LOGINCAITLINLa cocina estaba ruidosa y un poco desordenada. Miré alrededor y todos parecían estar haciendo una cosa u otra a la vez. Me hizo preguntarme si Miranda había invitado a toda la familia del hombre a cenar.—¿Cuántos platillos? —pregunté sin dirigirme a nadie en particular.—La señora quiere siete —susurró la chica a mi lado.Eso era más de lo usual. Siempre había distintos platillos en la mesa. Al menos desde que empecé a quedarme con ellos.—Ocho platillos y tres postres —dijo otra desde el pasillo.—Eso es mucho. ¿Hay algo que pueda hacer? —pregunté, esperando unirme.—No —dijeron todas al unísono.Poniendo los ojos en blanco ante eso, tomé una escoba y empecé a barrer los derrames en el piso. Luego tomé un trapo para limpiar la encimera mientras ellas trataban de hacer todo lo posible para que me detuviera. Lo cual era curioso, considerando que yo había hecho cosas mucho peores que barrer y limpiar.Carajo, había limpiado baños por dinero extra. No era mejor que ninguna de e
ESTEBANVer a Caitlin lamerse mi semen de los dedos despertó un fuego dentro de mí.Su cabello estaba húmedo de sudor, sus ojos todavía entrecerrados, dándole un aspecto seductor. Dios, era hermosa.Me rodeó el cuello con un brazo y me jaló hacia abajo para un beso. Sentí la sangre acumularse en mi entrepierna.Sus manos se deslizaron por mi espalda hasta mi trasero.Chica loca.Pasando los dedos por el semen en su estómago, los lleve hacia su coño, luego los deslicé dentro de ella mientras le frotaba el clítoris con el pulgar.—Ohh... —gimió, rompiendo el beso.Empujó las caderas hacia arriba para encontrarse con mis dedos, su coño apretándose con fuerza alrededor de ellos.—Con calma, dulzura. —Me reí entre dientes.Era una cosita fogosa e insaciable, y me encantaba.Rodé fuera de ella. Me recosté de costado, apoyado en un codo, la cabeza descansando contra mi palma.Una sensación cálida se expandió por mi pecho, y por alguna razón, el corazón me latió más rápido.—Me vuelas la ment
CAITLINEsteban me sacó el vestido por la cabeza, dejándome desnuda bajo su cuerpo. Forcejeé con su cinturón, tratando de quitárselo. Su mano cubrió la mía. Se desabrochó el cinturón y se quitó los pantalones y los calzoncillos.Sus manos recorrieron cada centímetro de mí, y su lengua lamió todo el camino hacia abajo hasta mi tobillo dolorido.—¿Te duele, dulzura?¿Dulzura? Bueno, esa era una nueva.—No —respondí sin aliento.Intenté sentarme; quería jalarlo hacia mí. Quería sellar mis labios con los suyos y sentir su peso sobre mí y su verga dentro de mí, en mi boca o en mi coño.—No, Gatita, recuéstate —ordenó.Me recosté, mis ojos entrecerrados fijos en él. Comenzó a dejar besos por mi pierna hacia arriba, hasta mi centro, separándome las piernas.—Estás empapada para mí, nena —murmuró contra mi carne sensible antes de presionar la lengua contra mi clítoris.Aspiré aire, aferrándome a las sábanas entre los dedos. Succionó suavemente el botón, luego lamió mis labios vaginales hacia
CAITLINRemojarme en agua tibia... casi caliente... era exactamente lo que necesitaba. El agua aliviaba el dolor en mi tobillo.Me quedé en la tina hasta que el agua se enfrió. Luego me levanté y me sequé el cuerpo con una toalla limpia y seca.Tomando mi loción del tocador, cojeé hasta el cuarto y me senté en la cama. Masajeándome la loción en la piel, me enfoqué un poco más en el tobillo, tratando de alejar el dolor.Alguien tocó suavemente a la puerta.—¿Quién es? —pregunté.—Pepe.Me puse de pie, apresurándome hacia el clóset.—¡Dame un minuto!Escogí un vestido corto y suelto. Era fácil de ponerse. Mirando mi reflejo en el espejo, me pasé los dedos por el cabello. Luego me apresuré a llegar a la puerta... no había nada de rápido en cojear.—¿Encontraste alguno? —pregunté, abriendo la puerta.Me entregó una pila de libros. No los esperaba, así que me costó no dejarlos caer.¿Había pedido tantos? me pregunté.—El encargado de la librería recomendó algunos libros que podrían gustart
ESTEBANRecostándome en mi silla, cruzando una pierna sobre la otra, jugueteaba con el caballito en miniatura sobre la mesa.Mendoza estaba sentado frente a mí, mirando la mesa, y luego a mí, con los ojos muy abiertos.—¿Por qué te ves tan incómodo, Mendoza? —pregunté con indiferencia.—Te lo juro, no tengo nada que ver con eso. Soy inocente, te lo juro.Me enderecé y me incliné hacia adelante, estudiando su rostro. Gotas de sudor se le formaban en la frente. Sonreí con suficiencia.—No he preguntado nada... todavía —resoplé—. ¿Con qué exactamente juras no tener nada que ver? —fingí ignorancia.Visitar a Mendoza no era solo porque quisiera andar visitando familias y hacerlas jurar su lealtad, no. Su cobardía era una herramienta útil.La dinastía se la había dejado su difunto padre, quien no tenía a nadie más a quien dejársela. A Arturo Mendoza lo consideraban tonto, pero eso estaba lejos de ser verdad. ¿Cobarde? Sí, eso sí era exactamente.—Planean eliminarte —tartamudeó.—¿Quiénes so
CAITLINLimpiándome los ojos con el dorso de la mano, tomé una respiración profunda.El plan había sido disculparme, no llorar. Apenas podía obligarme a decir las palabras. La mirada suave de Esteban lo hacía todo peor.Una sensación abrumadora me recorrió.—¿Estás segura? —preguntó, alzando una ceja hacia mí—. ¿Así que estás feliz de que te haya mantenido aquí... conmigo?La palabra "sí" estaba en la punta de mi lengua y no era por un motivo oculto. Era la verdad.Sin él, nunca habría sabido lo que se sentía ser amada por un hombre. Aunque ese amor no fuera exactamente para mí, sino para otra mujer... Laura.Era una sensación agridulce.Al menos hasta cierto punto, él sabía que yo no era ella. Me llamaba Caitlin... bueno, casi siempre. Eso hacía la diferencia.—¿Pasa algo? ¿Hice algo? —preguntó con una expresión preocupada en el rostro, la mirada fija en el vaso, observándome.Ay, Esteban. Si tan solo no fueras el Diablo. Me deslicé fuera de la cama y le rodeé la cintura con los braz







