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El salón de eventos del Hotel Intercontinental destellaba bajo la luz de las arañas de cristal, pero para Giselle Carter, el brillo era cegador y asfixiante. Se ajustó los grandes lentes que solían resbalar por su nariz, sintiéndose fuera de lugar entre las sedas y los perfumes costosos. A su lado, su abuelo, Gustavo Carter, irradiaba una satisfacción que a ella le helaba la sangre.
En el estrado, el patriarca de los Roch sostenía su copa de cristal con una elegancia depredadora.
—Es todo un placer para mí recibir este preciado premio, que hemos ganado una vez más —anunció el hombre, su voz resonando con autoridad—. Y quisiera aprovechar la ocasión para dar un anuncio importante.
El silencio cayó sobre el salón como una losa. Giselle vio cómo le hacía una seña a su hijo, Marcel, para que subiera. El joven avanzó con una mandíbula tensa y una mirada gélida que ignoraba a todos los presentes.
Luego, su abuelo Gustavo hizo lo mismo, instándola a ella a subir.
—De ahora en adelante —prosiguió el señor Roch, estrechando la mano de Gustavo— la empresa Carter junto con nuestro conglomerado se unen en una alianza estratégica. Y para afianzarla, ¿qué otro método más oportuno que el matrimonio de nuestros herederos?
El estallido de aplausos y murmullos fue instantáneo. Giselle sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Miró a Marcel; él no la miraba a ella, sino que fijaba la vista en un punto vacío, con los puños tan apretados que sus nudillos estaban blancos. Ella tragó saliva, luchando por contener las lágrimas que amenazaban con empañar sus cristales. Marcel, por su parte, respiraba lento y profundo, una técnica fútil para contener el grito de rabia que le quemaba la garganta.
—Sonrían —susurró Gustavo entre dientes mientras los flashes de la prensa comenzaban a cegarlos—. Mañana seréis la noticia del año.
Los cuatro posaron. Una estampa de éxito y unidad familiar que era, en realidad, un pacto de sangre corporativo. En cuanto los flashes cesaron, los dos jóvenes se separaron como si el contacto físico les quemara, huyendo en direcciones opuestas hacia la noche de Valencia, necesitados de aire.
—¿Cómo pudiste hacerme esto, abuelo? —preguntó Giselle en cuanto cruzaron el umbral de la mansión Carter. Su voz temblaba, rompiéndose en el aire pesado del vestíbulo.
Gustavo se quitó el saco con parsimonia, sin siquiera mirarla.
—Te casarás con Marcel Roch aunque te tenga que llevar a rastras, Giselle. Siempre te he consentido, he cedido a cada uno de tus caprichos, pero ahora es tu turno de estar a la altura del apellido que llevas.
—¡Es un mujeriego, abuelo! —exclamó ella, y una lágrima rebelde rodó por su mejilla—. Es caprichoso, ególatra y no tiene respeto por nadie. ¿Qué te hace pensar que un hombre así será un buen esposo? ¿Crees que me va a cuidar?
Gustavo se acercó al mueble bar y se sirvió un whisky, el hielo tintineando con un sonido metálico y definitivo.
—No necesito que sea un buen esposo, necesito que sea un buen empresario —sentenció sin volverse—. Él ayudará a expandir nuestra influencia y eso es lo único que importa en este tablero. Tus sentimientos son un costo aceptable.
—Nunca te voy a perdonar —susurró ella, sosteniéndose del respaldo de un sillón porque sus piernas amenazaban con fallar. Un sudor helado le bañaba la frente—. Mi vida será un infierno junto a él. Tú lo sabes.
—Solo será un pequeño sacrificio que traerá grandes beneficios a la familia —respondió él, finalmente girándose para clavarle una mirada severa—, sobre todo por el heredero que traerán al mundo para consolidar ambas fortunas. No me vengas con berrinches de niña pequeña.
Giselle abrió mucho los ojos, aterrada por la frialdad de su plan. Negó repetidamente con la cabeza y salió corriendo de la estancia, sintiendo que el oxígeno no llegaba a sus pulmones.
Al llegar a su habitación, se desplomó en el suelo.
—Esto no me puede estar pasando... ¡No puede ser cierto! —gritó contra la alfombra, sintiendo su garganta arder. Se arrancó los lentes con frustración y se restregó la cara con rabia.
—¡Giselle! Amiga, ¿qué sucede? —Rebeca, su confidente de años, se inclinó frente a ella, alarmada por el estado de crisis.
