Tú me volviste loco

Tú me volviste loco

last updateLast Updated : 2026-09-26
By:  Itha LeónUpdated just now
Language: Spanish
goodnovel18goodnovel
Not enough ratings
9Chapters
101views
Read
Add to library

Share:  

Report
Overview
Catalog
SCAN CODE TO READ ON APP

Viridiana acaba de prenderle fuego a la ropa de su exmarido y consigue el divorcio a base de gritos y cerillos. Sin un peso, entra a trabajar como camarera en un hotel de lujo en Bucama, donde se hospeda una delegación europea. Entre los huéspedes está un tipo que todos llaman "el príncipe". Ella cree que es broma y, para desquitarse del mundo, le pinta bigotes y lentes a su retrato en la pared del jardín. La sorpresa es que él la descubre, pero en vez de enojarse, se ríe. Cuando unos guardias se acercan, ella lo agarra de la mano y salen corriendo sin saber que está arrastrando al rey de España. Él, harto del protocolo, se deja llevar. Entre huídas, tacos de canasta y un karaoke improvisado, ninguno quiere soltarse. Pero ella no sabe quién es, y él no sabe cómo decirle sin que se vaya.

View More

Chapter 1

Capítulo 1

Abrí la puerta del cuarto y me los encontré a los dos en pelotas, enredados en mis sábanas. La rubia esa, la de la recepción, tenía el rimel corrido y una expresión de venado atropellado. Javier, mi Javier, estaba tan blanco que parecía un flan con patas, tratando de cubrirse con mi almohada favorita.

—Esto no es lo que parece —dijo él, con la voz toda ronca y estúpida.

—Ah, ¿no? —me recosté en el marco de la puerta y crucé los brazos—. Porque a mí me parece que te estás cogiendo a la secretaria de ventas en mi cama, con mis cobijas, y por cómo tienes el pelo parado, no fue hace cinco minutos. Dime, Javier, ¿qué es entonces? ¿Un simulacro de incendio?

La rubia soltó un chillido y se tapó la cara con la sábana, como si eso la hiciera invisible. Yo le aventé sus taconazos que estaban tirados en el suelo.

—Ándale, vístete y lárgate antes de que se me ocurra subir una foto a I*******m y etiquetar a tu mamá.

No necesitó que se lo repitiera. Salió hecha la mocha con la blusa al revés, casi se resbala en las escaleras, y yo le grité que se llevara su crema hidratante de m****a, que la había tirado por la ventana pero que podía recogerla del jardín si quería.

Javier se puso los pantalones como pudo. Se paró frente a mí con esa cara de perro apaleado que tanto odio.

—Viri, por favor, fue un error. Una estupidez. Te juro que no significa nada.

—Pues claro que no significa nada —le dije, y saqué del bolso el sobre que llevaba preparado desde hacía tres semanas, desde que vi el cargo del hotel en su tarjeta—. Porque lo que significa algo es esto. Firma.

Abrí el sobre, le puse los papeles del divorcio en el pecho y le aventé un bolígrafo que rebotó en su barbilla.

Él se rió. El muy hijo de su puta madre se rió en mi cara.

—¿Divorcio? ¿Por una noche? Llevamos ocho años, Viridiana, no vas a tirar todo esto a la basura por una calentura.

—¿Ocho años? —alcé la voz, y sentí que se me calentaban las orejas—. ¿Ocho años para que te vayas a coger a la recepcionista los jueves después de tu "reunión de ventas"? Porque no es una noche, Javier. Son tres meses. Tres meses de mentiras, tres meses de llegar tarde y oler a su perfume barato. Y no mames, hasta tu agenda de G****e me lo decía. Te olvidaste de cerrar sesión, ¿te acuerdas? El jueves pasado te dejaste el tarjetero en la mesilla de noche. Con factura incluida. Dos champagnes y un condón de fresa. ¿Vendes seguros a domicilio o haces catas de fruta?

Javier apretó la mandíbula. Agarró los papeles y los arrugó con las dos manos.

—No voy a firmar esta m****a. Eres una exagerada.

—¿Exagerada? —dije, y sentí que algo se me rompía dentro, pero no de tristeza, de coraje—. Ahora vas a ver lo que es una exagerada.

Me fui al clóset. Agarré su maleta, esa negra toda culera que le compré yo en el Buen Fin, y la abrí de golpe. Empecé a aventar sus camisas de cuadros, sus pantalones de pinza, esos jerséis horribles que huelen a naftalina y que siempre le dije que le quedaban de la chingada. No la cerré, no le puse cierre ni nada. La arrastré por el pasillo, raspando la pared, hasta el patio trasero.

