Home / Romance / La mujer que nunca fui / Capítulo 5: Reloj de pulsera

Share

Capítulo 5: Reloj de pulsera

Author: Alut
last update publish date: 2026-03-10 17:50:49

Tras lo sucedido en el aeropuerto, la noticia se supo dentro de la familia Salas y Montemayor; las reacciones de incredulidad de algunos miembros no se hicieron esperar, no así para el padre de Esteban y la madre de Marina.

Ambas personas en cada trinchera, no lo decían, no lo gritaban, pero sabían bien que eso era algo que un día iba a pasar, la pregunta en su interior era: ¿Cuándo?

Los días pasaron con rapidez y, en un abrir y cerrar de ojos, ya habían pasado casi tres meses.

De todas las reacciones, las que más le importaban a Marina eran las de sus hijas: Renata y Diana. Para Esteban había resultado muy fácil marcharse, ya que, aunque decía amar a sus hijas y preocuparse por ellas, él no era testigo de lo que en verdad sucedía.

Diana se había vuelto callada y tímida, la mayoría de las ocasiones; después del colegio se encerraba en su habitación, tomaba un abrigo de su padre y se ponía a llorar hasta quedarse dormida.

Renata, por otra parte, se mostraba más en contra de Marina; la retaba, la desobedecía e incluso la culpaba. Sí, culpaba a su madre de que su padre ya no estuviese con ellas y no solo eso, ella no paraba de decirle que la había dejado por estar gorda, vieja y ser muy enojona.

La primera vez que la escuchó decir aquello, Marina, sin pensarlo dos veces, la abofeteó; luego reaccionó y se disculpó, pero aquello, solo sirvió para hacer que la grieta entre ellas se hiciera mucho mayor.

Marina trataba de mantener la calma y controlar los arranques de su hija, pero en ocasiones, siendo honesta, sentía que todo aquello la estaba superando.

Cansada y preocupada por la situación, tras pensarlo con detenimiento, decidió tragarse el orgullo e ir a ver a Esteban para hablar sobre lo que ocurría con sus hijas.

—Señora Montemayor, mi jefe está en una junta muy importante, no creo que la pueda atender. De verdad, me da mucha pena; ya le avisé que está usted aquí, pero… —Hizo una pausa la joven asistente. —Me dice que tiene la agenda llena.

—Tengo algo muy urgente que revisar con él y no me moveré de aquí hasta que pueda recibirme. Supongo que en algún momento deberá comer o tomar un descanso, ¿no lo crees? —expresó Marina, convencida de que lo que tenía que hablar con su aún marido no podría esperar más.

La asistente sentía lástima por aquella joven mujer, por dentro rogaba que se retirara, pues era seguro que lo que vería una vez que esa puerta se abriera, no le iba a gustar.

Más temprano que tarde, sus temores se hicieron realidad: la puerta se abrió y de ahí salió Lorena Huesca, la cual iba enfundada en un precioso vestido de diseñador color negro, el cual se ceñía muy bien a sus curvas.

Marina al inicio no la reconoció, pero bastaron unos cuantos segundos para que el timbre de su voz y sonrisa la hicieran mirarla dos veces. Al hacerlo, sus ojos se llenaron de incredulidad; ese cabello rubio, esos ojos azul profundo, esa silueta…

—¡Marina! —dijo Lorena con un aire relajado.

—¿Lorena Huesca? —preguntó Marina sintiendo cómo el aire le faltaba.

—La misma… —respondió Lorena con orgullo.

—¿Trabajas aquí con Esteban? —dijo Marina, comenzando a atar cabos.

Fue cuestión de segundos lo que la llevó a darse cuenta de todo, tras hacerlo, un enorme nudo se formó en su garganta.

—¡Sí! Acabo de iniciar hace poco, me da mucho gusto verte…

—¿Marina? ¿Qué haces aquí? —se escuchó la voz molesta pero algo nerviosa de Esteban.

—Te… Tengo un tema del que hablar contigo, se trata de nuestras hijas… —expresó Marina tratando de aparentar calma ante lo que su mente ya dibujaba.

Esteban tomó aire, supo que habría problemas de no recibirla, así que con la mano señaló para que su esposa pasara a su oficina.