—Estoy condenada, Rebeca —sollozó Giselle, lanzándose a sus brazos—. Me van a vender a los Roch. No hay vuelta atrás. No hay escape.
Rebeca la abrazó con fuerza, permaneciendo en silencio mientras Giselle se deshacía en llanto. Conocía la reputación de Marcel Roch; sabía que, para una mujer sensible como Giselle, aquello no era una boda, sino una sentencia.
El día de la unión civil llegó más rápido de lo que Giselle pudo procesar. El cielo estaba nublado, como si el clima de la ciudad se solidarizara con su miseria. Llevaba un vestido sencillo, pero se sentía como si vistiera una mortaja.
Estaba terminando de arreglarse en una pequeña habitación del registro cuando la puerta se abrió de golpe, golpeando la pared con violencia. Marcel Roch estaba allí parado. Su traje impecable contrastaba con la furia salvaje en sus ojos.
—Espero que estés satisfecha —escupió él, acercándose con pasos depredadores—. Has arruinado mis planes, mi futuro y mi libertad.
Giselle palideció, retrocediendo hasta chocar con el tocador.
—Yo no quería esto tanto como tú, Marcel...
—¡Mientes! —rugió él—. Te odio. Te haré pagar caro cada segundo de esta farsa. No creas que por tener un anillo vas a tener mi respeto o mi cama.
Antonia es la única mujer que estará en mi corazón. Tú solo eres el trámite que mi padre me obliga a cumplir.
La miró con un asco tan profundo que Giselle sintió un escalofrío recorrerle la espina dorsal. Marcel salió de la habitación dando un portazo.
Fuera, en el pasillo, se aflojó la corbata sintiendo que lo asfixiaba.
"Esa oportunista... ¿Cómo se atreve a prestarse para esto?", pensó con la mente nublada por el rencor.
—Controla tu temperamento de una vez —la voz de su padre, cargada de una advertencia letal, lo detuvo en seco—. Ya no eres un crío que puede andar por ahí gritando. Hoy te conviertes en un hombre de negocios. Debes estar a la altura de la familia Roch.
—La única mujer que amo y voy a amar es Antonia —replicó Marcel, señalando a su padre con el dedo, con los ojos inyectados en sangre—. Ella será mi esposa, te guste o no. Algún día me desharé de esa chica que me has impuesto.
Su padre sonrió con una frialdad que superaba a la de su hijo.
—Tal vez en otra vida, Marcel. Porque en esta, te casarás con Giselle Carter hoy mismo, te guste o no. Ahora, entra a esa oficina y firma tu destino.
Sin decir más, el patriarca entró al registro, dejando a Marcel solo con su odio, y a Giselle, dentro de la habitación, comprendiendo que su vida acababa de convertirse en una guerra de la que no sabía si saldría con vida.
Las semanas en la mansión de los Brown transcurrieron como un bálsamo para el alma herida de Giselle. Lo que más la había conmovido, sin embargo, no era la seguridad del lugar, sino la calidez de quienes lo habitaban. La familia de Harry la había acogido no como a una refugiada o una huésped temporal, sino como a una hermana más.—A ver, Giselle, soltá ese libro ahora mismo o te quito los anteojos —bromeó Elena, la madre de Harry, entrando a la habitación con una bandeja repleta de frutas frescas y té de manzanilla.Giselle dejó escapar una risa suave, acomodándose mejor entre los cojines de la sala de estar.—Estaba revisando solo unos apuntes legales con Julian, Elena. Te juro que ya casi termino.—Los juicios de Julian pueden esperar. Lo único importante en esta casa es que tú y ese bebé descansen —dijo Elena con una sonrisa maternal, sentándose a su lado y tomando sus manos—. Sabes que desde el momento en que pisaste este país, eres parte de nuestra familia. Nadie va a volver a h
El zumbido constante de los monitores en la unidad de cuidados intensivos privados era el único sonido que competía con el latido acelerado del corazón de Giselle. La puerta se deslizó con suavidad y el médico principal entró, seguido de cerca por Harry y Rebeca, quienes la observaban con una mezcla de ansiedad y esperanza contenida.—Los últimos análisis de sangre y la ecografía de control muestran una ligera mejoría —anunció el doctor, apoyando la tableta portapapeles en la mesa auxiliar—. La inflamación en la zona placentaria se ha estabilizado lo suficiente. Si seguimos un protocolo estricto de traslado en camilla medicalizada, podemos asegurar el vuelo sanitario hacia Londres esta misma noche.Giselle exhaló un suspiro largo, sintiendo que una minúscula fracción de aire volvía a sus pulmones.—¿El bebé está bien? —preguntó con voz débil, llevando instintivamente una mano temblorosa hacia su vientre.—El ritmo cardíaco fetal es estable, señora Roch... disculpe, señorita Ramírez —
