LOGIN〚GIANLUCA〛
Aquí, en este lugar, no soy Gianluca Bellandi. No soy el hijo del Caronte de Calabria, el capo más temido del sur de Italia, no soy el heredero de un trono sangriento. No. Aquí, simplemente, soy Gianluca. Y esta noche, quiero dejar de ser todo eso. Quiero disfrutar. Quiero desconectarme de mi vida, de las reglas no escritas del clan, de la constante vigilancia, de las miradas de respeto y miedo que siempre me rodean. Esta noche solo quiero ser un joven de 21 años, sin apellidos ni cargos, sin el peso de un futuro oscuro e incierto.
Me siento en una mesa con mi hermano y mis amigos de siempre, hombres del clan, hombres que conocen bien la vida que llevo. Pero también entienden el valor de una buena noche de diversión. Nos tomamos unas copas, reímos, hablamos de negocios, pero en el fondo todos sabemos que estamos disfrutando de un respiro.
La música retumba a nuestro alrededor, y la energía del club parece haberse apoderado de mí, al igual que de mis acompañantes. Los cuerpos se mueven al ritmo de la música, y las luces estroboscópicas pintan sombras que saltan de un rincón a otro. Es como si el club estuviera vivo.
No quiero pensar en los negocios sucios que me esperan al final de la semana. No esta noche. Esta noche quiero ser simplemente yo, sin el manto de mi familia a cuestas, sin la culpa de lo que eso significa. Pero… ¿realmente puedo? Mi mente da vueltas: si algo sale mal, si alguien me reconoce, si un descuido mío desencadena problemas, todo lo que conozco podría venirse abajo.
La sensación es agridulce: libertad por un lado, miedo por el otro.
Miedo. Sí. Porque a mí tambien me busca la DEA. Porque hay ciertos asuntos sin resolver en mi familia, y yo soy blanco de ciertas venganzas personales.
Pero esta noche, me quiero olvidar de todo eso.
Miro a mi alrededor, observando a las mujeres que bailan. Busco a alguien con quien pasar el rato. Nada serio, solo diversión. ¿Por qué no? Un buen revolcón no me haría mal. No es que necesite nada más, solo una distracción, una manera de olvidar, aunque sea por unas horas, todo lo que llevo encima. Y sin embargo, algo dentro de mí me dice que esta noche no será tan sencilla: hay una intensidad en el aire que no puedo ignorar.
Pero entonces algo me llama la atención. Un gesto. Una seña, sutil, pero lo suficientemente clara para que mi mirada se quede fija en una mesa a un costado del lugar. Unas chicas, bellas, riendo entre sí, disfrutando del momento como si no tuvieran un mañana. Y entre ellas, una me llama la atención de una manera inesperada.
Me quedo allí, observando, sintiendo una ligera chispa de curiosidad. Su postura es diferente a la de las demás. Hay algo en su mirada, un reflejo de lucha interna, una vulnerabilidad que no esperaba encontrar aquí. Mi curiosidad se mezcla con un instinto que me dice “precaución”: no sé quién es, no sé hasta donde podré llegar con ella, pero ya me tiene atrapado.
Me levanto de la mesa, sin decir nada. Solo un gesto relajado, como si lo que fuera a hacer no tuviera importancia. Mis hombres dispersos por el club se ponen alertas. Es un movimiento automático: ellos siempre listos, yo siempre vigilado. Les hago un pequeño gesto con la cabeza, como diciéndoles: “Todo está bien. Relájense.”
A pesar de los ojos vigilantes, no me siento incómodo. De hecho, me siento… libre, de alguna manera. Libre por primera vez en mucho tiempo. Nadie me conoce aquí en Londres. Ningún apodo, ni historia, ni amenazas sobre mi cabeza. Solo soy un chico joven, buscando sentir algo normal, aunque sea por un rato. Y esa normalidad me sabe dulce y peligrosa al mismo tiempo.
—¿A dónde vas? —pregunta Alexei, mi hermano, frunciendo el ceño con curiosidad, pero sin levantar la voz.
No le respondo. Sé que entenderá sin palabras: algunas cosas son personales. Mientras mis pasos me llevan hacia la mesa de las chicas, pienso en cómo cada gesto, cada movimiento, debe ser medido.
Cuando llego a la mesa, no digo una palabra al principio. Solo las observo unos segundos, dejando que el ambiente me rodee, permitiendo que el momento sea mío.
—Buenas noches —digo finalmente, mi voz grave y controlada, pero con una ligera sonrisa que hace que mi rostro se suavice—. ¿Bailas?
Extiendo mi mano hacia la bella rubia que ha captado mi atención, sin imaginar que, de todas las mujeres presentes allí, ella era la última en la que debía fijarme.