—Bueno, Marina, gusto en verte, te dejo. Voy a mi oficina. —recalcó Lorena su posición en ese lugar.

Marina sabía que la amabilidad con la que la trataba en ese momento solo era fingida. En el pasado, cuando ella era una chiquilla y Lorena era una adolescente, nunca había sido amable, solía verla como una molestia, la excluía de los juegos y hacía que sus vecinitos la evitaran inventando historias ridículas de ella.

Aquel recuerdo provocó que el corazón de Marina se estrujara, puesto que no era lo único que recordaba.

Marina no era tont@, ella sabía que Lorena había sido la novia de Esteban en la adolescencia, incluso juntos se habían ido a estudiar la universidad a Boston. El que ella estuviese trabajando en el grupo Montemayor no era una simple coincidencia.

Esteban, por su lado, tan pronto vio cómo Marina entró a la oficina, cerró la puerta y dijo:

—¡Sé breve! Ya te había dicho que tenía la agenda llena, no sé por qué insististe tanto en hablar.

—Se trata de tus hijas… —dijo Marina, apartando de su mente una verdad visiblemente dolorosa.

—¿Qué sucede con ellas? Apenas las vi hace dos semanas y estaban perfectamente bien. ¿Qué necesitan? ¿Algún permiso? ¿Dinero?

—Diana está muy triste, se pasa largas horas llorando mientras abraza una prenda tuya, y Renata, cada día se comporta peor; me han mandado a llamar del colegio, no entra a clases, se ha peleado con algunas compañeras, ha ofendido a sus profesoras y no va nada bien en sus calificaciones.

Esteban, por su parte, al escuchar aquello, tomó aquellas declaraciones como el producto de un chantaje emocional con el que Marina quería convencerlo de volver.

—Marina, nuestras hijas estaban bien hasta hace dos semanas, ¿cómo esperas que te crea? Son niñas; tienen días buenos y días malos. —dijo Esteban, restándole importancia a lo dicho por su esposa. —No entiendo por qué eso justifica que tú vengas hasta aquí y me hagas perder el tiempo.

—¡Esteban! ¿Qué clase de padre eres? ¿Ya no te importan tus hijas? ¿Verdad? —replicó Marina, comenzando a sentir molestia al ver la poca atención que ponía.

—¡CLARO QUE ME IMPORTAN! ¡SON MIS HIJAS! ¡PERO ESO NO TE DA DERECHO A JUGAR CON ELLAS! —dijo Esteban en voz alta dando un golpe sobre el escritorio al tiempo que se levantaba de su asiento. —¡Mis niñas están absolutamente bien! ¡Tú eres la que se niega a pasar la página! ¡Tú eres la que quiere convencerme de volver a través de la lástima! Pero, ¿te digo algo? He sido muy claro y honesto, ¡YA NO TE AMO!

Marina, al escuchar aquello, sintió una fuerte punzada en el pecho, habían pasado tres meses desde que él se había ido de casa y, aún le costaba aceptar que el hombre frente a ella fuese el mismo con el que se había casado.

—¡BASTA! —dijo Marina, cambiando su voz suave y preocupada, a un tono molesto. —¿ACASO TODOS ESTOS AÑOS NO FUERON SUFICIENTES PARA CONOCERME? ¿CREES QUE SERÍA CAPAZ DE UTILIZAR A MIS HIJAS PARA HACERTE VOLVER?

Marina hizo una pausa, pues sentía como su labio inferior no paraba de temblar y las lágrimas amenazaban con salir y contar lo que de verdad sentía.

—Lo único que buscaba en venir aquí… Era que juntos encontráramos la mejor manera de hacerles entender que, aun separándonos, el amor por ellas no se acabará jamás… Pero, ¿sabes? Ahora creo que, si estoy aquí, es porque algo me hizo venir a saber la verdad.

—¿De qué hablas? Por favor, mujer, ya para; no sé de qué hablas. —expresó Esteban, retirándose los lentes con frustración.

—La mujer que acaba de salir de tu oficina es Lorena Huesca, ¿no es así? —dijo Marina sin darle tiempo a Esteban de reaccionar.

