LOGIN"A los lobos no les importan tus lágrimas, humana. Solo les importa tu sumisión." En un mundo fracturado por una tregua frágil, los humanos pagan su tranquilidad con carne. Tras una maldición ancestral que diezmó a las mujeres de su especie, cada año los primogénitos humanos son llevados a la gran Puja de Sangre. Los Alfas compran sirvientes, juguetes... o recipientes para engendrar herederos. Kaelen Vance es el Alfa Supremo de la manada Garra de Ébano. Odia a los humanos por encima de todas las cosas; los ve como los arquitectos de la maldición que extingue a su raza. Él no busca una compañera, busca obediencia ciega. Compra a la esclava número 107 solo para dar un ejemplo de control ante las manadas rivales. Pero Elena no es como los demás. Criada bajo la ley del más fuerte, no es sumisa, no agacha la cabeza y sus ojos no reflejan terror, sino un fuego desafiante que a Kaelen lo descoloca. Él promete romperla. Ella promete no arrodillarse jamás. El juego de poder se vuelve peligroso cuando el más mínimo roce desencadena el lazo místico más temido: Elena es su Mate, su alma gemela. ¿Podrá un monstruo sin corazón reclamar a la humana que juró destruir, antes de que sus enemigos la usen para hundir su imperio?
View MoreElena
—Primogénita número 107. Camine hacia el frente.
Mis ojos están fijos en la enorme edificación frente a mi que se alza casi como una burla.
La "Casa de Piedra y Justicia".
El nombre es una burla sangrienta si tenemos en cuenta lo que está a punto de suceder.
Es un edificio colosal, antiguo y frío, construido con bloques de roca gris que parecen absorber la poca luz del sol. Es aquí donde se celebran los juicios de los lobos y, una vez al año, la Puja de Sangre.
Desde que tengo uso de razón sé que este día llegaría, es asi para todos los primogenitos, ya sean mujeres y hombres, al cumplir los 20 años. Este fue el acuerdo al que ambas razas llegaron para que las matanzas cesaran.
Somos enviados a la Puja de Sangre, donde los alfas más temidos de todo el continente se reunen para adquirir sus nuevas “mascotas” algunas para servidumbre, otras para diversión y el tercer grupo… bueno prefiero no pensar en eso a
—Muevete de una vez 107. —La voz impaciente del lobo que está en la puerta me saca de mis pensamientos y hace que obligue a mis piernas a moverme.
—¡Elena! —grita mi madre, intentando aferrarse a mi vestido.
Un guardia la empuja bruscamente hacia atrás. Mi padre la sostiene mientras mi hermano intenta abalanzarse contra el oficial, pero lo detengo con la mirada.
—¡Estoy bien! ¡Cuiden de mamá! —grito mientras los guardias me toman de los brazos y me arrastran prácticamente hacia el interior del edificio dejando atrás… tal vez para siempre la imagen de mi familia.
Me meten a empujones en un salón enorme y húmedo, donde ya hay un grupo de unas cincuenta chicas y chicos de mi edad.
Algunos lloran en silencio, otros tiemblan de pies a cabeza, acurrucados contra las paredes. El olor a miedo en la habitación es sofocante y se vuelve peor cuando noto los ojos abiertos de todos al ver mi apariencia.
La lastima que reboza de ellos al fijarse en mi anatomía… mis curvas…. mi maldición.
Desde que recuerdo, mi mesa siempre estaba repleta de comida.
Mi madre me obligaba a tragar bocado tras bocado. Corría al baño a vomitar cada vez que terminaba, pero no servía de nada. Mi cuerpo se hinchaba como un globo, hasta convertirse en lo que todos deseaban ver… aquello que yo detestaba con todas mis fuerzas.
A los lobos les gustaban las ofrendas con curvas.
Cuanto más robusta fuera, más alto subiría el precio, y mi familia obtendría una oportunidad para sobrevivir.
La puerta pesada de madera se abre haciendo que me sacunda los recuerdos y un hombre inmenso, de más de dos metros de altura y hombros tan anchos como una puerta, entra en el salón. Es un lobo de alto rango, se le nota en la postura arrogante y el aura de poder que emana. Nos mira a todos como si éramos basura bajo sus botas.
