Las puertas se abren de par en par.La mujer que entra no parece pertenecer a este mundo. Debe rondar los cincuenta años, pero su apariencia desafía por completo el paso del tiempo: se halla en una forma física impecable, erguida, con una presencia imponente que irradia una energía densa y magnética. Lo que más llama la atención es su cabello: de un blanco completamente antinatural, largo y pesado, que le cae liso por la espalda hasta rebasar la línea de los senos. Y sus ojos... unos ojos de un azul tan pálido que parecen casi blancos, helados y profundos como un abismo de hielo.Viene sola, sin escoltas, caminando con una seguridad desconcertante en territorio de lobos sedientos de sangre.Al llegar al centro de la oficina, se detiene, nos mira a ambos con total indiferencia y realiza una inclinación de cabeza breve, casi burlona.—Alfa... —dice, con una voz melodiosa pero cargada de una
KaelenEl eco de su voz todavía resuena en los recovecos más profundos de mi mente, un hilo de plata encendido en medio del infierno.—Resiste, cachorra... Ya voy por ti.Las palabras se evaporan en la penumbra de mi conciencia, pero la reverberación de su llamada deja tras de sí una marea de energía furiosa, un fuego líquido que me recorre las venas y arranca de cuajo la modorra del dolor.El plomo alojado en mi esternón parece fundirse ante el calor de la rabia y la desesperación. Ya no siento la herida; solo siento el vacío que dejó su ausencia y la urgencia animal de atravesar cielo, tierra y fuego para arrancarla de las garras de Silas.Doy media vuelta con una velocidad que hace crujir las tablas del suelo, la mandíbula tan tensa que siento que los dientes van a romperse. Salgo del calabozo a zancadas amplias, con la mirada inyectada en sangre, buscando desesperadamente a Nick. Lo encuentro en el pasillo principal, coordinando los relevos de la guardia con el ceño fruncido.—¡Ni
ElenaLa presencia de Frederick en la penumbra de este calabozo húmedo y frío actúa en mi mente como un fulgor eléctrico, una chispa insensata en medio de la más absoluta oscuridad. Mis ojos, nublados por el cansancio y la deshidratación, se abren de par en par. Por un segundo absurdo, dominada por el delirio del dolor y la desesperación, mi cerebro se aferra a la idea de que él es mi tabla de salvación.—¿Frederick...? —mi voz sale rota, áspera, arañando una garganta reseca que quema como brasas.Trato de incorporarme, ignorando el peso muerto de mis extremidades, y me arrastro desesperadamente hacia los barrotes. Los eslabones de plata pura se tiran con violencia de mis muñecas, y aunque la carne me arde y se desgarra al contacto con el metal maldito, apenas y lo registro. La necesidad de escapar, de volver a ver la luz, es infinitamente más fuerte.—Frederick, me has encontrado... —lo llamo con un hilo de voz, casi suplicante, mientras mis dedos temblorosos se estiran hacia él a tr
ElenaPerdí la noción del tiempo en este calabozo húmedo y silencioso. No sé si han pasado horas, días o semanas. La única medida de mi existencia aquí es el tormento constante: el fuego helado de las cadenas de plata que me queman la piel con cada mínimo movimiento, la garganta reseca que me arde como si tragara brasas y un dolor sordo y punzante en cada hueso de mi cuerpo cansado.La oscuridad de este sótano es tan densa que parece aplastarme el pecho. En los momentos de lucidez, cuando el terror cede un poco ante el agotamiento, lo único que busco con desesperación es a Kaelen.Cierro los ojos, respiro con dificultad y me concentro por completo, intentando estirar los hilos invisibles de nuestra conexión, ese vínculo de compañeros que antes bullía con fuerza en mi interior. Busco su presencia, el calor familiar de su alma, el ancla que me impedía desmoronarme.Al principio, creo no encontrar nada. Pero luego, muy en el fondo, percibo un atisbo de él. Una chispa lejana, trémula y do
KAELENCanalizo mi poder de Alfa, desatando una descarga de energía invisible que presiona sus articulaciones con la fuerza de una prensa hidráulica. Al mismo tiempo, con la mano libre, agarro su mano derecha y, con un movimiento seco, le parto uno a uno los dedos con un crujir espeluznante de huesos y cartílagos.—¡AAAHHH! —el grito de dolor del prisionero llena el calabozo, convirtiéndose en un alarido agudo.No me detengo. Lanzo otra onda de energía comprimida que impacta directamente contra su torso, fracturando sus costillas con un sonido seco y crujiente. El hombre cae al suelo como un guiñapo inservible, retorciéndose en un charco de su propio sudor y sangre, completamente destrozado y boqueando por aire.Los rayos de mi poder siguen chisporroteando en mis manos, iluminando la celda con una luz rojiza y amenazante mientras lo golpean una y otra vez con descargas invisibles que queman su piel.—¡Basta! ¡BASTA! ¡HABLARK... HABLARÉ! —grita el desertor entre sollozos histéricos, ri
KaelenLa oscuridad me golpea con la fuerza de un yunque, pero la rechazo con un rugido ahogado que brota desde el fondo de mi pecho. El plomo especial sigue alojado en mi esternón, quemando mis tejidos y bloqueando la regeneración natural de mi cuerpo de Alfa. Cada bocanada de aire es una cuchillada en los pulmones, pero lo que realmente me mantiene con vida, lo que me arranca del abismo de la inconsciencia, es el hilo delgado, tenso y doloroso del lazo que me une a ella.Elena...Abro los ojos de golpe. El suelo de piedra del patio principal está manchado de sangre y cenizas. A mi alrededor, rostros pálidos y preocupados de mis guerreros se arremolinan. Siento manos firmes que intentan sujetarme, que me piden que no me mueva, pero me pongo de pie de un salto, ignorando el dolor agudo que me atraviesa el torso y haciendo que la sangre vuelva a brotar empapando mi ropa negra.—¡Mi Alfa! ¡No debe moverse, la bala perforó profundidad! —grita uno de los médicos de la guardia, intentando