Para cuando el hombre se dio cuenta de su error, ya era demasiado tarde.

—Ella es la chica con la que saliste por muchos años. Será acaso que me pediste el divorcio porque ella volvió. ¿Verdad? —gritó Marina al darse cuenta de que aquello no sonaba como un error, sino como una afirmación.

—¿Sabes qué? —dijo Esteban levantando la muñeca y mirando su reloj de pulsera.

Aquel acto inconsciente para él, pero revelador para ella, le mostró algo que se le clavó directo en el corazón.

El reloj que llevaba puesto era el regalo de aniversario que ella le había hecho, mientras que el reloj nuevo había sido destrozado por Marina.

Marina, al notar aquel detalle, inmediatamente sintió como el estómago se le revolvió.

—Tengo una junta muy importante ahora, yo sí soy un hombre muy ocupado, así que nuestra plática terminó. Mis hijas están bien y no necesito que vengas a quererme chantajear con que están mal; yo las veo perfectas.

Marina no dijo más, solo tomó su bolso y salió sin decir adiós.

Continue to read this book for free
Scan code to download App

Latest chapter

  • La mujer que nunca fui   Capítulo 510: Hoy decidía lo que quería ser…

    Cuando llegó el momento del pastel, reunir a todos alrededor de la mesa resultó mucho más complicado de lo que Marina había imaginado.Diego quería caminar y Javier parecía especialmente interesado en uno de los adornos.Lina sostenía a Liam mientras Patrik intentaba conseguir que el pequeño mirara hacia la cámara; Paulina permanecía junto a Sebastián, quien le había acercado una silla para que no tuviera que quedarse de pie durante demasiado tiempo.Rigoberto se colocó detrás de sus hijas y sonrió cuando Marina le pidió que se acercara un poco más. Lucrecia y Sofí ocuparon sus lugares junto a los ahijados, mientras Ofelia y su esposo se unieron al grupo entre las bromas de Efraín.Diana comenzó a cantar antes de tiempo.—¡Todavía no! —protestó Renata. —¡Faltan las velas!—¡Ya las están poniendo!—¡Pues espera!Marina soltó una carcajada mientras Efraín intentaba impedir que Javier alcanzara el pastel. Finalmente, encendieron las velas y todos comenzaron a cantar.Diego observó las pe

  • La mujer que nunca fui   Capítulo 509: Un día agradable

    Más tarde, mientras los invitados disfrutaban de la comida, las tres hermanas consiguieron sentarse juntas bajo la sombra de un árbol. Patrik y Sebastián conversaban con Efraín y Rigoberto a poca distancia, mientras los niños permanecían entretenidos con los juegos preparados para la celebración.Lina sostenía a Liam, que comenzaba a mostrar señales de sueño, y Paulina observaba a su hijo con una sonrisa.—Todavía no puedo creer que seas madre —dijo Paulina mirando a su hermana.—Yo tampoco, algunas mañanas… —dijo Lina haciendo una pausa. —Especialmente cuando Liam decide despertarse antes de que salga el sol.—¿Y Patrik?—Patrik se levanta, revisa que todo esté bien y después me pregunta si necesito algo; es desesperante tener a alguien tan considerado cuando una está de mal humor.—Pobre hombre. —dijo Marina riendo.—No le tengas lástima. Él sabía perfectamente con quién se estaba metiendo.Paulina negó con la cabeza, divertida, y tomó un poco de agua.—Yo también estoy descubriendo

  • La mujer que nunca fui   Capítulo 508: Estoy embarazada

    - ¡Renata, deja de tocar el pastel!—¡No lo estoy tocando!—¡Tienes crema en el dedo!—¡Porque se me pegó!Diana observó a su hermana con una expresión de absoluta incredulidad, mientras Renata escondía la mano detrás de la espalda y miraba hacia otro lado. El pastel todavía no había sido colocado en su mesa definitiva y ya estaba provocando la primera discusión de la mañana.Marina, que había escuchado el intercambio desde la entrada del jardín, se acercó justo cuando Renata intentaba convencer a Diana de que aquella pequeña marca en el betún había aparecido sola.—¿Qué está sucediendo aquí?—¡Renata se comió un pedazo del pastel de los bebés! —acusó Diana.—¡No me comí ningún pedazo! —protestó Renata inmediatamente. —Solamente probé un poquito de crema.Marina observó el pastel, después el dedo de Renata y finalmente la expresión indignada de Diana; tuvo que contener una sonrisa antes de tomar una servilleta para limpiarle la mano a su hija.—Renata, el pastel es para compartirlo cu

  • La mujer que nunca fui   Capítulo 507: ¿Qué tienes en mente?

