Mag-log inPOV Leona
El cansancio me pesa en los párpados, pero el dolor me mantiene despierta y alerta. Pasé la noche en vela armando una sola maleta con lo estrictamente mío: la ropa que compré con mi propio dinero, mis documentos y los pocos recuerdos de mi vida antes de Ignacio. Nada del apartamento, nada de las joyas que me regaló, nada que tenga la marca Della Rovere.
Si quiero desaparecer sin dejar rastro, hoy tengo que actuar como si fuera un día cualquiera. Nadie en la boutique puede notar nada raro. Mi plan es salir del trabajo al finalizar el turno, ir directamente a casa de mi amiga Ivanna; ella me llevará hasta un lugar seguro hasta que yo pueda salir adelante.
Me maquillo con cuidado para ocultar las ojeras, me recojo el cabello en un moño pulcro y me pongo el uniforme negro de Maison Valette, la tienda de ropa de lujo donde trabajo como asesora de imagen. Al mirarme al espejo, la Leona rota de anoche ya no está. Ahora solo hay una profesional haciendo su trabajo.
A media mañana, el sonido de la campana de cristal de la entrada anuncia la llegada de una clienta. Mi compañera está ocupada en el depósito, así que me enderezo, pongo mi mejor sonrisa institucional y me acerco.
—Buenos días, bienvenida a Maison Valette —digo con tono amable.
Pero la frase se me congela en la garganta cuando la mujer se quita las gafas de sol de marca.
Es ella.
Clara Lombardo en persona. Tan impecable, radiante y perfecta como en las fotos de las revistas de sociedad. Su cabello rubio cae en ondas impecables y viste un conjunto que cuesta más de lo que yo gano en meses.
El corazón me da un vuelco violento contra las costillas. Por un segundo, el aire me falta y la tentación de salir corriendo por la puerta trasera me tienta con fuerza. Pero me obligo a plantar los pies en el suelo. Control, Leona. Solo unos minutos más. No eches a perder tu libertad por esto. Recuerda el contrato que te hizo firmar Ignacio. De eso depende tu vida.
—Buenos días —responde Clara, regalándome una sonrisa practicada y cortés—. Necesito algo espectacular para esta noche. Tengo mi fiesta de compromiso y aún no me decido por el vestido. Es todo un fastidio, mi novio insiste en que use algo que resalte aún más mi belleza. Ya sabes cómo son los hombres cuando están enamorados. No quiere que escatime en gastos.
Las palabras flotan en el aire entre las dos como un puñal. Su fiesta de compromiso. Con el hombre que anoche dormía en mi cama.
Trago saliva.
—Por supuesto, felicitaciones —logro decir, y me asombra la frialdad impecable con la que me sale la voz—. Acompáñeme por aquí, por favor. Tenemos la nueva colección de alta costura que acaba de llegar de París.
Empiezo a guiarla entre los percheros, manteniendo la distancia adecuada mientras despliego vestidos de seda y satén. Mis manos tiemblan ligeramente al sostener las perchas, pero me aseguro de ocultarlo detrás de la tela.
—Este en tono marfil resaltaría mucho su tono de piel —sugiero, mostrándole un diseño de corte sirena.
Clara lo observa con atención, pasando sus dedos, luciendo su perfecta manicura, por la tela.
—Es hermoso… —murmura, y de pronto me mira fijamente a los ojos—. Sabes, mi prometido es un hombre muy tradicional. Un Della Rovere, ¿sabes? A él le gustan las cosas elegantes, sin demasiado escándalo.
Escuchar su apellido en su boca me quema por dentro, pero sostengo la mirada sin pestañear.
—Un hombre con gustos refinados, sin duda —respondo, manteniendo la máscara.
—Exacto —sonríe ella, probándose el vestido frente al espejo del vestidor VIP—. Ignacio siempre sabe exactamente lo que quiere. Aunque a veces los hombres se distraigan un poco por el camino, al final siempre vuelven a donde pertenecen. ¿No crees?
No sé si lo dice con inocencia o si hay algo de veneno sutil en sus palabras, pero me niego a darle el gusto de verme tambalear.
—Creo que cada persona termina en el lugar que elige estar, señorita Lombardo. Y usted claramente ya tiene el suyo.
Clara se mira al espejo, satisfecha con mi respuesta, y acomoda la caída de la falda.
—Me llevo este. Es perfecto —declara—. Ignacio va a quedar fascinado —hace una leve mueca—. Aunque, no me convence…, hum, ¿sabe qué? Voy a llamarlo para que venga y me ayude a decidir. Necesito que esto sea perfecto y ¿qué mejor que él dé el visto bueno, ¿no?
Se sienta en el sofá de terciopelo blanco y lo llama de inmediato.