—Escúchenme bien, ganado —dice, y su voz hace que varias chicas ahoguen un grito—. Más les vale controlarse ahí afuera. Si alguna intenta gritar, suplicar o causar un altercado en la tarima, no saldrá de aquí con un dueño. Saldrá en una bolsa de cadáveres. ¿Fui claro?
Nadie responde. El silencio es la única respuesta permitida.
Pasan los minutos, que se sienten como horas eternas. Una a una, van llamando a las chicas por sus números.
Mi corazón empieza a martillar contra mis costillas con una desesperación ciega. Miro hacia el techo, hacia las ventanas altas. Por un segundo, la locura se apodera de mí y considero buscar una ruta de escape, saltar por algún lado y correr hasta que los pulmones me estallen.
Pero al pensar en el rostro inocente de mi hermano menor, sentí un nudo en el estómago.
La puerta se abrió de nuevo. El lobo inmenso clava sus ojos directamente en mí. Siento que me lee el pensamiento.
—Tú —me señala con un dedo grueso—. Camina. Y más te vale dejar las estupideces a un lado a menos que quieras convertirte en alimento para los perros hoy mismo.
— No sé de qué habla.
—O esa boca te va a dar muchos problemas, espero estar ahí para disfrutarlo, humana Ahora camina.
Me niego a que me vea temblar. Aprieto la mandíbula, inclino la frente hacia arriba con orgullo y camino directo hacia él, pasándole por el lado sin bajar la mirada ni un milímetro.
Cruzo el pasillo oscuro y las puertas dobles se abren de par en par, revelando el anfiteatro inundado de luz.
El calor del lugar me golpea, mezclado con un olor intenso a cuero, madera y... algo más. Un olor puramente animal que me eriza la piel. Subo los escalones de madera hasta el centro de la tarima elevada.
Abajo, sentados en gradas semicirculares de terciopelo y oro, están ellos. Docenas de hombres lobo y Alfas de diferentes manadas, vestidos con ropas lujosas, mirándonos con ojos hambrientos, analizando cada centímetro de nuestros cuerpos como si fuesemos caballos de carrera.
Siento la repulsión quemándome por dentro, así que me encargo de darles mi peor mirada. No me encojo. No cruzo los brazos para taparme.
Me planto firmemente en el centro del escenario, con los hombros hacia atrás, y les sostengo la mirada a los que están en las primeras filas, demostrándoles con cada fibra de mi ser que no les tengo miedo.
Que podrán comprar mi cuerpo, pero jamás mi mente.
El subastador empieza a gritar mi número y a hablar de mis características, pero su voz se vuelve un zumbido de fondo cuando, de repente, mis ojos se cruzan con los de alguien en el palco principal.
El aire se me atora en la garganta.
Es un hombre que parece sacado de una pintura de pesadilla y belleza.
Es extremadamente alto, de facciones duras y esculpidas en piedra, con el cabello largo y oscuro peinado hacia atrás, cayéndole de forma salvaje sobre los hombros. Pero lo que me paraliza son sus ojos: son de un verde furioso, brillante, casi sobrenatural.
Y me está mirando con una rabia tan pura y visceral que me congela la sangre. No me mira con lujuria, ni con curiosidad. Me mira con un odio profundo, como si mi sola existencia fuera un insulto para él.
Lejos de apartar la vista, aprieto los dientes y le devuelvo el golpe visual. Le transmito todo el desprecio que siento por su especie, todo el asco, toda mi furia concentrada. Sostengo su mirada verde durante varios segundos que se sienten como una eternidad.
Entonces, veo el movimiento.
El hombre eleva sutilmente la esquina derecha de sus labios. Es una sonrisa lenta, gélida, que no tiene absolutamente nada de bueno.
Es pura crueldad compactada. Es la sonrisa de un depredador que acaba de encontrar a su presa favorita y sabe que la va a despedazar.
Un frío escalofriante me recorre la espina dorsal cuando lo veo mover sus labios en lo que parece ser:
“No debiste hacer eso, humana”
En ese milisegundo, mientras el martillo del subastador cae con un golpe seco en el fondo, lo entiendo.