    El aterrizaje transcurrió sin contratiempos; una vez fuera de la cesta, Marina se volvió hacia el globo y después miró a Efraín con una sonrisa enorme.—Lo hice.—Lo hiciste —confirmó él.—¡De verdad lo hice!Marina sonrió llena de felicidad, luego se acercó para abrazarlo. Efraín la levantó apenas del suelo antes de volver a dejarla, riendo al verla tan entusiasmada.—¿Contenta?—Muchísimo.Ella lo besó y después volvió la cabeza para contemplar el globo; durante años había imaginado aquel paseo como algo que haría algún día; ahora podía recordarlo como algo que había hecho, y esa diferencia le producía una felicidad inmensa.Desayunaron antes de regresar a casa. Marina revisó las fotografías mientras esperaba su comida y descubrió que había tomado muchas más de las que pensaba. Algunas estaban movidas, otras mostraban casi exclusivamente el cielo y en una Efraín aparecía con una expresión particularmente seria que la hizo comenzar a reír.—¿Qué sucede? —preguntó él.Marina le mostró

  • La mujer que nunca fui   Capítulo 506: ¿Me tomas una fotografía?

    El cielo todavía estaba oscuro cuando Marina salió de su habitación; llevaba pantalones cómodos, una chamarra y el cabello recogido en una trenza que había terminado de hacerse frente al espejo.En una mano sostenía su bolso y en la otra, el teléfono, donde había revisado por última vez la información del vuelo. Efraín la esperaba al pie de la escalera y, al verla aparecer, guardó las llaves que había estado haciendo girar entre sus dedos.—¿Lista?Marina se detuvo en el último escalón y lo miró con una expresión desconfiada.—Eso depende. ¿Vamos a hacer lo que dice mi libreta o estás planeando llevarme a desayunar a algún sitio y después decirme que las condiciones no eran adecuadas?—Las condiciones son adecuadas, confirmaron el vuelo anoche.—¿Y el clima?—También lo revisamos anoche.—¿Y si empieza a hacer viento?—No volamos.—¿Y si llueve?—Tampoco.Marina frunció los labios al descubrir la sonrisa que Efraín intentaba disimular.—Estás disfrutando demasiado esto.—Un poco. —admi

  • La mujer que nunca fui   Capítulo 505: También tenía una vida que disfrutar…

    Ofelia miró el reloj antes de guardar las últimas cosas en su bolso; por primera vez en mucho tiempo, no llevaba prisa, había terminado sus pendientes, dejado algunas indicaciones y comprobado que los bebés tenían todo lo necesario. Marina estaba en casa, Efraín también, y no existía ninguna razón para prolongar su jornada.—¿Ya te vas? —preguntó Marina al encontrarla cerca de la entrada.—Eso intento, pero si me sigues entreteniendo, voy a terminar llegando tarde.—¿Tienes algún compromiso? —preguntó Marina sonriendo.—Voy a salir con mi marido, quedamos en encontrarnos en la ciudad para comer algo y dar una vuelta. Hace días que lo venimos posponiendo.—Entonces no te entretengo más.—Mañana nos vemos y no quiero encontrarme con que decidiste encargarte de todo tú sola mientras yo no estoy; para algo tienes a ese hombre que anda por la casa cargando niños. —dijo Ofelia acomodándose el bolso.—Se llama Efraín. —dijo Marina soltando una carcajada.—Sé perfectamente cómo se llama, tambi

More Chapters
Explore and read good novels for free
Free access to a vast number of good novels on GoodNovel app. Download the books you like and read anywhere & anytime.
Read books for free on the app
SCAN CODE TO READ ON APP
DMCA.com Protection Status