MasukPOV IgnacioEl silencio que sigue a mis palabras es tan denso que casi ahoga el pitido constante del monitor cardiaco. Durante unos segundos interminables, Clara se queda inmóvil, paralizada en medio de la habitación. El color no regresa a sus mejillas; al contrario, su piel adquiere una palidez traslúcida, casi cadavérica, mientras sus pupilas se dilatan hasta casi devorar el color de sus ojos.Esperaba gritos, llanto o una bofetada. Estaba preparado para el estallido de furia de una mujer herida en su orgullo. Lo que no esperaba era la risa.Una risa corta, seca, metálica, que brota de su garganta sin ningún rastro de alegría.—¿Nuestro compromiso se acabó? —repite, modulando las palabras despacio, como si estuviera ensayando una frase en un idioma extranjero—. ¿De verdad me estás diciendo eso, Ignacio? ¿Con esa cara de santo arrepentido desde una cama de hospital?Da un paso hacia mí. Luego otro. Ya no hay rastro de la temblorosa fragilidad o del enojo de hace unos instantes. Sus h
POV IgnacioEl chasquido de los tacones sobre el suelo de la habitación me saca del letargo en el que quedé sumido tras la partida de Leona. Cierro los ojos un segundo, deseando que sea una enfermera para cambiar la vía o traerme agua, pero al abrirlos me encuentro con Clara.Maldita sea mi suerte. Después de mi madre, ella es la segunda persona que menos deseo ver en este momento.Entra como un vendaval. Su peinado impecable tiene un mechón ligeramente fuera de lugar y el rubor de sus mejillas no es el habitual; está alterada, con el pecho agitado y los puños apretados a los lados del cuerpo. Pierde por completo la elegancia pausada con la que suele desplazarse.—Clara... —alcanzo a murmurar.Ella tensa la mandíbula y suelta un bufido. No es la Clara dulce y tranquila que conozco.—¿A título de qué vino esa mujer a verte, Ignacio? —dispara sin preámbulos, alzando la voz más de lo debido—. ¡Exijo una explicación!La miro desde la cama, sintiendo cómo el cansancio físico se mezcla con
POV LeonaApenas cruzo el umbral de la puerta y me dispongo a avanzar por el pasillo, una figura emerge de la penumbra junto al ascensor. Tacones apresurados, respiración agitada.Antes de que pueda reaccionar o dar un paso al costado, unos dedos pulcros y rígidos se clavan en mi brazo con una fuerza desmedida, tomándome por sorpresa.—¿Qué pretendes viniendo a rondar a Ignacio? —sisea Clara, perdiendo por completo la compostura refinada y dulce que siempre la ha caracterizado.Sus ojos, habitualmente tranquilos e ingenuos, están inyectados de rabia. El temblor rabioso de sus labios y el tinte pálido de su rostro me lo confirman al instante: Clara lo sabe todo. Sabe sobre el lugar que ocupé en la vida de Ignacio durante tres años. Por lo que veo, ya no hay máscaras entre nosotras.A decir verdad, lo prefiero así. Fingir cansa más que decir la verdad.—Suéltame, Clara —digo con voz pausada, intentando mantener la templanza mientras tiro levemente de mi brazo para liberarme de su agarre
POV LeonaMe quedo inmóvil a dos pasos de la cama. La tentación instintiva de dar un paso atrás y aferrarme al picaporte de la puerta me golpea con fuerza, pero obligo a mis pies a mantenerse firmes sobre el piso de vinilo. El olor a antiséptico y el pitido rítmico del monitor cardiaco son los únicos testigos del aire denso que se forma entre los dos.—No te levantes, Ignacio —repito, endureciendo el tono de mi voz para enmascarar la sacudida que dio mi pecho al verlo tan debilitado—. Apenas acabas de salir de terapia intensiva. No vine aquí para que te alteres, ni te esfuerces.Esboza una tibia sonrisa. No es ni por asomo el poderoso Ignacio que conozco.—No me importa —raspa él, ignorando la advertencia. Logra acomodarse apenas un poco más erguido, aunque la respiración se le corta y debe cerrar los ojos un instante por el esfuerzo. Cuando los vuelve a abrir, sus pupilas oscuras brillan con una fiebre desesperada—. Creí que no vendrías. Le supliqué a Anna que te buscara, le pedí a l
POV Leona Luciano detiene el auto frente a la entrada principal del hospital y apaga el motor, pero no hace ademán de bajar. —Hasta la puerta, como acordamos —dice, con una media sonrisa que se le queda a mitad de camino. —Hasta la puerta —repito. Por un momento nadie se mueve. Afuera, la mañana todavía es fresca y el movimiento de enfermeras y familiares empieza apenas a llenar la acera. Yo tengo las manos entrelazadas sobre mi regazo y me doy cuenta de que las estoy apretando con tanta fuerza que se me han puesto blancos los nudillos. Luciano estira la mano y las cubre con la suya. —Es mejor que subas sola —murmura—. Es tu conversación, Leona; no la mía. Si estoy cerca voy a querer protegerte, y eso no es lo que necesitas hoy. Ya sabes lo que opino sobre esto... Pero no pienso interferir. Lo miro. Veo esos ojos grises, serenos, con una sombra de algo que no se atreve a nombrar. Entiendo lo que cuesta ese gesto y se lo agradezco más de lo que podría decirle. —¿Estará
POV LeonaLa cena transcurre casi en completo silencio. Parece que, después de la conversación que tuvimos, ninguno de los dos tiene ganas de hablar.No puedo evitar sentir una cierta desolación ante el solo hecho de pensar en separarme de Luciano, pero a la vez siento que es lo mejor.Cuando levanto mi mirada me encuentro con los inquisitivos ojos de Luciano. Mi respiración se corta al instante.Mi semblante debe ser bastante expresivo, porque Luciano comienza a reír como un tonto.—¿Puedes decirme qué estamos haciendo, Leona? —dice, dejando los cubiertos sobre la mesa.—¿Qué hacemos? —replico, desconcertada.—Esto. No hablar de nada como si ya nos hubiésemos dicho todo, cuando no es así —dice, recostándose contra el respaldo y agudizando la mirada—. Si quieres irte de esta casa, está bien para mí. No voy a mentirte: lo odio, lo admito.Trago saliva y aprieto la servilleta antes de decir algo. Muy dentro de mí, no quería admitir que me dolía un poco que él no me pidiera que me quedar