Acabo de cometer el peor error de mi vida.
Lyra—¡De ninguna puta manera, Lyra! —el rugido de Kaelen retumba con tal fuerza en las paredes de roble del despacho que hace vibrar los cristales de los ventanales. Mi hermano aprieta los puños sobre el escritorio, mirándome con los ojos inyectados en sangre y las venas del cuello a punto de reventar—. ¡Estás en pleno tratamiento con Elena! Ni se te ocurra pensar que voy a dejarte marchar a una propiedad aislada en medio de las montañas como si nada.Mantengo la barbilla en alto, firme sobre mis talones, aunque el pulso me martillea en las sienes. A través del campo de visión que he ido recuperando, distingo su figura imponente, envuelta en esa aura de sobreprotección pesada que me sofoca desde que tengo memoria.—El tratamiento se puede seguir desde allá perfectamente —replico con la voz helada, sin dar un solo paso atrás—. Elena solo tiene que enviarme los frascos del elixir con los mensajeros. No estoy pidiendo tu permiso, Kaelen; te estoy informando de lo que voy a hacer con mi
Esta es una micro historia dentro de la historia principal, aquí los prtagonistas son Lyra y Nick.SinopsisElla huyó para no ser una carga. Él fue enviado para no perderla de vista.Lyra de la Manada Suprema logró sobrevivir al infierno de la guerra y recuperar destellos de la vista que le fue arrebatada por la magia negra. Pero su mayor victoria oculta una peligrosa mentira: los episodios de ceguera siguen regresando sin aviso, amenazando con devolverla al encierro protector del que tanto le costó escapar. Decidida a valerse por sí misma, se refugia en una casa aislada en las fronteras del territorio... pero no viaja sola.Nick, el implacable Beta de la manada y el hombre que durante años la trató como si fuera de cristal, tiene órdenes de no quitarle el ojo de encima. Entre discusiones amargas, miradas que queman y una proximidad forzada en medio de las montañas, la mentira de Lyra empieza a desmoronarse bajo la mirada atenta de Nick.Cuando una amenaza política fronteriza pone a p
ElenaCuatro meses han transcurrido desde que la sombra de Silas y la traición de Frederick fueron borradas definitivamente de la faz de la tierra. Cuatro meses de reconstrucción, de alianzas renacidas y de un arduo trabajo para devolverle la dignidad a nuestro pueblo.El orden en la región se ha reestructurado por completo. Con Lizbeth Heredia liderando el aquelarre del norte como nuestra aliada más leal y el respeto absoluto de la manada ganado a pulso, he tomado plenamente mi lugar como Luna Reina.Se ha iniciado la reconstrucción de la manada suprema de la que provengo, reactivando las tierras ancestrales que una vez fueron arrasadas. Varias manadas vecinas y pequeños aquelarres independientes han comenzado a unirse a nuestro dominio, aceptando nuestra autoridad y buscando la protección del Alfa supremo. Las cosas han ido lento, pero con un paso firme y seguro.Sin embargo, a pesar de la paz floreciente, hay algo que en los últimos días me ha tenido con el corazón enardecido y la
ElenaHa transcurrido una semana entera de trabajo incansable. Siete días agotadores en los que Lizbeth y yo nos hemos encerrado desde el amanecer hasta altas horas de la noche entre grimorios antiguos, frascos de cristal y calderos humeantes.La búsqueda del antídoto no ha sido fácil; combinar la magia de las hechiceras del norte con la esencia sanadora de mi propia sangre pura ha exigido hasta la última gota de mi energía. Pero finalmente lo logramos. Tenemos una pócima que creemos con firmeza que podrá revertir el daño arcano.Aun así, mientras contemplo la pequeña redoma de vidrio dorado que descansa entre mis manos, un temor frío me oprime el pecho. Tengo pánico de darle a Lyra una falsa ilusión. No quiero romperle el corazón si esto termina siendo un estrepitoso fracaso.Lyra permanece sentada frente a mí en el gran salón de la mansión. A pesar de que sus ojos lechosos no pueden enfocarme, parece adivinar la tormenta de dudas que ruge en mi mente.—Elena... puedo oír cómo gira t






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