Regresaron a Tokio. A la ciudad que nunca dormía, que no concedía pausas ni indulgencias, que exigía presencia absoluta y sangre fría. El regreso no fue brusco, pero sí contundente, como si el mundo les recordara, sin necesidad de palabras, a donde realmente pertenecían.Calabria quedó atrás como un paréntesis luminoso.Durante el vuelo, Erika observó las luces extinguirse bajo las nubes y pensó que aquel viaje no había sido una huida, sino una confirmación. Había ido a encontrarse con sus raíces… y regresaba con algo más profundo aún: la certeza de que ese ya no era su mundo, sino el que tendría al lado de su esposo.Al pisar suelo japonés, la calma italiana se disolvió, pero no desapareció del todo. Se replegó dentro de ella, como una fuerza silenciosa que ahora sabía que podía llevar consigo incluso en medio del caos.El coche negro los aguardaba. El trayecto hasta el complejo del clan transcurrió envuelto en una quietud cargada de significado. Takeshi conducía con la atención abso
Calabria los recibió con un cielo amplio y un sol tibio que no hería, que acariciaba.Desde la ventanilla del coche, Erika reconoció el paisaje antes incluso de que el conductor anunciara la llegada. Las colinas onduladas, el verde intenso que no pedía permiso para existir, el aire salino que venía del mar mezclado con tierra antigua. Todo estaba allí, intacto y vivo, como si el tiempo hubiese decidido respetar ese rincón del mundo.Respiró hondo.No era solo un regreso físico. Era un retorno a la sangre.Takeshi observaba en silencio. No hablaba. No preguntaba. Se limitaba a mirar cómo el cuerpo de Erika reaccionaba antes que su mente: la forma en que sus hombros se relajaban, el brillo distinto en sus ojos, la manera en que sus dedos se aferraban a la tela de su vestido como si temiera que aquel paisaje fuera un espejismo.Allí no era la esposa del oyabún.Era hija y hermana.La villa Bellandi se alzaba sólida, de piedra clara y líneas sobrias.Los hombres apostados en los accesos i
Las puertas correderas se abrieron con un sonido grave, contenido, y el murmullo que flotaba en el aire murió de inmediato. No fue una orden. Fue instinto. Fue reconocimiento. Takeshi había regresado en toda regla.Caminaba despacio, sin necesidad de apurar el paso. Un dolor muy tenue seguía allí, latente en el costado, recordándole cada movimiento, pero su postura era impecable: la espalda recta, los hombros firmes, la mirada afilada de quien no ha perdido ni un centímetro de control. El traje oscuro caía sobre él como una armadura silenciosa, sobria, sin ostentación. No necesitaba símbolos exagerados para demostrar poder. Él era el símbolo.A su lado, no un paso atrás, no medio cuerpo relegado, caminaba Erika.El impacto fue inmediato.Algunos hombres levantaron apenas el mentón. Otros tensaron la mandíbula. Hubo miradas rápidas, evaluadoras. No de desprecio. De cálculo. De reconocimiento forzado. Erika avanzaba con la cabeza en alto, vestida también de negro, con un porte limpio y
La casa estaba silenciosa, pero Takeshi no lo notó. Entró sin mirar a nadie, ignorando murmullos del personal, ignorando protocolos, ignorando todo excepto un único pensamiento: Erika. Cada paso suyo resonaba como un golpe contenido, un huracán que avanzaba directo al dormitorio donde ella debía esperarlo, tal como él le había pedido: desnuda, solo para él.—¡Erika! —rugió, con voz grave y cargada de necesidad, atravesando el pasillo con pasos largos, precisos, decididos.Abrió la puerta del dormitorio de un empujón. La habitación estaba intacta. Las sábanas lisas, el aire frío, el silencio absoluto. Ella no estaba.El golpe le atravesó el pecho. Era un hueco primitivo, un instinto de poseerla, de encontrarla, de asegurarse de que estaba allí y que nadie ni nada podría arrebatársela.Dejó las llaves sobre la mesa del recibidor con un golpe seco y salió disparado, recorriendo pasillo tras pasillo, inspeccionando habitaciones, entrando y saliendo, frenético. Cada puerta cerrada, cada es
El amanecer llegó sin prisa.No irrumpió.No reclamó.Simplemente se filtró entre las cortinas gruesas del dormitorio, derramando una luz tibia y pálida sobre las sábanas desordenadas, sobre dos cuerpos que aún no tenían intención de separarse del todo.Erika despertó primero.No porque el sueño la hubiera abandonado, sino porque su cuerpo ya no estaba en alerta. Porque por primera vez en mucho tiempo, abrir los ojos no significaba calcular riesgos ni anticipar el siguiente golpe del mundo. Abrió los ojos y lo encontró allí.Takeshi dormía boca arriba, una mano sobre el abdomen, la otra extendida hacia ella como si incluso dormido necesitara comprobar que seguía ahí. Su respiración era profunda, lenta, distinta a la del hombre que ella había conocido meses atrás. Ya no era la respiración contenida del depredador siempre alerta. Era la de alguien que, al menos por unas horas, se había permitido descansar.Erika se giró apenas, apoyándose en un codo, y lo observó sin pudor.Había visto
No era una llegada cualquiera. No era el regreso de un hombre cansado después de un día largo. Era el retorno de un líder que acababa de cerrar, para siempre, uno de los capítulos más oscuros de su vida.El portón se abrió con suavidad y Takeshi avanzó por el camino de piedra acompañado por Erika. A ambos lados, hombres del clan se mantenían firmes, respetuosos, en silencio. No había palabras de pésame. No había gestos exagerados. Solo miradas que se inclinaban levemente a su paso. Respeto puro. Lealtad indiscutible.Takeshi caminaba con la espalda recta, el rostro impasible, el porte intacto.Era el jefe.Era el hombre por el que todos los hombres que estaban allí, estarían dispuestos a morir si fuera necesario.Y, sin embargo, mientras avanzaba, algo se agitó en su interior.«¿Era esto lo que querías, abuelo?», pensó.¿El poder? ¿La obediencia? ¿Los hombres dispuestos a seguirlo sin cuestionar? ¿Una esposa hermosa, fuerte, inteligente, caminando a su lado, sin miedo, sin dudas?Dura