—¿Qué haces? —gritó, siguiéndome descalzo.

Abrí el contenedor de basura orgánica, el más grande, y vacié la maleta entera adentro. Zapatos, camisas, su cartera vieja, todo al bote con los restos de comida.

—Tu nueva casa —le dije, señalando el contenedor—. Mira, hasta tiene tapa para que no se te enfríe la cena.

—¡Viridiana, ya basta! —intentó agarrarme del brazo, pero le di un manotazo que le dejó la mano roja.

—No he terminado.

Entré a la cocina, abrí el armario de abajo y agarré la botella de alcohol de quemar que uso para la parrilla. Volví al patio, destapé la botella y empecé a rociar toda su ropa tirada en el contenedor. Las camisas, los pantalones y las corbatas. Lo empapé como si estuviera marinando un pollo.

—¿Qué vas a hacer? —su voz ya no era enojada, era un chirrido.

Saqué un cerillo de mi bolsillo, porque siempre cargo, y lo encendí.

—Prenderle fuego a tu puta dignidad.

Lo aventé al contenedor y el fuego subió de volada, con un chiflido bien cabrón. Las llamas se comieron sus camisas, sus calcetines, y el suéter que le tejió su abuela. El humo negro empezó a subir y a los vecinos se asomaron por las cortinas.

Javier se volvió loco. Quiso apagar el fuego con una cubeta de agua que tenía para las plantas, pero yo me puse enfrente.

—Ni se te ocurra. Firma o la próxima vez te quemo el coche, y no es amenaza.

—¡No tienes derecho a quemar mis cosas!

—Y tú no tenías derecho a ponerle los cuernos a tu mujer, pero aquí estamos, viendo arder tus camisas feas.

El fuego crepitaba y a él le temblaban las manos. Se quedó quieto, viendo cómo las llamas se llevaban su m****a, y supe que ya había perdido. No por el fuego, sino porque se dio cuenta de que yo no iba a soltarlo.

—Firma —le dije, y le estampé los papeles en el pecho otra vez, con otro bolígrafo que saqué de mi pantalón—. Te quedas con el piso, te quedas con el coche, te quedas hasta con el pinche perro que siempre se orina en mis tenis. Sólo quiero que tu apellido deje de aparecer en mi INE.

Javier agarró el bolígrafo como si pesara veinte kilos. Miró el contenedor ardiendo, miró mis ojos que no pestañeaban, y firmó.

No dijo nada. Dejó el papel en la mesa del patio, se puso las chanclas que estaban junto a la puerta y se fue caminando por la calle, con el pantalón medio bajado y una mancha de hollín en la frente.

Se fue sin mirar atrás.

Yo me quedé viendo cómo el fuego se apagaba lentamente, cómo las cenizas se mezclaban con los restos de cáscaras de huevo y café molido. El humo me picaba los ojos, pero no lloré. Respiré hondo.

Apagué lo que quedaba con la manguera, agarré los papeles firmados y los guardé en mi bolso, junto al tarjetero que él se dejó olvidado. Entré a la casa, cerré la puerta con seguro y fui a la cocina a servirme un vaso de agua.

La cama seguía revuelta, con la mancha de su perfume en la almohada. Pero mañana iba a cambiar las sábanas, y las cerraduras, y hasta el número de teléfono si hacía falta.

Expand
Next Chapter
Download

Latest chapter

More Chapters

To Readers

Bienvenido a Goodnovel mundo de ficción. Si te gusta esta novela, o eres un idealista con la esperanza de explorar un mundo perfecto y convertirte en un autor de novelas originales en online para aumentar los ingresos, puedes unirte a nuestra familia para leer o crear varios tipos de libros, como la novela romántica, la novela épica, la novela de hombres lobo, la novela de fantasía, la novela de historia , etc. Si eres un lector, puedes selecionar las novelas de alta calidad aquí. Si eres un autor, puedes insipirarte para crear obras más brillantes, además, tus obras en nuestra plataforma llamarán más la atención y ganarán más los lectores.


No Comments
9 Chapters
Explore and read good novels for free
Free access to a vast number of good novels on GoodNovel app. Download the books you like and read anywhere & anytime.
Read books for free on the app
SCAN CODE TO READ ON APP
DMCA.com Protection Status