—Ignacio, mi amor…, necesito que vengas cuanto antes a la tienda —hace una expresión de puchero—. Lo sé, cariño, pero me dijiste que podía llamarte cuando lo necesitara, y esto es de vida o muerte para mí…, anda, di que sí. Dame el gusto.
Escucho las palabras «mi amor», «cariño», y se me revuelve el estómago. Tantas veces estuve a punto de decirlas y me mordí la lengua porque temía que Ignacio lo tomara a mal y se fuera.
Creo que alguna vez le dije que lo quería mucho. Y fue cuando me trajo el regalo de cumpleaños, y ya hacía dos años que estábamos juntos.
Quería decirle cuánto lo amaba, que lo amaba más que a mi propia vida.
Pero callé. ¡Lo callé tantas veces! Y hoy tengo que escuchar cómo otra mujer se lo dice sin el menor esfuerzo, con la naturalidad de quien se sabe dueña del mundo.
Ella cuelga con una sonrisa triunfal y se acomoda en el sofá, cruzando las piernas con elegancia mientras espera.
—Llega en diez minutos —me anuncia, sin quitar la vista de su teléfono—. ¿Podrías traerme un vaso de agua, por favor?
—Por supuesto. Permítame un momento —respondo, manteniendo la voz neutra.
Camino hacia la parte trasera de la tienda, sintiendo cómo las piernas me tiemblan. Diez minutos. Ignacio va a cruzar esa puerta en diez minutos. Si me ve aquí, el espectáculo será inevitable. Es preferible que no nos veamos nuevamente las caras, no me siento con fuerzas para enfrentar esto. El dolor y la angustia se cuelan por todas las partes de mi cuerpo.
Entro al vestidor de empleados, tomo mi bolso y busco a mi compañera, que acaba de salir del depósito.
—Valeria, necesito que me cubras —le murmuro, tomándola del brazo con urgencia—. Me surgió una emergencia personal grave. Tengo que irme ya.
—Pero Leona, todavía falta para que termine tu turno… además esa clienta es importante —dice ella, mirando hacia la sala principal.
—Atiéndela tú, por favor. Ya seleccionó un vestido, solo espera a su prometido para darle el visto bueno. Te dejo la venta a ti.
A Valeria se le iluminan los ojos ante la mención de la comisión.
—Está bien, vete por la puerta trasera antes de que la encargada se dé cuenta. Yo me encargo.
—Gracias —le digo con el corazón martilleándome en el pecho.
Sin perder un segundo, salgo por la puerta de servicio que da al callejón trasero. El aire frío de la calle me golpea el rostro y, por primera vez en toda la mañana, me permito tomar una bocanada profunda de aire.
Apenas doy unos pasos hacia la avenida principal, veo el sedán negro de Ignacio estacionarse justo frente a la entrada principal de la boutique. Lo veo bajar: impecable, con el traje a medida y esa postura dominante que tanto conozco. Camina a paso firme hacia la puerta de Maison Valette, sin sospechar que, a solo unos metros de distancia, lo estoy mirando por última vez.
Doy dos pasos y siento que alguien me toma del brazo para detenerme.
—No te vayas, Leona. Esa mujer exige que seas tú quien la atienda o elevará una queja para que nos despidan a todas. Por favor, regresa —suplica Valeria con los ojos llenos de lágrimas.
POV Leona Luciano detiene el auto frente a la entrada principal del hospital y apaga el motor, pero no hace ademán de bajar. —Hasta la puerta, como acordamos —dice, con una media sonrisa que se le queda a mitad de camino. —Hasta la puerta —repito. Por un momento nadie se mueve. Afuera, la mañana todavía es fresca y el movimiento de enfermeras y familiares empieza apenas a llenar la acera. Yo tengo las manos entrelazadas sobre mi regazo y me doy cuenta de que las estoy apretando con tanta fuerza que se me han puesto blancos los nudillos. Luciano estira la mano y las cubre con la suya. —Es mejor que subas sola —murmura—. Es tu conversación, Leona; no la mía. Si estoy cerca voy a querer protegerte, y eso no es lo que necesitas hoy. Ya sabes lo que opino sobre esto... Pero no pienso interferir. Lo miro. Veo esos ojos grises, serenos, con una sombra de algo que no se atreve a nombrar. Entiendo lo que cuesta ese gesto y se lo agradezco más de lo que podría decirle. —¿Estará
