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Capítulo 2: El maldito camisón

Autor: Alut
last update Data de publicação: 2026-03-10 16:57:45

Marina se sintió desconcertada ante las palabras que su esposo le había lanzado, más después de aquel beso.

—¡No hagas bromas de este tipo, cariño!

—Marina, te estoy siendo completamente honesto, ya no puedo más… —espetó Esteban, tratando de hacerla ver que se trataba de la verdad. —¡Quiero el divorcio! ¡Ya no puedo más!

Marina se acercó a donde estaba la champaña, lo miró sonriente y dijo:

—¡Mira! Tengo Armand de Brignac enfriándose, es tu favorito… ¡Anda, mi vida, ven! Ayúdame a abrirlo; ya sabes que no soy muy buena con estas cosas.

—Marina…respondió Esteban con seriedad. —Yo lamento hacer esto… De verdad, lo he intentado, he hecho todo lo posible por que esto funcione en todos estos años, pero no puedo seguir engañándome, Marina, no te amo; es más, no sé si algún día lo hice.

El rostro de Marina se descompuso; pasó de tener una bella sonrisa dibujada a una cara llena de incredulidad.

—¿Qué estás diciendo?

—¡Lo siento, Marina! Yo no quería hacer esto y menos hoy, pero… pero… -dijo Esteban tratando de encontrar las palabras correctas.

—Pero… ¿QUÉÉ? ¿QUÉ DEMONIOS? ¿QUÉEE? —gritó Marina dándose cuenta de que Esteban no estaba jugando.

—¡Marina! Por favor, no te pongas así… —dijo Esteban, viendo cómo su esposa cambiaba drásticamente.

—¿ASÍ CÓMO? ¡MALD1TA SEA! ¡DIMEEE! ¿ASÍ COMO? —gritó Marina al escuchar que Esteban intentaba calmar la situación. —¿QUÉ HICE MAL? ¿POR QUÉ HACÉS ESTO?

Los ojos de Marina se llenaron de lágrimas y su voz poco a poco se había ido quebrando al sentir un terrible nudo en la garganta formándose.

—¡Marina! Creía que podíamos hablarlo con más tranquilidad, pero veo que no estás lista para ello.

—¿Tranquilidad?—gritó Marina sosteniendo por el cuello la botella de champaña.

Esteban no necesitaba ser muy listo para darse cuenta de que, si no salía de ahí, las cosas podrían complicarse aún más y sus planes se vendrían abajo.

—Marina, me voy de la casa… Espero que cuando estés un poco más tranquila, podamos hablar para fijar los términos del divorcio; aquí te dejo el convenio para que lo revises y lo firmes. —Dijo Esteban, entrando a su guardarropa y saliendo casi de inmediato con una pequeña maleta en manos.

Marina no podía creer lo que estaba escuchando y viendo; era evidente que su esposo ya tenía todo listo.

—Esteban, cuida muy bien tus palabras. ¿Acaso no piensas en tus hijas?

—Marina, ya te lo dije, hablaremos cuando estés más tranquila…

—Dime una cosa, solo respóndeme una cosa, ¿hay alguien más? —dijo Marina aun con temor a lo que fuese a escuchar. —¡Esteban! Dime, ¿hay alguien más? ¿Por eso has estado así conmigo? ¡RESPONDEEEE CON UN DEMONIO!

Esteban no dijo más; no supo o no quiso responder a aquella pregunta, por lo que, solo se limitó a guardar silencio y salir de la habitación.

Para él, todo lo ocurrido durante la “cena de aniversario” no había sido más que un suplicio; él no había estado de acuerdo, pero tampoco había objetado lo suficiente.

Marina, por su parte, solo vio cómo aquel hombre salía de la habitación, salió al balcón y alcanzó a ver cómo su esposo se marchaba en el deportivo que hacía pocos días se había comprado.

Tras aquello, no pudo más, se desplomó en el suelo y comenzó a llorar hasta que no pudo más.

La joven mujer no supo en qué momento había amanecido, mucho menos recordaba cómo había llegado a su cama, al abrir los ojos, los sintió tremendamente adoloridos e inflamados.

Al recorrer con la mirada la habitación, todo parecía estar tal cual hace unas pocas horas: la champaña, las fresas, los pretzeles, todo, incluso la cajita con su regalo.

En la mente de aquella mujer rondaba una única pregunta: ¿Qué había hecho mal?

Inconscientemente, levantó la mirada y vio su reflejo en aquel amplio espejo, sus ojos ya no mostraban el brillo de hace unas horas, su maquillaje estaba corrido, lucía pálida, cansada y ojerosa.

Verse así le pareció patético, ahora que se miraba con atención, la diminuta prenda que la cubría se le hacía espantosa. Se sentía gorda, fea y sobre todo vieja.

Con rabia lanzó el reloj contra el espejo, quería romperlo, quería que aquello no mostrara lo que a leguas no se podía ocultar.

—¿Por qué me haces esto? —Dijo mientras sentía cómo el dolor, la rabia y la incertidumbre se mezclaban y la embargaban.

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