Las palabras de Giselle resonaban en su cabeza como martillazos incansables, destruyendo el último ápice de cordura que le quedaba.—¿Es esto lo que quieres? ¿Que firme mi propia condena? —preguntó Marcel, con la voz rota, levantando la vista hacia ella con los ojos anegados en lágrimas—. ¿Crees de verdad que no me duele?—Lo único que quiero de ti, Marcel, es que desaparezcas de mi vida —respondió Giselle, con una frialdad ensayada que le desgarraba las entrañas—. Ya me quitaste todo lo demás. No me niegues al menos la paz de no volver a verte la cara.Marcel tragó saliva con dificultad, sintiendo un nudo inmenso en la garganta.—Antes de que me vaya... tienes que saber una cosa sobre ese vídeo. Lo que viste... lo que dije allí, fue grabado meses atrás, mucho antes de que empezáramos a sentir algo real, antes de que este matrimonio dejara de ser una farsa para convertirse en mi única verdad. No justifico lo que fui, pero ya no soy ese hombre.—Las palabras no borran las acciones, Mar
El pasillo del ala privada del hospital olía a desinfectante y a una tensa quietud. Rebeca estaba sentada en la silla de vinilo junto a la puerta de la habitación, hojeando unos pasaportes y formularios de traslado médico internacional con manos temblorosas. Unos pasos acelerados resonaron con fuerza contra el piso de baldosas.Al levantar la vista, el alma se le encogió de rabia. Era Marcel. Venía directo de la gala, aún con el esmoquin negro de la noche anterior arrugado, la pajarita desatada y una expresión de puro pánico en el rostro demacrado.—¡Rebeca! —jadeó Marcel, deteniéndose en seco frente a ella, con el pecho agitado—. ¿Dónde está Giselle? Me costó horas averiguar en qué clínica estaba. ¿Está bien? ¿El bebé...?Rebeca saltó de la silla como un resorte, escondiendo de inmediato los documentos de viaje tras su espalda y arrojándolos sobre el asiento. Sus ojos echaban chispas.—¡No te acerques ni un paso más, imbécil! —escupió Rebeca, plantándose frente a él con los puños cer
El teléfono de Rebeca la hizo saltar de la cama. Al ver el nombre de Harry en la pantalla y escuchar la frase «Giselle tuvo un accidente, estamos camino a urgencias», el mundo se le vino abajo.No parpadeó. Se puso los primeros vaqueros que encontró, una sudadera y salió corriendo de su apartamento. Diez minutos más tarde, conducía su coche pisando el acelerador a fondo, ignorando las luces rojas y los límites de velocidad. Una sirena estridente estalló a sus espaldas: una patrulla de policía la interceptó, obligándola a orillarse.—¡Señora, baje del vehículo! ¿Sabe a qué velocidad iba? —escupió el oficial con gesto severo, extendiendo la libreta de multas.—¡Escúcheme bien, oficial! ¡Mi mejor amiga está embarazada, acaba de sufrir un accidente automovilístico y la estoy buscando en urgencias! ¡Póngame la maldita multa que quiera, pero no me detenga! —le gritó Rebeca con los ojos anegados en lágrimas y una furia tal que el policía, anonadado, terminó por firmar el papel de prisa—. ¡To
El motor del auto de Harry rugía exigiendo el máximo esfuerzo mientras surcaba la avenida con los neumáticos chirriando en cada curva. A unos pocos metros adelante, la luz roja del vehículo donde viajaba Giselle parpadeaba frenéticamente en medio del tráfico nocturno.—Vamos, no te apartes... por favor, no te apartes —mascullaba Harry, aferrado al volante con los nudillos blancos de tanto apretarlo.Estaba a solo dos coches de distancia. Pudo ver la silueta de Giselle a través de la ventanilla trasera, encogida en el asiento, con las manos aferradas al vientre. Pisó el acelerador con la intención de rebasar al último camión que los separaba, cuando un sonido seco, metálico y ensordecedor estalló en el aire.