POV LeonaLa cena transcurre casi en completo silencio. Parece que, después de la conversación que tuvimos, ninguno de los dos tiene ganas de hablar.No puedo evitar sentir una cierta desolación ante el solo hecho de pensar en separarme de Luciano, pero a la vez siento que es lo mejor.Cuando levanto mi mirada me encuentro con los inquisitivos ojos de Luciano. Mi respiración se corta al instante.Mi semblante debe ser bastante expresivo, porque Luciano comienza a reír como un tonto.—¿Puedes decirme qué estamos haciendo, Leona? —dice, dejando los cubiertos sobre la mesa.—¿Qué hacemos? —replico, desconcertada.—Esto. No hablar de nada como si ya nos hubiésemos dicho todo, cuando no es así —dice, recostándose contra el respaldo y agudizando la mirada—. Si quieres irte de esta casa, está bien para mí. No voy a mentirte: lo odio, lo admito.Trago saliva y aprieto la servilleta antes de decir algo. Muy dentro de mí, no quería admitir que me dolía un poco que él no me pidiera que me quedar
POV LucianoMiro la hora antes de bajar del auto.¡Maldita sea! Se me ha ido el día con tantas obligaciones que he tenido que cumplir. Primero, la reunión en la empresa: todos temas urgentes y algunos que sobrepasan a mi abuelo y a su delicada salud. Y luego, el hospital; no puedo dejar a mis pacientes abandonados a su suerte.Paulatinamente me estoy dando cuenta de que luché por una posición que ahora no estoy disfrutando. Pensé que una vez que le quitara a Ignacio todo lo que él poseía me sentiría feliz, pero en lugar de eso estoy experimentando algo totalmente opuesto.Me pregunto por qué vengarme de Ignacio no me está trayendo la satisfacción que pensé que tendría. Hay un gran vacío dentro de mí... Un vacío inexplicable que me está diciendo que algo en esta historia no está del todo bien. Sigo sintiendo una gran aversión por él y, por supuesto, verlo cerca de Leona me provoca un profundo rechazo; pero aun así y con todas estas emociones encontradas, no logro sentirme victorioso en
NarradorLa casa de los Della Rovere nunca estaba del todo en silencio, pero a esa hora de la tarde se acercaba bastante.Elena se había servido un té que ya no humeaba y lo sostenía entre las manos sin beberlo, sentada en el escritorio de la biblioteca, con la lámpara encendida y el resto de la habitación sumido en sombras. Había vuelto del hospital hacía horas. Anna dormía, agotada, en su cuarto. Clara se había ido, pálida y callada, cosa que a Elena le había parecido casi un alivio.Cerró los ojos un instante y volvió a ver el pasillo del hospital.Esa mirada. Esa forma de sostenerle los ojos sin una sola grieta, sin esa vieja docilidad que ella había aprendido a reconocer en las mujeres como Leona: las que esperan, las que se disculpan, las que agradecen las migajas. Había visto algo distinto, y le había inquietado más de lo que estaba dispuesta a admitir. Sus manos habían temblado. Solo un segundo, pero habían temblado.Elena apretó la taza.Porque ahora el cuadro era claro: Igna
POV Leona—Bueno, ya no me mires así y di algo, por favor —le reclamo a mi amiga, un tanto ansiosa—. Me importa tu opinión.Ivanna se cruza de brazos, enarca una ceja y sonríe.—En el pasado, mucho no te importó, digamos —responde, divertida—. Porque las veces que te dije que te alejaras de ese idiota de Ignacio, nunca me escuchaste.Me echo a reír.—Pues ahora lo haré —respondo con solemnidad—. Ivanna, eres la persona más sincera que conozco, tú no sabes lo que es ser obsecuente... Dime, ¿estoy equivocada?—¡Dios, Leona! ¡Claro que no! —espeta con alegría—. Me agrada mucho Luciano, tengo mucho que agradecerle, pero creo que es hora de separar las cosas. También me parece acertado que quieras un espacio para ti mientras piensas en lo que quieres hacer... Solo hay algo que quiero saber.—Dime...—¿Quieres terminar con Luciano?Suspiro hondo, bajando la mirada.—No, claro que no. Pero tampoco quiero estar a su sombra, y siento que nunca podré recuperar por completo mi valor si sigo bajo
POV LeonaDefinitivamente, no seré espectadora en mi propia vida. Lo he sido durante mucho tiempo, pero ya no. Mi libertad, mis decisiones y mi bienestar ya no son negociables.Más allá de que amo a Luciano y le estoy agradecida por todo lo que hizo por mí, no me quedaré en esta casa esperándolo.Me he dado cuenta de que, desde hace años, mi voz y mi atención siempre estuvieron dirigidas hacia lo que otros decían o esperaban de mí. Pero eso se terminó con Ignacio. No pienso repetirlo.Cuando me quedé sin mi madre, fui a parar a un orfanato. La celadora me dijo que ya era un poco grande como para que alguien me escogiera, pero que, si me comportaba bien, si hacía lo que decían, quizás alguien me elegiría y me adoptaría.En ese momento, en mi desesperación, creí en sus palabras. Estaba tan sola y desamparada que callar y aceptar para agradar a los demás se convirtió en mi modo de supervivencia.Pasaron los años y nadie me eligió. Cuando fui mayor entendí que la única manera de salir ade







