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Marina Salas contemplaba su reflejo en el espejo mientras cepillaba su cabello y practicaba su mejor sonrisa, la misma que usaría cuando estuviera frente al amor de su vida.
Por un momento, se miró con más atención y sintió un tanto extraña, era más que evidente que el rostro que se veía en el espejo, ya no se parecía en nada al de la jovencita que era cuando se casó.
No lo decía abiertamente, pero en ocasiones, llegaba a sentirse un poco vieja, más cuando su hija Renata se lo había dicho en más de una ocasión.
Casi de inmediato hizo a un lado aquella terrible sensación y, posó sus ojos en la mesa del tocador, buscando la cajita que contenía un reloj que se había percatado que le gustaba a Esteban Montemayor, su amado esposo.
En su rostro se dibujó una bella sonrisa al recordar cómo fue que, en una noche de verano como hoy, Esteban llegó a casa de sus padres, tocó el timbre y, sin más preámbulo, le pidió que se casaran.
—¡Marina, es una 1ocura! —¿Cómo pudiste aceptar así de rápido? —le decían su madre y hermana mayor.
Definitivamente, les podía decir que no fue una 1ocura; tantos años de matrimonio no podían ser una locura. Sus muchos años de matrimonio demuestran su amor.
Cada que miraba la puerta de su habitación, sentía mariposas en la panza al pensar en que, en cualquier momento, su esposo entraría por ahí y continuarían con el festejo por su noveno aniversario.
Marina ya tenía todo preparado: el champán se estaba enfriando, fresas cubiertas de chocolate amargo y, claro, no podían faltar los pretzels, que eran los favoritos de Esteban.
Lina, su hermana menor, se había llevado a sus gemelas a una pijamada en su apartamento, según ella, para darles mayor privacidad, con lo que podían dejar salir sus más bajas pasiones.
Se sonrojaba al pensar en las 1ocuras que cruzaban por la mente de su pervert1da hermana.
Con aquel pensamiento miró su silueta, la cual se encontraba enfundada en un bello y sensua1 camisón color beige. Era obvio que ya no poseía el cuerpo de cuando se casó.
—¡Al menos ya no eres una tabla, Marina! —se dijo a sí misma, observándose con atención.
No podía ocultar que estaba nerviosa, esta era la primera vez que se vestía con algo así. Incluso tardó varios días en decidir si comprar o no, aquella prenda, ya que le preocupaba la reacción de Esteban.
Esperaba que al verla no la considerara ridícula, esa idea la calló de inmediato cuando una voz en su cabeza le dijo: “No todos los días es tu aniversario”.
Este fue también el comienzo de su discurso de aniversario, cuidadosamente preparado.
—No todos los días es tu aniversario… Esteban Montemayor, hoy en nuestro noveno aniversario, puedo decir que… El tiempo ha pasado como agua entre las manos, ha sido toda una vida llena de buenos momentos, retos, alegrías y dos grandes bendiciones…”
En el pasado, la verdad era que la familia de Marina, muchas veces, dudó de aquel repentino matrimonio, más cuando Esteban y ella no tenían una relación, además de que él llevaba viviendo fuera del pueblo varios años.
Sin embargo, Marina, ante la propuesta, se aferró a sus sentimientos y no hubo poder humano que la hiciera cambiar de opinión.
Marina hoy día se sentía orgullosa, podía presumir de un estable y feliz matrimonio, el cual se había complementado con sus gemelas. Renata y Diana, a las que amaba con todo su corazón.
De pronto, sus pensamientos se vieron interrumpidos al ver que su atractivo esposo abría la puerta.
Al verlo, sintió una punzada en el estómago; todo el día había imaginado este momento y, ahora que sucedía, no podía evitar sentirse nerviosa, tal como en su primera noche de bodas.
—Esteban… —dijo Marina como un susurro.
El hombre se quedó pasmado en el umbral de la puerta; la recorrió con la mirada más de una vez, lo que provocó que Marina se pusiera más nerviosa de lo que ya estaba.
Esteban poseía un atractivo único, el cual, no había hecho más que perfeccionarse con el paso de los años.
La mirada de Esteban era penetrante y en algunas personas provocaba intimidación, no así en Marina, quien podía sentir cómo aquellos oscuros ojos la estaban desnudando, lo que provocó que su piel se erizara y su zona íntima se mojara sin antes ser tocada.
Tras lo que pareció una eternidad, que solo habían sido unos dos o tres minutos, Esteban finalmente entró, cerró la puerta y caminó directo a Marina.
Ella, al ver aquella acción, tomó la caja con su obsequio y dijo:
—Esteban, mi vida, mira, este es un pequeño detalle para ti… Es... Es algo que desde hace mucho he visto que querías, yo… Yo ahorré para poder comprarlo, no lo pagué con tu tarjeta, bueno, sí, pero… Pero fui ahorrando desde hace mucho…
Esteban se percató del delicioso aroma que se desprendía del cuerpo semidesnudo de Marina. Tomó la cajita, la tomó de la cintura, la atrajo hacia él y plasmó sus labios en los de ella en un beso lleno de deseo y pasión, pero, casi de inmediato, reaccionó, se apartó, miró la caja y dijo,
—Marina… Lo lamento, pero ¡quiero el divorcio!
En casa de los Forcelledo Salas, los años habían traído nuevas costumbres, responsabilidades y una cantidad considerable de ruido.Diana y Renata se acercaban a la adolescencia, y aunque sus rostros todavía conservaban aquel parecido que tantas veces había confundido a quienes no las conocían, sus personalidades resultaban cada vez más diferentes.Renata tenía una facilidad extraordinaria para conseguir que las conversaciones giraran alrededor de sus intereses. Le gustaba recibir atención, sentirse importante y saber que los demás estaban pendientes de ella. Cuando algo no sucedía como esperaba, podía pasar de la alegría al disgusto con una rapidez, cosa que comenzaba a preocupar a Marina.Diana era distinta. Observaba más de lo que decía y había aprendido a guardar ciertos sentimientos para sí misma, especialmente aquellos que todavía no sabía cómo explicar.Una tarde, mientras ambas estaban en casa, recibieron una visita; Gio había llegado para ver a Renata.Diana lo descubrió desde
Tres años después…Había transcurrido el tiempo suficiente para que muchas cosas cambiaran, aunque no tantas como para borrar las huellas de lo vivido. Algunas personas habían encontrado aquello que durante años buscaron sin saber exactamente qué necesitaban; otras habían descubierto que la felicidad no siempre llegaba acompañada de grandes acontecimientos y que, en ocasiones, bastaba con abrir los ojos una mañana y comprender que ya no había nada de qué huir.La vida había seguido su curso, como siempre lo hacía, sin detenerse por las ausencias, los arrepentimientos o las promesas que alguna vez quedaron incumplidas. Había nuevos hogares, nuevos trabajos, niños que crecían demasiado deprisa y adultos que, después de tantas equivocaciones, comenzaban a comprender que nunca era demasiado tarde para aprender a vivir.Y aunque sus caminos los habían llevado a distintos lugares del mundo, todos conservaban algo en común: una historia que, de una u otra manera, había cambiado para siempre
Cuando llegó el momento del pastel, reunir a todos alrededor de la mesa resultó mucho más complicado de lo que Marina había imaginado.Diego quería caminar y Javier parecía especialmente interesado en uno de los adornos.Lina sostenía a Liam mientras Patrik intentaba conseguir que el pequeño mirara hacia la cámara; Paulina permanecía junto a Sebastián, quien le había acercado una silla para que no tuviera que quedarse de pie durante demasiado tiempo.Rigoberto se colocó detrás de sus hijas y sonrió cuando Marina le pidió que se acercara un poco más. Lucrecia y Sofí ocuparon sus lugares junto a los ahijados, mientras Ofelia y su esposo se unieron al grupo entre las bromas de Efraín.Diana comenzó a cantar antes de tiempo.—¡Todavía no! —protestó Renata. —¡Faltan las velas!—¡Ya las están poniendo!—¡Pues espera!Marina soltó una carcajada mientras Efraín intentaba impedir que Javier alcanzara el pastel. Finalmente, encendieron las velas y todos comenzaron a cantar.Diego observó las pe
Más tarde, mientras los invitados disfrutaban de la comida, las tres hermanas consiguieron sentarse juntas bajo la sombra de un árbol. Patrik y Sebastián conversaban con Efraín y Rigoberto a poca distancia, mientras los niños permanecían entretenidos con los juegos preparados para la celebración.Lina sostenía a Liam, que comenzaba a mostrar señales de sueño, y Paulina observaba a su hijo con una sonrisa.—Todavía no puedo creer que seas madre —dijo Paulina mirando a su hermana.—Yo tampoco, algunas mañanas… —dijo Lina haciendo una pausa. —Especialmente cuando Liam decide despertarse antes de que salga el sol.—¿Y Patrik?—Patrik se levanta, revisa que todo esté bien y después me pregunta si necesito algo; es desesperante tener a alguien tan considerado cuando una está de mal humor.—Pobre hombre. —dijo Marina riendo.—No le tengas lástima. Él sabía perfectamente con quién se estaba metiendo.Paulina negó con la cabeza, divertida, y tomó un poco de agua.—Yo también estoy descubriendo
- ¡Renata, deja de tocar el pastel!—¡No lo estoy tocando!—¡Tienes crema en el dedo!—¡Porque se me pegó!Diana observó a su hermana con una expresión de absoluta incredulidad, mientras Renata escondía la mano detrás de la espalda y miraba hacia otro lado. El pastel todavía no había sido colocado en su mesa definitiva y ya estaba provocando la primera discusión de la mañana.Marina, que había escuchado el intercambio desde la entrada del jardín, se acercó justo cuando Renata intentaba convencer a Diana de que aquella pequeña marca en el betún había aparecido sola.—¿Qué está sucediendo aquí?—¡Renata se comió un pedazo del pastel de los bebés! —acusó Diana.—¡No me comí ningún pedazo! —protestó Renata inmediatamente. —Solamente probé un poquito de crema.Marina observó el pastel, después el dedo de Renata y finalmente la expresión indignada de Diana; tuvo que contener una sonrisa antes de tomar una servilleta para limpiarle la mano a su hija.—Renata, el pastel es para compartirlo cu
El aterrizaje transcurrió sin contratiempos; una vez fuera de la cesta, Marina se volvió hacia el globo y después miró a Efraín con una sonrisa enorme.—Lo hice.—Lo hiciste —confirmó él.—¡De verdad lo hice!Marina sonrió llena de felicidad, luego se acercó para abrazarlo. Efraín la levantó apenas del suelo antes de volver a dejarla, riendo al verla tan entusiasmada.—¿Contenta?—Muchísimo.Ella lo besó y después volvió la cabeza para contemplar el globo; durante años había imaginado aquel paseo como algo que haría algún día; ahora podía recordarlo como algo que había hecho, y esa diferencia le producía una felicidad inmensa.Desayunaron antes de regresar a casa. Marina revisó las fotografías mientras esperaba su comida y descubrió que había tomado muchas más de las que pensaba. Algunas estaban movidas, otras mostraban casi exclusivamente el cielo y en una Efraín aparecía con una expresión particularmente seria que la hizo comenzar a reír.—¿Qué sucede? —preguntó él.Marina le mostró







